domingo, 26 de julio de 2026
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¡Poseemos un tesoro precioso! – Comentario al Evangelio dominical

No hay dignidad más augusta, estado más elevado ni don más valioso que ser hijo de la Santa Iglesia Católica.

Parabola do tesouro escondido e da perola preciosa 3

Redacción (26/07/2026 10:07, Gaudium Press) En la liturgia de este 17.º domingo del Tiempo Ordinario, la Santa Iglesia nos exhorta a que, como verdaderos hijos, seamos conscientes de la grandeza que implica esta filiación y que nos interesemos en ella como ella se interesa en nosotros.

Nuestro Tesoro: La Santa Iglesia

Hoy, el Divino Maestro nos presenta dos parábolas que describen situaciones muy características de las lejanas regiones orientales de aquella época, pero con tal claridad que resuenan en personas de todos los tiempos:

«El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo. Cuando un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder; y entonces, lleno de alegría, va y vende todo lo que tiene y compra aquel campo. Asimismo, el reino de los cielos es semejante a un mercader que busca perlas finas. Cuando encuentra una de gran valor, va y vende todo lo que tiene y la compra» (Mt 13, 44-46).

Si nos ponemos en el lugar de estos hombres, no será difícil imaginar la inmensa alegría que los embarga y que impregna todas sus actividades desde el momento en que se apoderan de aquella valiosa posesión. Día y noche, sus pensamientos giran en torno a ella. Las trivialidades cotidianas pasan a un segundo plano, y no hacen nada sin centrar su atención en el tesoro que han encontrado y que no quieren perder bajo ningún concepto, o en la preciosa perla que anhelan adquirir. Más aún: renuncian a todas sus posesiones para obtener lo que tanto desean.

Con estos ejemplos, Nuestro Señor Jesucristo quiere enseñarnos cuál debe ser nuestra actitud del alma ante el gran tesoro que recibimos el día de nuestro Bautismo: ser hijos de Dios y de la Santa Iglesia, un tesoro más valioso que cualquier bien de la Creación.

¿Nos interesa?

Por lo tanto, vale la pena preguntarnos si nuestra actitud es la misma que la de los hombres de la parábola que «dirigen» toda su atención al tesoro y «venden todas sus posesiones» para adquirirlo.

Trasladando esto a nuestra vida diaria, consideremos:

¿Cuál es la naturaleza de las intenciones que ponemos en nuestras oraciones diarias? ¿Nos interesan las necesidades de la Santa Iglesia? ¿Nos preocupamos por reparar las ofensas que se cometen contra ella en nuestros días? En nuestras oraciones, ¿consideramos a los demás hijos de esta Santa Madre, nuestros hermanos y hermanas, que sufren toda clase de persecución: tanto a quienes, en tierras con minoría católica, arriesgan sus vidas al profesar la fe, como a quienes, viviendo en el mundo, son constantemente engañados por máximas mundanas que los llevan a abandonar sus buenas obras?

¿O, por el contrario, nuestras intenciones giran únicamente en torno a nuestros propios intereses, nuestras comodidades y necesidades, descuidando el precioso tesoro que se nos ha confiado?

Por supuesto, debemos orar por nosotros mismos y por nuestras necesidades, y con gran insistencia, especialmente por nuestra santificación. Ahora bien, si la Santa Iglesia, nuestra Madre, necesita nuestra atención, ¿cómo podemos descuidar este deber para con ella, que con tanto celo nos provee todo lo que necesitamos para nuestra salvación eterna?

Ocupémonos de los intereses de Dios, y Él cuidará de los nuestros.

Además, si nos preocupamos por las necesidades de Dios y de su Iglesia, ellos se preocuparán por las nuestras, como Dios le dice a Salomón en la primera lectura, después de que este le pidiera sabiduría para gobernar a su pueblo:

«Puesto que has pedido estas cosas y no has pedido larga vida para ti, ni riquezas, ni la muerte de tus enemigos, sino sabiduría para administrar justicia, te concederé tu petición» (1 Reyes 3, 11-12).

Pidamos a la Santísima Virgen María que nos obtenga del Espíritu Santo la gracia de ser conscientes del tesoro invaluable que poseemos: pertenecer a la Santa Iglesia. Y que nuestros pensamientos, intenciones y acciones, así como nuestros esfuerzos y sacrificios en la vida diaria, estén dirigidos a las necesidades de nuestra Madre, la Santa Iglesia.

Por Nicolás Forero

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