“…el camino del hombre en esta tierra es una especie de búsqueda de ser completado, una búsqueda de la plenitud…”

Representación de Tristán e Isolda, por Edmund Blair Leighton – Foto: Wikipedia
Redacción (26/07/2026 18:19, Gaudium Press) “De verdad, creo que ya encontré el amor de mi vida”, o “tal vez sea el amor de mi vida”, o “estoy buscando el amor de mi vida”: son estas frases que siguen circulando en muchos ambientes, en los medios, expresiones que aún transitan con licencia de conducción.
“Romanticismo, romanticismo, cuantos crímenes se cometen en tu nombre…”, podríamos decir nosotros, parodiando la famosa frase de Carlota Corday, la girondina asesina del revolucionario Marat.
Puede ser que el romanticismo haya explotado en el S. XIX, pero ya estaba en germen (mejor, era un gusano que ya había nacido) en la literatura de caballería romántica, esa que después fue idealizada en cuadros que mostraban a un hidalgo de cota de malla, armadura y espada, pero no combatiendo en el Oriente, sino rodilla en tierra delante de una dama medio mítica, de largos rizos rubios, traje blanquecino hasta el suelo, vaporoso pero aún pudoroso y aire de quien había encontrado, en versión medieval decadente pero más poética, ‘el amor de su vida’.
Tristán e Isolda, el drama del caballero y esta princesa, que se iba a casar con el tío de Tristán el Rey Marco, pero quienes después de haber bebido una ‘poción de amor’, habían quedado obnubilados y prendados el uno del otro, viviendo de forma tormentosa un un ‘amor imposible’: no es esa sino una versión un tanto rebuscada y antigua del eterno mito romántico.
Entretanto el romanticismo sigue muy vigente hoy, en otros ritmos, con otros escenarios y otros trajes, pero repitiendo en esencia las mismas notas del mito de siempre.
Pero, qué es el ¿mito romántico?
Para resumirlo de la manera más simple, es la noción implícita o dicha, de que la suma felicidad anhelada se encontrará en la perfecta relación con la pareja ideal. Una felicidad que consistirá en que el otro me comprenda completamente, quiera lo que yo quiero, me apoye en mis carencias o mis deseos, y que junto a él formemos un circuito cerrado feliz, bienaventurado, ‘mi pequeño paraíso’.
Pero parece que la clave de la solución del asunto, la va dando este último término, “paraíso”, según un día nos explicaba el prof. Plinio Corrêa de Oliveira.
Porque fácil sería dar una respuesta, verdadera pero ‘cuadrada’: “el hombre fue creado por Dios con sed de infinito, que es en el fondo sed de Él; y nada lo satisfará por entero a no ser Él, por lo que buscar la felicidad en las criaturas, es un absurdo, que resultará en fracaso o frustración”. Cierto pero incompleto, y por incompleto, normalmente ineficaz para llevar a la virtud.
Es que hasta Dios como que ‘conspira’ para ayudar a crear el mito romántico, decimos, un tanto impíamente…
Cuando dos personas están de novios es común que —aupados también por el cóctel hormonal y de neurotransmisores que comúnmente se genera— tengan la sensibilidad de que hallaron verdaderamente la felicidad en la relación con el otro: todo es color de rosa, no hay viso de defectos en el otro, el futuro a su lado pinta como el de un cielo azul sin nubes, todo será una cuasi perpetua alegría…
Sin embargo, la tasa de divorcios puede ser cercana a un 40%, y eso cuando la pareja decide establecer un vínculo contractual y no deciden vivir ‘románticamente’ sin ataduras. La grandísima parte de estos se habían casado creyendo que habían encontrado… sí, ‘el amor de su vida’.
Pero decíamos que la clave de una buena resolución del asunto estaba por la vía del término ‘paraíso’.
Decía el Dr. Plinio, en una serie de reuniones que después fueron llamadas “El Proceso Humano”, que el camino del hombre en esta tierra es una especie de búsqueda de ser completado, una búsqueda de la plenitud, en el sentido de que él ve las huellas de Dios en el Universo Creado, y contemplando ese universo él se va completando y va saciando su sed de Dios.
Por eso es que el hombre es naturalmente sociable y curioso: si alguien me dijera que de las profundidades del Mar del Norte ha surgido una burbuja gigantesca con una sociedad que se creía extinta, los Atlantes, el trasfondo de la curiosidad que esto me suscitaría sería el conocer uno de los ‘rostros’ de Dios hasta ahora ignorado.
El paraíso terrenal ya era maravilloso, y en Él el hombre podía ver reflejos maravillosos de Dios.
Pero ahí el hombre se encontraba ‘solo’, y no era “bueno que el hombre esté sólo”, según declaró el propio Dios, (Gn 2, 18) por lo que el Creador hace surgir las aves del cielo y los animales del campo. Sin embargo, fue solo hasta que Dios creó a la mujer, que Adán expresó su gran contento proclamando que “esta sí que es hueso de mis huesos, carne de mi carne” (Gn 2, 23). Es decir, aunque Dios bajase a conversar con él todas las tardes, según afirma la tradición cristiana, le era necesario al hombre y a la mujer esa contemplación del otro, ese escalón en el otro para mejor entender a Dios, degustar a Dios y llegar hasta Dios.
Ver a Dios en la Creación, en el sentido de completarse, pero particularmente ver a Dios en Adán o en Eva, era pues una tendencia incluso anterior al pecado original. El ser donde Adán o Eva más veían a Dios, era en el otro. Adán descubría cosas de Dios en Eva que no le mostraban los lirios del campo, ni los pavos reales, ni el león, pero sí la sensibilidad de Eva, la dulzura, delicadeza y elegancia de Eva. Y viceversa. Eva veía en Adán la fortaleza de Dios, la elegancia de Dios, etc. Para cada uno, el otro era una especie de telescopio, de trampolín para subir a Dios, lo que constituía su más profundo anhelo.
En ese sentido, la relación de Adán con Eva era perfecta, porque no era de ninguna manera obstáculo sino puente adecuado para llegar a Dios.
Pero vino la debacle del pecado original, y con ella la tendencia a formar ‘sociedades cerradas’, ‘paraisitos cerrados’, donde hombre y mujer se hacen la ilusión, romántica, de haber encontrado la felicidad perfecta sin reportarse a Dios. (Normalmente en estos sueños románticos tampoco se piensa en los hijos, porque como que ellos ya destruyen el espejismo).
Se me viene a la cabeza una anécdota algo jocosa, que contaré de forma un tanto novelada, aunque la esencia de la trama era real.
De viaje con unos amigos en una aún brillante capital europea, y en épocas de vacas no tan flacas, tuve la ocasión de departir con ellos en diversos restaurantes, donde pudimos apreciar la variedad y gusto de diversos platos locales. País de un tipo humano bien parecido, uno de estos amigos dijo en varias ocasiones en esos ambientes, y tras ser atendido, algo a la manera de “creo haber hallado a mi futura esposa…”. Como lo hizo varias veces, en ese viaje lo apodamos de forma cariñosa, pero picante y algo humillante, como el ‘sheik musulmán’. Coloco aquí este relato, solo para ejemplificar la inclinación a una apropiación egoísta del bien, sin remitirlo al Autor de todo bien, consecuencia del pecado original, y presente en todo descendiente de Adán.
Entonces, y concluyendo, el romanticismo es mentiroso, porque sí, ningún ser creado me va a dar la felicidad infinita que estoy buscando. Pero el mito romántico cabalga sobre una inclinación incluso anterior al pecado original, buena. Solo que tal inclinación, fue deformada y deturpada por la culpa de Adán, que mueve ahora a buscar al otro por un mero deseo de la apropiación del bien que constituye el otro, apropiación egoísta, sin ningún reportar a Dios.
Esa apropiación egoísta, siempre da en frustración, cuando no en efectiva ruptura y separación.
¿La solución?: formarse en la verdadera doctrina cristiana, y sobre todo acudir al auxilio de la gracia, esa que nos permite ver a Dios, con templanza, en toda la obra de la Creación, y caminar en esta vida con las alegrías sí de ver las huellas de Dios en toda la Creación, pero aún con un trasfondo de tristeza porque la Creación no es Dios, no nos da las alegrías de Dios, algo de melancolía porque aún no poseemos por entero a Dios, que es lo que más deseamos aunque no lo sepamos.
La gracia, también para el matrimonio, para cuando ya haya pasado el efecto del cóctel romántico hormonal y veamos las carencias del otro, gracia que nos ayuda a cargar la cruz de esta vida de manera conjunta, para que cada uno sea verdaderamente junto al otro un bastón que lo ayude a transitar el camino hacia el cielo, hacia Dios. Gracia que hace que el amor conyugal no sea obstáculo, sino que se nutra del amor que todos debemos tener a Cristo, a sus santos, a Dios, por encima de todas las cosas.
Por lo demás, es la gracia de Dios la que ya nos va dando noción y sensibilidad del amor infinito de Dios, un amor puro, desinteresado, comprendiente, que nos llena de felicidad.
Al final, sin Cristo y su gracia, todo es locura, y particularmente, el mito romántico.
Por Carlos Castro





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