domingo, 02 de agosto de 2026
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El coro de los ángeles que le quitó el sabor a los libros de los estoicos

“Caminaba por el centro de mi ciudad —de aún interesantes edificaciones antiguas para quien las quiera contemplar— ejerciendo mi little guilty pleasure…”

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Redacción (01/08/2026 20:04, Gaudium Press) Caminaba por el centro de mi ciudad —de aún interesantes edificaciones antiguas para quien las quiera contemplar— ejerciendo mi little guilty pleasure, tal vez no muy legal, de la contemplación de las existencias de lo que mis connaturales llaman “almacén agáchese”, es decir ventas ambulantes, callejeras, informales y baratas, con artilugios a veces interesantes, especialmente para mí los libros viejos y también ‘superventas’ de tipografía a veces borrosa…

Pero hoy ese placer culposo me supo a cacho o a amargo, por la refrendación de algo que ya viene enraizándose hace tiempo en el espíritu, y es la de como es absurdo el espejismo del naturalismo, naturalismo omnipresente también por la propaganda que acompaña a los best-sellers, y todo el advertising en general.

“Cómo ser un estoico”, o “Las meditaciones de Marco Aurelio”, o “El diario estoico” y estoicos y más libros de estoicos había en uno de esos almacenes ‘agáchese’.

—Dios mío, promocionar junto a estas generaciones de vidrio, papel y plastilina la fuerza de los estoicos…, me dije.

No vamos a negar que el estoicismo tiene algunos puntos en que se acerca al catolicismo, y que en algunos pensamientos p.ej. de Epicteto o Séneca (‘No nos falta el tiempo, es que perdemos mucho’; ‘Gran parte de lo que tenemos nunca llega a suceder’, etc.) brilla una sabiduría que en el fondo es de origen divino. Pero al final para ellos, Dios, la Naturaleza, el Logos, la Razón son la misma cosa, es decir el estoicismo es simplemente una versión antigua o actualizada del naturalismo, ese que niega en la práctica la existencia de un Dios trascendente, y con ello desconoce esa verdad importantísima, la de la necesidad de vivir en relación con Dios constantemente, para que nos auxilie en esta vida.

Al final, todos los libros de mis ‘almacenes agáchese’ de hoy, los ensayos, los de psicología, los de literatura, me supieron a eso, a un plato soso, sin el chimichurri necesario de lo sobrenatural.

Tal vez es que mi guilty pleasure ya venía agonizado, para beneficio de mi alma y de mi razón, pues creo tener cada vez más claro que el picante de la vida, la sal de la vida, el gusto de la existencia, es lo sobrenatural.

De pronto lo que ayudó fue que antes de recorrer las calles había asistido a misa, en la bella iglesia de los franciscanos, donde había sentido un toque muy vívido de lo sobrenatural. El altar mayor de ese templo es realmente maravilloso, una explosión de pan de oro desde el suelo hasta el alto techo, incrustado de imágenes de la Virgen y de santos mayormente franciscanos, que dejan al feligrés y al visitante extasiados y con la idea de que el cielo es de oro, de piedras preciosas, y de gente buena y elegante. La misa además había sido oficiada por un padre fervoroso, quien además para mi sorpresa había incrustado oraciones y cánticos en latín, que ayudaron a crear una atmósfera de perennidad, de tradición y atemporalidad, una atmósfera de presencia de ángeles.

Sí, creo que fue eso:

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Yo había salido de rezar y cantar con los hombres, los principados y los querubines, había recibido el Cuerpo y la Sangre de Aquel Cordero que salvó al mundo y reina por siempre en los cielos, y cuando después me detuve en los libros de los estoicos y los best sellers, sentí repulsa de la ceguera de negar que la parte más rica de la realidad está por encima de nuestras cabezas, invisible a los ojos de la carne, pero visible a las almas de fe.

Claro, eso lo digo yo, que tengo fe, por la gracia de Dios.

Pero es que a veces a los que tenemos fe también nos invade el naturalismo, ese que proclama que el esfuerzo humano es el único que produce las cosas. Y resulta que no, es el hombre, sí, más los ángeles, más los bichos, más la Virgen, más Dios y su gracia, más los bienaventurados, probablemente también los condenados… Es toda una ‘realidad ampliada’ que aunque ignoremos o despreciemos sigue siendo muy real.

Tal vez el racionalismo cartesiano (Descartes podría ser un ‘santo patrono’ del naturalismo…) haya colocado una piedra gigantesca de pedernal entre las mentes humanas y el conocimiento del mundo sobrenatural. No obstante ocurre que de un tiempo para acá esa piedra se está resquebrajando, y de detrás del naturalismo viene asomando la cola y el olor de azufre de seres de un mundo preternatural oscuro; es como si el bicho, después de haberse mantenido discreto, estuviese ahora organizando un gran baile macabro y cavernoso de presentación en sociedad. Pero también es cierta la frase de un santo, profética y lapidaria: “cuando el bicho muestre la cola, Nuestra Señora mostrará su manto”. Los ángeles también están horadando el muro pétreo de Descartes.

Que la Madre de Dios tenga pena de nosotros, y nos mande la gracia de la cual es medianera, para que cada vez nos quede más claro, cuán fácil y necesario es acudir al mundo sobrenatural. Que la Virgen expulse por siempre el naturalismo de nuestras almas, y nos de la gracia de la oración, del fervor, de ser sus hijos y esclavos por siempre y a todo momento. Para nunca ser esclavos del fétido aroma del azufre del mal.

Por Saúl Castiblanco

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