El mal avanza rápidamente porque le permitimos ocupar los espacios que deberían estar protegidos por el orden, la ley y la justicia.
Redacción (02/08/2026 12:05, Gaudium Press) Hasta hace unos años, el barrio donde se ubica la parroquia de la ciudad donde vivo era un remanso de paz; un lugar tranquilo, habitado por familias tradicionales y ancianos, conocido por su serenidad, la cordialidad entre vecinos y por ser un referente de buena vida en la ciudad.
Hoy, este panorama ha cambiado por completo. Lo que vemos es un territorio invadido por la desolación, donde los residentes de toda la vida se ven obligados a abandonar los hogares de sus vidas, dejando atrás recuerdos y raíces ante el insoportable avance de la delincuencia y el deterioro social.
Las casas abandonadas son invadidas, saqueadas y, a menudo, incendiadas por delincuentes. Lo que antes era un oasis de tranquilidad se ha convertido en un verdadero escenario de terror cotidiano, repitiendo un drama que ya no se limita a las grandes metrópolis, sino que se ha extendido de norte a sur del país y cruza fronteras en todo el mundo.
Los zombis del asfalto y la complicidad silenciosa
El principal motor de esta tragedia urbana es el avance implacable de las drogas ilícitas. Personas consumidas por la adicción vagan por las calles como auténticos zombis: muertos vivientes que rebuscan en la basura, abren bolsas en busca de chatarra y roban cables eléctricos y telefónicos de los postes, además de aterrorizar a negocios y hogares.
Lo más repugnante de esta maquinaria de destrucción es la impunidad y la complicidad estructural que la alimentan. El barrio está plagado de chatarrerías clandestinas que operan abiertamente como receptores de bienes robados.
Todos lo saben, todos lo ven y les preocupa, pero no se toma ninguna medida real. La inercia de las autoridades —ya sean policiales o administrativas— crea un círculo vicioso en el que el crimen paga, el trabajador es rehén y el buen ciudadano es marginado.
Cuando incluso la casa de Dios es profanada
La vulnerabilidad de esta realidad sin control ya no respeta límites ni el territorio de lo sagrado. La parroquia local, cuya construcción lleva diecisiete años gracias a los incansables sacrificios de la comunidad y del sacerdote para erigir un templo capaz de acoger a tantos fieles —que hoy se agolpan en el salón parroquial o ven las misas en pantallas improvisadas en el vestíbulo— ha sido asaltada en numerosas ocasiones.
En el último y más audaz ataque, los delincuentes arrancaron una ventana de la oficina parroquial, irrumpieron en el lugar, saquearon los cajones, arrojaron papeles y documentos al suelo y robaron el dinero destinado al cambio en el bazar y a los pequeños gastos de la parroquia. Si la violencia se hubiera detenido ahí, los daños habrían sido mínimos, pero los ladrones robaron todo el cableado de la parte superior de la iglesia, que aún estaba en construcción; material costoso, fruto de donaciones y una feria parroquial.
Por un milagro divino, la reliquia de San Carlo Acutis, recién llegada de Italia y conservada en un relicario de oro, pasó desapercibida para los invasores, quienes no supieron apreciar su valor. Pero el mensaje que dejó la violencia es aterrador: el respeto y la noción de lo sagrado se han perdido por completo. En el pasado, incluso los criminales más endurecidos conservaban un vestigio de reverencia hacia las iglesias. Hoy, el templo es tratado con el mismo desprecio que un negocio abandonado.
La gran batalla invisible
Ante este panorama de ruina, las familias se aprisionan; levantan muros cada vez más altos, instalan alambre de púas, se rodean de cámaras y alarmas, y se encierran en sus casas, como prisioneros del miedo, mientras el mundo exterior se corrompe.
Lo que presenciamos en las aceras de nuestras ciudades va mucho más allá de un simple problema de seguridad pública; es una de las manifestaciones más claras y aterradoras del mal en la Tierra. Es el enemigo de Dios manipulando conciencias, anestesiando almas y transformando a los seres humanos en criaturas sin libre albedrío, cuya única motivación es la destrucción de la vida, las familias y la paz social.
Mientras la sociedad se enfrasca en conflictos geopolíticos y guerras de intereses, una gran guerra mundial se libra ante nuestros ojos, en las esquinas de nuestros barrios, a las puertas de nuestras iglesias. Es la lucha ancestral del bien contra el mal, y el mal avanza rápidamente porque le permitimos ocupar los espacios que deberían estar protegidos por el orden, la ley y la gracia.
La única certeza
Por lo tanto, persisten las preguntas que atormentan el corazón de todo ciudadano consciente y de todo cristiano fiel: ¿qué haremos al respecto? ¿Cómo se resolverá un problema de tal magnitud? ¿Existe una solución para la decadencia moral y social en la que nos hemos sumido?
Mientras las autoridades vacilan y el tejido de nuestra civilización se desmorona, corresponde a los hijos de Dios mantener viva la llama, resistir espiritualmente y no normalizar el horror. Porque si permitimos que la violencia siga apoderándose de nuestras calles y que lo sagrado sea profanado incluso dentro de nuestras iglesias, solo quedará la barbarie. Y la única certeza que debe sostenernos es que, incluso bajo el peso de la más densa oscuridad, la última palabra siempre pertenece al Todopoderoso: ¡el mal avanza, pero no triunfará!
Por Alfonso Pessoa






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