lunes, 17 de agosto de 2026
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Mons. Mutsaerts: Parroquia con párroco santo tiene más futuro que diócesis con 20 grupos de sinodalidad

El obispo neerlandés Rob Mutsaerts pregunta al Papa qué frutos ha dado el proceso sinodal y advierte de que la Iglesia posee un tesoro que el mundo necesita, pero «se ha quedado en Emaús» discutiendo sobre sí misma. «El obispo debe escuchar. El sacerdote debe escuchar. Pero, ¿a quién debe escuchar la Iglesia ante todo?»

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Mons. Mutsaerts – Foto: Diócesis de Den Bosch

Redacción (17/08/2026 10:09, Gaudium Press) El Obispo auxiliar de ‘s-Hertogenbosch, Rob Mutsaerts, ha publicado una extensa carta abierta dirigida al Papa León XIV en la que cuestiona los frutos del proceso sinodal y pide al Pontífice que devuelva a la Iglesia la prioridad de la evangelización y la proclamación clara del Evangelio. La carta, publicada el 13 de agosto en el sitio web del prelado neerlandés, constituye una de las críticas episcopales más articuladas al modelo sinodal impulsado desde Roma en los últimos años.

Mutsaerts sitúa su intervención bajo un principio que considera irrenunciable: salus animarum suprema lex, la salvación de las almas como ley suprema. «Mi pregunta es sencilla y grave: ¿está ayudando el proceso sinodal a acercar realmente las almas a Cristo y a la salvación eterna?», escribe el obispo, que subraya que no actúa por falta de respeto al ministerio petrino, sino «por amor a ese mismo ministerio».

Las preguntas incómodas

El núcleo de la carta es una batería de preguntas que el obispo plantea sin ambages: ¿se ha fortalecido la fe? ¿Se ha proclamado a Cristo con mayor claridad? ¿Se ha profundizado la identidad católica? ¿Han aumentado las conversiones, la asistencia a misa, las vocaciones sacerdotales? ¿Ha crecido la reverencia eucarística? ¿Se ha clarificado la enseñanza moral de la Iglesia?

«Cuando se plantean estas preguntas, resulta imposible considerar el Sínodo como un éxito», concluye Mutsaerts, que advierte además de que el proyecto sinodal no ha concluido realmente: la fase de implementación se prolonga mediante encuentros diocesanos, nacionales y continentales hasta una asamblea eclesial prevista en Roma en octubre de 2028. «Lo que comenzó como un Sínodo de 2021-2024 amenaza con convertirse en una forma permanente de gobierno».

Un proceso que se convierte en fin

El obispo neerlandés señala lo que considera una anomalía de origen: que el Sínodo sobre la Sinodalidad convierte el proceso en su propio objeto. «Se podría comparar con una reunión que se reúne interminablemente para discutir cómo hay que reunirse en adelante», escribe.

Mutsaerts reconoce que la Iglesia ha celebrado concilios y sínodos desde la antigüedad, pero distingue entre el sínodo clásico como medio para abordar un problema concreto y la sinodalidad como paradigma eclesial permanente. «En el discurso sinodal actual, la sinodalidad amenaza con convertirse en un fin en sí misma. Y ahí comienza, desde una perspectiva católica tradicional, el problema».

La Iglesia no nace del diálogo

La carta profundiza en una cuestión eclesiológica de fondo: la Iglesia no comienza con el diálogo humano, sino con Cristo. «Cristo no fundó un grupo de discusión. Llamó apóstoles. Les dio autoridad. Los envió a proclamar, bautizar y enseñar», recuerda Mutsaerts, que se apoya en san Pablo para subrayar que la fe se recibe, se transmite y se custodia, no se produce por consenso.

«Si mañana el 90 por ciento de los católicos dejara de creer en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, Cristo no estaría por ello menos realmente presente. Si el 80 por ciento rechazara una determinada enseñanza moral, esa enseñanza no se volvería automáticamente falsa», argumenta. «La verdad no se produce por consenso. Ese es el primer gran campo de tensión en torno al proyecto sinodal».

«Escuchar»: ¿a quién y en qué orden?

El obispo aborda uno de los conceptos clave del proceso sinodal, el de la escucha, y advierte del riesgo de invertir las prioridades. «El obispo debe escuchar. El sacerdote debe escuchar. Pero, ¿a quién debe escuchar la Iglesia ante todo?», plantea. La respuesta, sostiene, es «a Cristo, a la Escritura, a la Tradición apostólica, a los santos, al testimonio de veinte siglos de cristianismo, al Magisterio. Y, naturalmente, también a los fieles».

En ciertos textos sinodales, sin embargo, la secuencia se invierte: «Se parte de las experiencias, deseos, frustraciones y expectativas del hombre contemporáneo y luego se pregunta cómo debe reaccionar la Iglesia». Mons. Mutsaerts identifica aquí un peligro: «¿Qué sucede cuando los deseos del hombre moderno chocan con el Evangelio? Entonces no es el Evangelio el que debe cambiar; es el hombre. Eso se llama, en el cristianismo, conversión. Y precisamente esa palabra suena llamativamente poco en muchas discusiones eclesiales modernas».

El elefante en la sala sinodal

La carta señala una discrepancia entre los temas que dominan el debate sinodal y la crisis real de la Iglesia en Occidente. Las iglesias se vacían, las parroquias se fusionan, los monasterios desaparecen, las órdenes religiosas envejecen, el conocimiento de la fe disminuye, la vida sacramental se debilita. Ante ese panorama, sostiene Mons. Mutsaerts, cabría esperar que la gran operación eclesial mundial se concentrase en una pregunta: ¿cómo ganar de nuevo al mundo para Cristo?

En cambio, buena parte de la atención se dirige a «estructuras, participación, procesos de toma de decisiones, responsabilidad de las mujeres, inclusividad, relaciones de autoridad y el funcionamiento de los órganos eclesiásticos». El obispo no niega que sean temas legítimos, pero recurre a una imagen elocuente: «Una casa en llamas tiene otras prioridades que los asuntos domésticos».

Mons. Mutsaerts describe además lo que denomina una «ley de Parkinson eclesiástica»: «Cuanta menos evangelización, más comisiones sobre evangelización. Cuantas menos vocaciones, más documentos sobre vocaciones. Cuanta menos gente va a la iglesia, más largas se hacen las reuniones sobre el ser eclesial».

Expectativas que no se pueden satisfacer

Otro aspecto que el obispo considera problemático es que el proceso sinodal haya alentado expectativas sobre temas en los que la Iglesia posee una enseñanza definida: el diaconado femenino, el sacerdocio, la moral sexual, las relaciones homosexuales, la descentralización del gobierno eclesial. «Cuando estos temas se discuten durante años, surge naturalmente la impresión de que finalmente podrán ser cambiados. De lo contrario, no se hablaría interminablemente de ellos», razona.

El resultado, advierte, es una «paradoja pastoral»: se pide a las personas que expresen sus expectativas y luego resulta que algunas son imposibles de cumplir sin poner en peligro la continuidad de la doctrina. «Eso no es ganancia pastoral. Es una receta para la frustración».

La alternativa olvidada: la santidad

Frente al modelo sinodal, Mutsaerts propone recuperar lo que considera el motor histórico de toda auténtica reforma católica: la santidad. «Las grandes reformas católicas casi nunca comenzaron con estructuras. Comenzaron con santos», escribe, y enumera a san Benito, san Francisco, santo Domingo, santa Catalina de Siena, san Ignacio de Loyola, santa Teresa de Ávila, san Juan Bosco, santa Teresa de Lisieux, san Maximiliano Kolbe y san Juan Pablo II.

«Una parroquia con un párroco santo tiene más futuro que una diócesis con veinte grupos de trabajo sobre sinodalidad», afirma el obispo, que propone una inversión de prioridades: «No menos escucha, sino más santidad. No menos participación, sino más conversión. No menos diálogo, sino más proclamación».

De Emaús a Jerusalén

La carta concluye con una relectura del relato de los discípulos de Emaús como modelo de auténtica sinodalidad católica. Cristo camina con los discípulos, escucha, les deja hablar. «Hasta aquí, cualquier manual sinodal podría asentir con entusiasmo», observa Mutsaerts. «Pero entonces ocurre lo decisivo: Cristo no confirma su interpretación. La corrige. Les abre las Escrituras. Les enseña cómo deben entender los acontecimientos. Y finalmente le reconocen al partir el pan».

Los discípulos, subraya el obispo, no se quedan evaluando su experiencia: «Se levantan, vuelven a Jerusalén, van a proclamar». En cambio, sostiene, «el proceso sinodal se ha quedado en Emaús y la pregunta es si saldrá de allí».

La carta se cierra con una petición directa al Papa: «Denos claridad. Cuando el mundo habla con incertidumbre, que Pedro hable con claridad. Cuando la Iglesia se cansa de las discusiones internas, señálenos de nuevo a Cristo». Y recuerda las palabras del propio Pedro: «Señor, ¿a quién iríamos? Tus palabras son palabras de vida eterna».

Mons. Mutsaerts se suma así a otros prelados que han expresado públicamente sus críticas al proceso sinodal.

Con información de Infocatólica.

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