lunes, 17 de agosto de 2026
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En el antiguo rancho de Epstein ya no ‘asustan’: nuevos dueños católicos lo exorcizaron

“Para nosotros esto es real: los demonios, el diablo”, explicó Devin Huffines, integrante de la familia católica y texana que adquirió la propiedad.

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Redacción (17/08/2026 10:34, Gaudium Press) Hay lugares que parecen guardar el eco de lo que ocurrió entre sus muros, algo a la manera de una herencia maldita. El rancho Zorro, en las tierras altas de Nuevo México, a media hora de Santa Fe, en EE.UU., es uno de ellos.

Durante más de dos décadas perteneció a Jeffrey Epstein, el infame financiero convertido en sinónimo de abuso y red de tráfico sexual que aún hoy sigue causando conmoción en Estados Unidos y allende las fronteras. Varias mujeres han denunciado haber sido víctimas de abusos en esa misma propiedad. Epstein murió en prisión en 2019, pero el rancho —7.622 acres de silencio y sospecha— quedó como una oscura cicatriz en el paisaje, un lugar que muchos preferían no nombrar.

Nadie hubiera apostado a que ese terreno terminaría convertido en un espacio de oración.
Una familia dividida

En el años 2023, la finca cambió de manos. La compró, a través de una sociedad, la familia Huffines, texana y católica, encabezada por Don Huffines, empresario inmobiliario y figura política de Texas. Pero la decisión no fue una decisión unánime ni sencilla. Devin Huffines, uno de los cinco hijos de Don, reconoció después que buena parte de la familia se resistió a la adquisición desde el primer momento.

Particularmente su madre y sus hermanas se opusieron con firmeza: la sola idea de vincular su apellido a un lugar tan marcado por el mal les resultaba insoportable. Pero Devin y su padre vieron algo distinto donde otros solo veían escándalo: la posibilidad de arrancarle a ese terreno su siniestra historia y escribirle, con notas católicas, una nueva. Sus razones terminaron prevaleciendo, además, por saber que parte del dinero de la compra se destinaría a las víctimas de Epstein. Así, lo que empezó como un rechazo instintivo se transformó en lo que Devin llamó una oportunidad irrepetible.

Tres días de exorcismo

Antes de abrir una sola cabaña o sembrar un solo huerto, la familia quiso hacer algo que, para ellos, era ineludible: purificar la tierra. Hicieron venir desde Ohio a un sacerdote exorcista. El ritual no fue cosa de una tarde: le tomó tres jornadas completas recorrer cada rincón de la propiedad, bendiciendo y exorcizando lo que hiciera falta.

“Para nosotros esto es real: los demonios, el diablo”, explicó Devin Huffines, describiendo la fe con la que su familia afrontó ese momento. No se trataba de un gesto simbólico ni de una puesta en escena: para los Huffines, católicos practicantes, el mal dejado por años de abuso necesitaba una respuesta espiritual, no solo una reforma arquitectónica.

Con todo, la familia fue clara en algo: la tierra misma no es culpable. “El terreno no es malo, no comete crímenes, no peca”, insistió Devin, recordando que el pecado pertenece a las personas, no a los lugares. Esa distinción teológica —tan antigua como la doctrina católica sobre el mal moral— fue, en cierto modo, la brújula de todo el proyecto.

De la oscuridad a la luz

El primer gesto simbólico llegó con el cambio de nombre. El rancho Zorro pasó a llamarse rancho San Rafael, en honor al arcángel conocido como “medicina de Dios”. Pocos nombres podían resultar más elocuentes para una propiedad que buscaba sanar.

Mientras tanto, las autoridades de Nuevo México reabrían una investigación sobre las presuntas actividades delictivas ocurridas allí en tiempos de Epstein. Con el consentimiento de los propios Huffines, decenas de investigadores —Devin habló de unos sesenta— llegaron a peinar el terreno con radares de penetración, drones térmicos y perros adiestrados para detectar cadáveres. Fue, según su relato, un momento en el que no pudo evitar preguntarse qué había ocurrido realmente entre esas paredes antes de que su familia llegara.

Pero la respuesta de los nuevos dueños no fue el silencio ni el abandono, sino la construcción. El proyecto contempla un centro de retiros cristiano, con cabañas destinadas a la oración y al ayuno, además de actividades propias de la vida rural: pesca, caza, un campo de tiro y cabalgatas. En la entrada, que antes custodiaba la privacidad de un depredador, se levantará pronto un cartel con un mensaje que resume la nueva vocación del lugar: “Todos los que vienen en el nombre del Señor son bienvenidos”.

La historia del rancho San Rafael no borra el sufrimiento que allí se vivió, ni pretende hacerlo. Pero sí ofrece una lección que la tradición católica ha sostenido siempre: ningún lugar está condenado para siempre por el mal cometido en él. Lo que fue escenario de abuso hoy se prepara para ser lugar de oración; lo que llevaba el nombre de un depredador ahora invoca al ángel que “sana”.

Con información de Infocatólica.

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