domingo, 30 de agosto de 2026
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El sacrificio que agrada a Dios – Comentario a la lectura dominical

¿Cómo ofrecer un sacrificio que llegue al trono de la Majestad Suprema en el cielo?

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Foto: Wikipedia

Redacción (30/08/2026 09:37, Gaudium Press) ¿Acaso hay alguien que, al hojear las primeras páginas de las Sagradas Escrituras, no se haya topado con el conmovedor episodio de los dos hermanos que quemaron el fruto de su trabajo en acción de gracias al Creador? Sin embargo, mientras que el humo que se elevaba de los mejores rebaños de Abel ascendió sin impedimentos, agradando a Dios, no ocurrió lo mismo con la humilde ofrenda de Caín.

Desde ese momento, se trazó una línea divisoria que distinguió —y distinguirá hasta el fin de los tiempos— los sacrificios que agradan a Dios de los que no.

¿Y nuestros sacrificios, de qué lado estarán?

Renovación de la forma de pensar

San Pablo nos da la respuesta:

«Por lo tanto, hermanos, les ruego, por la misericordia de Dios, que presenten sus cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios; este es su culto racional. […] No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente» (Romanos 12:1-2a).

La enseñanza del Apóstol destaca dos puntos: primero, que la víctima del sacrificio ya no se tomará de los rebaños ni de los establos, sino que nosotros mismos debemos ofrecernos; segundo, vincula el sacrificio agradable a Dios con la renovación de nuestra forma de pensar y de juzgar. Es importante prestar especial atención a la palabra «forma», porque si cada persona tiene su propia opinión, esta renovación corre el riesgo de volverse subjetiva si no existe un criterio para determinar en qué consiste.

En el Evangelio, Nuestro Señor Jesucristo aclarará este detalle.

El Criterio Divino

Pocos versículos después de aclamar a San Pedro como fundamento de la Santa Iglesia, Cristo mismo lo reprendió, llamándolo satanás (cf. Mt 16,18, 23).

En efecto, el Salvador había revelado a sus seguidores los trágicos acontecimientos de la Pasión con los que consumaría la Redención de la humanidad. El primer Papa, aún lejos de alcanzar el grado de virtud que lo distinguiría, se negó a aceptar la prefiguración de Jesús, llegando incluso a reprenderlo (cf. Mt 16,21-22).

En ese momento, las severas palabras de Nuestro Señor no solo corroboran la enseñanza de San Pablo, sino que establecen el criterio que guía correctamente el pensamiento, pues afirma: «No piensan como Dios, sino como los hombres» (Mt 16,23).

Además, el Salvador continúa enfatizando que quien desee seguirlo debe renunciar a sí mismo y tomar su cruz. Queda claro, pues, que uno de los puntos fundamentales de tal renuncia consiste en abandonar los patrones de pensamiento meramente humanos para considerar las cosas desde una perspectiva divina.

Quien renueve su manera de pensar según la guía de Jesús podrá ofrecer un sacrificio cuyo humo llegue al cielo, pues podrá discernir la voluntad de Dios (cf. Rom 12,2b). Él mismo, Nuestro Señor, dio el ejemplo supremo cuando le dijo al Padre: «Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (cf. Lc 22,42).

Nuestro Sacrificio

¿Qué significa esto para nosotros?

¿Qué sacrificio ascenderá al trono de Dios? Ciertamente, no el que nos agrada ni el que se ajusta a nuestras comodidades, sino el que Dios mismo nos envía. No se ajustará a nuestras conveniencias, sino a lo que nos beneficia más.

Muchas veces, Dios nos pide grandes sacrificios que se realizan de golpe o en un periodo específico, como la pérdida de un ser querido o una situación que cambia por completo nuestro plan de vida. Sin embargo, existe una ofrenda continua y casi imperceptible, que se manifiesta en los pequeños acontecimientos de la vida diaria: la simple aceptación de nuestras limitaciones, que Dios permite para ejercitar en nosotros la virtud de la modestia, y que puede costarle a nuestro ego más que el ayuno y la limosna. O, quizás aún más difícil, el esfuerzo por cumplir a la perfección con nuestros deberes de Estado. ¿Cuántos niños carecen del afecto y la educación a los que tienen derecho porque el uso excesivo de dispositivos electrónicos distrae a sus padres de sus obligaciones?

En cualquier caso, aprendamos a imitar el sublime ejemplo de la Santísima Virgen María, quien, guiada siempre por los principios divinos, hizo de toda su existencia una ofrenda perpetua de grata fragancia, reconociendo en las cruces que Dios le enviaba el camino seguro hacia el cumplimiento de su misión.

Por Rodrigo Siqueira

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