El editor senior del informativo intelectual conservador, entra a terciar entre otras opiniones recientes y autorizadas sobre la sinodalidad.

Brad Miner – Foto: The Catholic Thing
Redacción (01/09/2026 11:27, Gaudium Press) El pasado 24 de agosto, el editor senior del medio digital americano The Catholic Thing, Brad Miner, publicó una nota de título explosivo: Sinodalyty Will Kill Catholicism, La Sinodalidad matará al Catolicismo. Hombre de amplia cultura católica, evidentemente no dicta su ‘profecía’ de manera literal, pues conoce de la promesa de Cristo y de la inmortalidad de la Iglesia, pero como sabido publicista que es, busca con ese recurso llamar la atención a los peligros de una sinodalidad no condicente con la tradición católica.
Los últimos días han visto a destacadas figuras de Iglesia advertir sobre los peligros de una sinodalidad mal entendida, que socavaría la concepción de una Iglesia jerárquica, transmisora de las verdades y canales de la gracia que Cristo vino a traer al mundo.
Desde el obispo auxiliar de ’s-Hertogenbosch, en los países Países Bajos, Mons. Mutsaerts —quien teme que el proceso haya suplantado la misión, pues la Iglesia no es un foro de permanente debate sino custodia de la verdad revelada—, pasando por el papabile Cardenal Scola, quien advirtió sobre confusión entre comunión eclesial y un procedimiento político-parlamentario, llegando al Cardenal Woelki, que avizoró peligros a la estructura jerárquica y sacramental de la Iglesia dejada por Cristo, voces internas y no menores hablan con cada vez mayor desparpajo de un término o un proceso de contornos difusos, proceso que no solo no ha concluido sino que se quiere instalar como permanente, que en su momento se publicitó como el ‘hallazgo’, al estilo de otros, como el aggiornamento sesentario, pero que va revelando grietas, relacionadas con la más clara eclesiología.
Ahora Miner, meramente laico pero no menor, suma su voz, recordando que el gran distintivo católico del de otras denominaciones cristianas es su declaración de poseer el depósito de la fe que Cristo dejó a través de sus apóstoles. Es cierto que la doctrina se puede desarrollar, según afirmó el Cardenal Newman, hoy doctor de la Iglesia, “creciendo en claridad y aplicación, como una bellota que se convierte en roble. Pero no puede ser renegociada —¡ni revertida!— por el sentir de la mayoría ni por el entusiasmo contemporáneo”, afirma.
Esta pretensión católica, de poseer la verdad, es la que “la distingue de una simple asociación religiosa voluntaria”.
Sin embargo, la ‘sinodalidad’ “introduce un mecanismo capaz de disolver esa pretensión: un proceso permanente, indefinido y participativo para generar consensos eclesiales contemporáneos e interminables que funcionan cada vez más como fuentes de autoridad rivales, paralelas al depósito establecido de la fe y, por lo tanto, por delante del Magisterio destinado a custodiarlo”.
Es claro que los defensores de la sinodalidad no la presentan de esa manera, pues chocaría abiertamente con la concepción católica y por ello sería rechazada. En este sentido, la vaguedad en torno al término y el proceso, la entiende Miner como “no incidental”, como “una característica”, “no un defecto”, “no una omisión menor”.
Según el publicista católico, la sinodalidad es introducida como un “proceso”, un “instinto”, algo que funciona con el “discernimiento individual” y el “sentido de los fieles”, para llegar a la conclusión de que el fruto de ese proceso, “lo que el cuerpo reunido concluya” de nuevo, es leído con “la pretensión escandalosa” de que era “lo que el Espíritu Santo estaba diciendo desde el principio”. Es decir, sinodalidad así entendida sería el nuevo locutorio del Paráclito.
Sin embargo, ese “proceso sin criterios fijos de corrección no es discernimiento; es construcción de consenso con vocabulario teológico pegado, como las pegatinas que mis nietos golpean contra casi todo, incluida la cara del abuelo”.
Nada nuevo bajo el sol
En la mente de Miner, ese no por demás es un proceso novedoso, sino ya recorrido con fracaso por otras denominaciones cristianas, llevando a su disolución:
“La Iglesia de Inglaterra es el analogado institucional más cercano que tenemos, y demuestra exactamente cómo se desarrolla el proceso con el tiempo: cuerpos sinodales que incorporan clero y laicos a la toma de decisiones, autonomía provincial bajo una autoridad central laxa, y una secuencia constante de cambios, cada uno presentado como una acomodación modesta y «pastoral» —el nuevo matrimonio después del divorcio, la ordenación de mujeres, las bendiciones a uniones del mismo sexo, la aprobación de la anticoncepción artificial, la ambigüedad sobre el aborto—, todos los cuales, con el tiempo, transforman las doctrinas del anglicanismo y fracturan su unidad”.
“Provincias enteras anglicanas y episcopalianas se niegan ahora a reconocer las posiciones de las demás sobre el «matrimonio» del mismo sexo y la ordenación de mujeres. La instalación de Sarah Mullally como arzobispo de Canterbury ha provocado un cisma dentro del anglicanismo.”
Ese camino ya está siendo recorrido internamente por iglesias ‘nacionales’, como la alemana:
“El Camino Sinodal de Alemania empuja hacia un Consejo Sinodal permanente que entregaría a los laicos una autoridad de gobierno compartida con los obispos sobre la doctrina y la disciplina. Roma ha intervenido directamente para detenerlo, pero varios obispos alemanes siguen resistiendo abiertamente las advertencias del Vaticano. ¿Quién sabe cuál será el resultado? Pero una Iglesia «nacional» que intenta institucionalizar exactamente el patrón anglicano dentro de las estructuras católicas ha sido contenida hasta ahora solo por una anulación romana directa. Ese es un freno frágil, no una garantía estructural”, dice.
Desde su visión de laico, lo que él “llama amenaza sinodal” no solo es estructural, si se instala como preferido el método sinodal, sino que constituye una amenaza “existencial”. “Lo que está en riesgo no es solo esta o aquella enseñanza, sino aquello que hace que la Iglesia católica sea la Iglesia católica: un depósito de la fe autoritativo e innegociable, guardado por un Magisterio cuyos principios vinculan a todos los creyentes”.
Concluye el autor, que esa, en su extremo desarrollo, no sería la Iglesia Católica:
“Una Iglesia que se gobierna por consenso sinodal es un tipo distinto de institución de aquella que, durante dos milenios, ha existido para transmitir lo que ha recibido. Puede conservar su nombre, sus edificios e incluso su jerarquía estructural. Lo que necesariamente perderá es la pretensión que hacía que valiera la pena ser católico. Y esa pérdida, una vez que el mecanismo recorra su curso, probablemente no sería reversible con otra votación más”. (SCM)





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