viernes, 11 de septiembre de 2026
Gaudium news > ¿Continúa la Misa en el cielo?

¿Continúa la Misa en el cielo?

El Jesús que subió al cielo el día de la Ascensión, al retomar su asiento a la derecha del Padre, no perdió nada de su cualidad de Sacerdote y de Pontífice.

202001011245340081FL

Redacción (11/09/2026 11:49, Gaudium Press) Propongo a la apreciación de los lectores un tema singular y osado. Es algo que no está en la consideración de la generalidad de los teólogos y, mucho menos aún, de los fieles: la Misa ¿continúa en el cielo? La pregunta puede sorprender y hasta chocar, porque ¿Qué sentido tendría esa celebración en la gloria, una vez que las almas ya están en la visión de Dios y la noción de sacrificio parece superada en aquella felicidad sin fin? En todo caso, se trata de un asunto opinable que tiene el mérito de ejercitar la reflexión.

La motivación para tratar sobre esta metería me vino después de leer un librito de autoría del P. Raoul Plus: “La Messe, le plus beau sujet de Méditation”, Apostolat de la Prière, Toulouse, 1948, publicado con las debidas licencias. Tomo de dicho escrito ideas y también algunas expresiones literales, sin el cuidado de entrecomillarlas.

***

El Jesús que subió al cielo el día de la Ascensión, al retomar su asiento a la derecha del Padre, no perdió nada de su cualidad de Sacerdote y de Pontífice que adquirió en la tierra por su sacrificio. Él está allá, presentando a Dios por un acto que no acaba nunca, la Sangre preciosa que derramó en la tierra. Beneficiándose de la beatitud, permanece la Víctima santa, y sus llagas gloriosas constituyen a la vez: para el Altísimo, el acto de oblación perfecta; y para nosotros, la intercesión más eficaz.

Tendría sentido protestar contra la idea de un Sacrificio de Jesucristo en el cielo si las dos nociones de sacrificio e inmolación estuviesen ligadas juntas de una manera indisoluble. Porque puede haber verdadero sacrificio sin inmolación real y presente: el ejemplo de la Misa basta para probarlo.

Una vez bien establecido que la inmolación de Cristo fue reservada al Calvario, y que en el cielo –como sobre el altar– no se realiza el ofrecimiento de la Víctima ya inmolada una vez para siempre, parece razonable e incluso conveniente hablar del Sacrificio de Cristo en el cielo, como en el altar.

Para que haya en el cielo un sacrificio, basta que Cristo sea Sacerdote como lo fue aquí en la tierra, y que, por otro lado, haga la función de Sacerdote, continuando por la eternidad adentro, el acto de su oblación. Ahora, parece que esas dos condiciones son cabalmente realizadas.

Es verdad que para la mayoría de las personas causa extrañeza afirmar que en el cielo haya un sacrificio. Pero para los que saben en qué consiste la religión (del latín, religare o re-legere, ligadura entre el Creador y las creaturas) y cuál sea el primer deber de la religión (dar culto a Dios, lo que el sacrificio eucarístico realiza en plenitud), conciben que pueda haber un sacrificio en el cielo que es el lugar de la perfecta religión y del culto soberano que se puede rendir a Dios. La religión no se interrumpe; y por eso, Cristo, sacerdote según el orden de Melquisedec por toda la eternidad, ofrece el sacrificio eternamente.

Un posible sacrificio de eternidad más perfecto

¿Podemos ir más lejos? Creemos que sí, y decir que en un cierto sentido el sacrificio de la eternidad es más bello y perfecto que el de la tierra. Es claro que el sacrificio del cielo no podría realizarse si el de la tierra no lo hubiese precedido. Pero permanece esta idea: en el sacrificio de la Cruz hubo injusticia y barbarie; esas características faltan al sacrificio del cielo. En la tierra ¡cuántos hombres rechazan los beneficios de la inmolación renovada (la Misa); en el cielo, toda la asistencia se une a la ofrenda de Cristo. En la tierra, la Víctima está en un estado de sufrimiento y de humillación, en el cielo las llagas son luminosas y el que las lleva está en un estado de gloria fulgurante. La substancia es la misma en un lugar y en otro, pero en el cielo el cuadro es más bello. Dice la Epístola a los Hebreos (2, 9) “A Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y muerte”.

Como en la tierra el oficiante es el “Cristo total” (San Agustín profundiza esta noción), o sea, Cristo y la Iglesia, cabeza y miembros, y que la Víctima ofrecida es igualmente el “Cristo total”, es decir, Cristo y cada uno de los bautizados; así en el cielo, quien ofrece al Altísimo la Víctima santa es Cristo rodeado de todos los elegidos; quien se ofrece es el mismo Jesús con todos sus miembros.

6 3

Del Cuerpo místico de Cristo, María es el miembro principal; ella es la primera de entre las esposas del Cordero. Vienen después los Apóstoles, los Profetas, en fin, la universalidad de los santos. Están todos unidos a la cabeza, el Sacerdote y Pontífice eterno, y reciben de Él una influencia proporcionada a su grado, formando la Iglesia gloriosa destinada a reinar con Cristo eternamente.

Para terminar, es oportuna una aclaración importante.

Al despedirse de sus discípulos, Jesús les dice: “me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros” (Jn 14, 2-3). En aquel lugar ya están Jesús y María con sus cuerpos gloriosos. Sabemos que después del juicio final, los justos irán al cielo también con los cuerpos resucitados y en gloria.

Hay quienes sostienen que el cielo es tan solo un estado y no propiamente un lugar. Más, un conceptuado y famoso teólogo flamenco, Cornelio a Lápide, sustenta que, más allá del cielo donde veremos a Dios cara a cara, hay un cielo material que es llamado Cielo Empíreo, de magnificencia indecible, en el cual los cuerpos de los justos podrán disfrutar una eternidad feliz.

En su bondad, Dios dispuso que los bienaventurados estarán ahí con sus cuerpos resucitados, pues el estado natural del alma es permanecer ligada a un cuerpo. Y como el cuerpo tiene sentidos (vista, olfato, oído, paladar y tacto), conviene que sea feliz como lo es el alma. Dios crea entonces un lugar donde los sentidos corporales se deleitan al mismo tiempo y en armonía con las delicias del alma. Es en ese contexto que podemos situar la Misa en el cielo, no como se celebra aquí en la tierra, sino en una modalidad quintaesenciada…

Meditando sobre esto, aún sin asentir en todo, no habremos perdido el tiempo. Todo lo dicho, claro está, queda sujeto del juicio definitivo de la Madre Iglesia.

Por el P. Rafael Ibarguren, EP

Deje su Comentario

Noticias Relacionadas