Cada 8 de septiembre, el Atlántico, más exactamente la Isla Margarita, atestigua un prodigio de fe: casi medio millar de embarcaciones surcan las olas no para la pesca diurna, sino para escoltar a su reina marina.
Redacción (14/09/2026 14:51, Gaudium Press) Hay un momento en el año donde el Caribe venezolano deja de ser simplemente agua y sal para convertirse en un altar supremo.
Cada 8 de septiembre, el Atlántico, más exactamente la Isla Margarita, atestigua un prodigio de fe: casi medio millar de embarcaciones surcan las olas no para la pesca diurna, sino para escoltar a su reina marina, la Virgen del Valle.
A la cabeza de esta impresionante armada devocional navega el Buque Escuela Simón Bolívar. Sin embargo, la verdadera fuerza de este cortejo no reside en la madera ni en los motores, sino en la convicción de un pueblo marinero que sabe que internarse en el océano sin fe es marchar a la deriva.
La procesión partió de la playa Valdés, en la ciudad de Porlamar, transportando la imagen de la patrona hasta una roca conocida como El Farallón, donde dos imágenes de la Santísima Virgen están sumergidas.
Para el pescador margariteño, la Santísima Virgen no es un mero símbolo: es la marinera suprema, la guardiana que velará por el milagro del regreso a casa. La travesía culmina en un santuario oculto bajo el agua: El Farallón, donde la efigie de la Madre de Dios mora sumergida en las profundidades de la mar, velando en silencio por sus hijos.
«Para ser pescador hay que tener fe», atestiguan las voces de las familias que transmiten esta tradición de generación en generación.
«Son dos cosas que van juntas, porque el que no tiene fe no es buen pescador. Para ser pescador hay que tener fe porque es cuestión de suerte cuando uno sale para la mar, uno no va seguro. Uno tiene que anclarse a la fe y a nuestros santos patronos, a nuestros santos protectores», comentó Fredy Marcano a Aciprensa.
Entre el fragor de las olas, el saludo diario del marinero al alba y al anochecer es siempre el mismo: «Con Dios y la Virgen».
En medio de un mar tempestuoso e incierto, la devoción a la «Virgencita del Valle» permanece como la única ancla inquebrantable que une la tierra firme con la eternidad.
Con información de Aciprensa







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