jueves, 24 de septiembre de 2026
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Polillas, faroles y tijeras: cansados de correr o el águila enclaustrada en la jaula de cristal

Reflexionar, encontrar la palabra: ejercicio delicioso, ejercicio en el fondo divino. Dios también es Palabra.

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Redacción (23/09/2026 20:05, Gaudium Press) Un día contó el prof. Plinio Corrêa de Oliveira que, antes de cumplir los 30 años, buena parte de su vida intelectual ya no consistía tanto en el aprendizaje de cosas nuevas cuanto en conceptualizar lo ya percibido, en hacer que sus experiencias e intuiciones se convirtieran en palabras, que así pudiesen ser transmitidas a los demás.

Este ejercicio no es tan fácil, menos para las nuevas generaciones, nacidas entre el cine, la televisión y el Youtube.

Recuerdo ese retiro espiritual, en el que el moderador nos convocó a un momento de solaz:

—Bien, vamos a ver cómo estamos de ‘definiciones’. El que diga algo acertado o con sentido, gana un premio; el que no, o no diga nada, una penitencia. A ver… fulanito, defíname qué es tijera

Tijera, esa que hemos usado desde pequeños, con la que recortamos figuritas de papel, con la que compusimos tareas o carteles para el colegio, esa guardada en cualquier escritorio… ¿cómo no seremos capaces de definir una tijera?

Pues bien —es cierto que aún éramos jóvenes—, fuimos varios los que cumplimos penitencia por no poder definir de forma razonable ese objeto de orejas y láminas metálicas que sirve para cortar. Pero quienes lo consiguieron, lo hicieron para alegría propia y ajena. Risas para quienes lo intentaban sin éxito, sonrisa generalizada para los que sí lo lograron.

De hecho, cuando el Dr. Plinio contaba esos recuerdos, a lo que estaba incentivando era al uso de la parte más elevada del hombre, el alma espiritual, y dentro de ella su facultad intelectiva, esa que lamentablemente hoy no se emplea tanto, por el predominio de la mera sensación animal.

Ocurrió que tras un largo proceso se le convenció al hombre —por la acción omnipresente de la media, hoy las redes sociales y de los ‘tipos humanos’ que estos proponen— que ser feliz, buscar la felicidad, es vivir corriendo agitados, comúnmente tras placeres, correr, placer, y luego correr y más placer. Para crear esa expectativa e ilusión, usaron de todos los recursos que la técnica y la publicidad han descubierto. Por ejemplo, usaron personas con ‘carisma’ para representar estos papeles, al tiempo que cubrían a esos ‘carismados’ de luces, premios y elogios sin fin.

Pienso en este momento en varios actores famosos, algunos aún en boga.

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Es uno que corre y corre con el objeto de realizar una misión imposible. Es otro que corre en un guión de búsqueda implacable, pues debe rescatar a su esposa o hija al otro lado del mundo. O es aquel que corre con sus amigos en veloces autos, sea para robar con estilo, o para ayudar forzados a la policía en un caso especial, o simplemente correr y gastar combustible y llantas por el mero placer de correr.

Los guiones de las películas de alcance mundial siguen siendo en buena medida de acción: personajes que corren para que no los maten o corren para matar; corren tras la pista clave, o corren para alcanzar ese absoluto placer; después de un momento lánguido —porque todos son extremos, aquí no hay equilibrio— correr y nuevamente correr. Pero si hay algo ausente, ese es el “pensar”, el “meditar”, el “observar”.

Se trabajó en crear la ilusión de que todo el mundo era así o estaba en camino de serlo, y bueno, los pobres borregos se empeñaron en seguir el guión y se fueron transformando en esas mariposas-polillas que se lanzan, giran en torno y se estrellan contra cada luz que ven, volando agitadas junto a los faroles, tras cualquier placer animal que se les presente.

En esto Hollywood ha cumplido un nefasto papel, perfecto. De hecho, la Universidad de Cornell, en estudio de no hace mucho, mostró que la duración media de un plano de cine de Hollywood pasó de 12 a 15 segundos en los años 30, a 3 o 4 segundos hoy. Qué no decir del scroll infinito de los videos cortos actuales. La consigna es la misma: correr, placer, sin pausa, sin reflexión.

Pasa que —y esto también había sido previsto por el Dr. Plinio con bastante anticipación ese estilo run forzosamente y a largo plazo decepcionaría, frustraría porque desconocía la parte más elevada del hombre, y estas legiones de hombres así frustrados hasta podrían expresar su descontento con violencia.

Porque observar, pensar y meditar son actos nobles en los que el hombre se hace hombre.

El hombre que no observa y piensa es como un águila enjaulada en un acondicionado cubículo lleno de comida, o como un delfín encerrado en una pequeña piscina de azulejos azules, aromatizada y climatizada pero chica, o como un potro mustang bravío atorado y amarrado en una carreta de mercado: llegaría el momento en que por más que se les alimentase copiosamente, el águila querría destrozar los barrotes y volar a las alturas, el delfín buscaría surcar los mares y los océanos, y el caballo galopar por llanuras y valles sin fin. Ellos habían nacido para otra cosa, no para tener el estómago lleno. Llegaría el momento en que el hombre querría sentir la felicidad de quien usa las facultades del hombre, que le habían sido arrebatadas y atrofiadas por el influjo de lo que un día el Dr. Plinio llamó de Revolución Tendencial, es decir, el arte de desordenar las pasiones.

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La fiesta bulliciosa y movimentada había terminado, y lejos de sentirse feliz, el hombre moderno se hunde en la tristeza y la depresión, que puede ser fría o caliente, pero siempre angustiada o triste.

Sin embargo, Dios siempre mantiene una puerta abierta a la verdadera felicidad, mucha gente está cada vez más cansada de correr, y puede estar más predispuesta a detenerse, como en el caso de las tijeras, a poner en palabras lo vivido. A explicitar la alegría que sentí al contemplar ese atardecer de nubes rosa cayendo en leves cascadas junto al mar, un día que me encontraba absolutamente solo en una playa leyendo a un buen literato. O cuando observé con más atención a esa persona especial, que en su porte, vestido y habla, reflejaba una cultura más pulida que el común de los mortales, evidenciando que la buena educación atenúa los trazos de la culpa de Adán.

Son placeres muy profundos, esos de la observación y la reflexión, que el mundo abandonó, pero que, aunque más tranquilos, son los que satisfacen ampliamente.

Ya decía Aristóteles que “la felicidad perfecta es una actividad contemplativa”, que “todos los hombres por naturaleza desean saber”, y que el gozo de comprender “es el fin supremo de la mente humana”. Asimismo, el Salmista nos convida a ese ejercicio superior: “Vacate et videte”, ‘descansad y ved’ (Sal 45 (46), 11).

Hasta un ajeno a la fe como Borges ya reconocía esta felicidad: “hay un placer incomparable en encontrar la palabra exacta para la idea que habitaba en la penumbra de la mente”. O Virginia Woolf, cuando afirmaba que “examinar el espíritu por dentro, fijar la mirada en el pensamiento que cruza la mente y capturarlo al vuelo para ponerlo en palabras es el acto de vivificación más pleno que existe”.

Pero claro, este ejercicio para ser perfecto, debe tener un trasfondo y meta divinos:

“Cuando el hombre contempla el universo, la variedad, el orden, la belleza de las cosas creadas, su inteligencia se eleva naturalmente del efecto a la Causa, de la criatura al Creador. Dios dejó en las cosas creadas un reflejo de sus perfecciones infinitas. Así, observar con rectitud la creación es buscar los trazos de Dios en el mundo, para que el alma, conociéndolos y amándolos, se eleve a la adoración de la Verdad y de la Belleza Suprema que es Dios mismo”, decía el Dr. Plinio.

Observar, pensar, explicitar, debe ser en el fondo buscar a Dios, por medio de la palabra, en el Orden de la Creación.

Por Saúl Castiblanco

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