domingo, 27 de septiembre de 2026
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¿Quién hizo la voluntad del Padre? – Comentario a la lectura dominical

La respuesta a esta pregunta no es tan obvia como parece…

Nosso Senhor pregando

Cristo predicando – Iglesia de Santa Marta, Sarasota (EE.UU.) Foto: Angelis Ferreira

Redacción (27/09/2026 08:16, Gaudium Press) Al leer el pasaje del Evangelio seleccionado para este 26.º Domingo del Tiempo Ordinario, nos vemos fácilmente llevados a plantearnos la siguiente pregunta: ¿y yo? ¿Qué clase de hijo soy? ¿Cumplo o no la voluntad del Padre?

Los hijos del perdón y los hijos de la hipocresía

«Un hombre tenía dos hijos. Dirigiéndose al primero, le dijo: “Hijo, ¡ve hoy a trabajar a la viña!”. El hijo respondió: “No quiero”. Pero después cambió de opinión y fue. El padre se dirigió al otro hijo y le dijo lo mismo. Este respondió: “Sí, señor, voy”. Pero no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?» (Mt 21, 28-31)

La parábola se enmarca en una discusión de Nuestro Señor con los jefes de los judíos, en la que estos cuestionan el origen de la autoridad con la que Él predicaba y realizaba milagros (cf. Mt 21, 23-27).

Con el fin de desenmascarar la hipocresía de aquellos hombres, el Salvador los identifica con el segundo hijo de la parábola, es decir, aquel que se comprometió con el padre y luego lo traicionó. Quedó claro ante sus ojos que los pecadores más abyectos los precederían en el Reino de los Cielos, porque, a pesar de sus caídas inexcusables, se arrepintieron de los pecados cometidos, convirtiéndose en objeto de la misericordia infalible de Dios (cf. Mt 21, 31).

De este modo, la primera lectura se aplica perfectamente a ambos casos. Por un lado, justos que abandonaron el camino recto y perdieron la vida de la gracia; por otro, pecadores que se levantan del estado de muerte espiritual y entran en la senda de la vida (cf. Ez 18, 26-28).

Sin embargo, la clave para responder acertadamente a la pregunta sobre quién hizo la voluntad del Padre se encuentra en la Epístola a los Filipenses.

Jesucristo, Hijo y Siervo perfecto

En efecto, cuando Nuestro Señor plantea esta cuestión a los sacerdotes, ellos responden que fue el primer hijo: a pesar de haberse negado cuando el padre lo llamó, terminó cumpliendo su deseo.

Pero se insinuaba otra realidad: la de un Hijo perfecto que no solo cumplió la voluntad paterna, sino que dijo «sí» desde el principio.

De hecho, Él, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, dijo «sí» al Padre Eterno y se revistió de la naturaleza humana, haciéndose uno de nosotros para salvarnos.

Fue asumiendo la condición de siervo, a la vez que realizó con toda perfección los designios de Aquel que lo envió.

Esclavitud: una palabra que asusta y causa horror. Entendida en sentido espiritual, la esclavitud a Dios no es otra cosa que renunciar a la propia voluntad y reconocer que todo lo que Dios quiere es siempre lo mejor, y nadie puede querer algo que rivalice en bondad con Él. Por excelentes que sean nuestros deseos, somos limitados y contingentes. La consecuencia para quien comprende esta realidad es la disposición a realizar con alegría cualquier cosa que provenga de la voluntad divina.

Existe un principio teológico que sintetiza la trayectoria de un santo: el santo es aquel que quiere aquello que Dios quiere que él quiera. Es decir, la santidad consiste en identificar nuestra voluntad con la de Dios.

Así lo hizo María Santísima. En todo momento de su existencia, no quiso otra cosa que atender con prontitud a toda manifestación de los deseos del Creador. Que Ella acuda en nuestro auxilio e imprima en nuestras almas su espíritu de sagrada esclavitud, haciendo de nosotros un reflejo perfecto de su Divino Hijo, cuyo alimento era hacer la voluntad de su Padre (cf. Jn 4, 34).

Por Rodrigo Siqueira

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