Quien huye de la corrección, huye del remedio; le falta virtud y le falta juicio.

El rey David es reprendido por el profeta Natán – Foto: RAE
Redacción (30/09/2026 07:47, Gaudium Press) Una de las cosas en las que más se manifiesta la gran soberbia del hombre es la dificultad con la que recibe la corrección y el aviso de sus faltas; tanto es así, que apenas hay quien desee y quiera ser reprendido y advertido sobre ellas.
Dice muy bien San Agustín: «¿Quién será capaz de hallar un hombre que quiera ser reprendido? ¿Dónde encontraremos a aquel sabio de quien dice Salomón en los Proverbios: ‘Reprende al sabio y te amará’? Sabio es él, ciertamente, porque sabe agradecer con amor un beneficio tan grande como lo es la corrección. Pero ¿dónde encontraremos sabios de esta índole? ‘¿Quién es este, para que lo alabemos?’» (Eclo 31, 9) […]
La verdadera humildad consiste en conocerse a sí mismo, tenerse en poco y desear que los demás también conozcan sus faltas y lo tengan en poco. Porque está escrito: «el justo es el primero que se acusa o confiesa sus faltas» (Pr 18, 17). (…)
Los santos comparan a tales personas con los enfermos que están frenéticos y locos, los cuales no consienten que el médico se les acerque, sino que huyen de él, resisten los remedios que se les aplican y los arrojan lejos de sí; y esto sucede por la gravedad del mal y por creer que no están enfermos.
Es esta una comparación del Espíritu Santo: «Quien detesta la corrección y la advertencia —no digo solo que carece de virtud y humildad, sino que carece de juicio» (Prov 12, 1)— está loco y fuera de sí, pues detesta el remedio y se indigna contra el médico, que solo pretende curarlo y sanarlo.
RODRIGUES, Afonso. Exercícios de Perfeição e virtudes cristãs. São Paulo: Cultor de Livros, 2017, v.3, p. 443-445.





Deje su Comentario