miércoles, 07 de octubre de 2026
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Faustín, Mefis y el chofer protestante que un día mandó la Virgen

Tendría por entonces un poco más de 20 años, con la insensatez casi intrínseca a esa etapa de la vida…

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Redacción (07/10/2026 13:03, Gaudium Press) En días pasados conté en este espacio la historia de la misa en memoria del Padre Tejedor a la que me llevaron los ángeles. Ahora narraré otra de asistencia de la Providencia aún más impresionante, en la que la bondad fue mayor y el protagonista aún más fútil e insubstancial. Desde ya pido perdón por las faltas aquí relatadas, las que exhibiré solo por necesidad de la historia y homenaje a la vergüenza.

Tendría por entonces un poco más de 20 años, con la insensatez casi intrínseca a esa etapa de la vida, cuando uno cree que se las sabe todas, inmadurez que la Virgen Bendita miró ciertamente con la caridad y la pena de la mejor de las madres.

Había viajado al Brasil a una especie de retiro espiritual, de varios días, que se realizaría en una hacienda en las afueras de São Paulo, a hora y media de la gran metrópoli suramericana. Sería ese un retiro que nunca olvidaré, particularmente por un recibimiento fantástico, de “realismo mágico” diría un literato.

Arribamos a la hacienda, unas veinte personas de diversos países, alrededor de las ocho de la noche, y la entrada —dos amplias y toscas puertas formadas por travesaños de madera, casi que dos pedazos de cerca constituyendo los dos batientes— se encontraba completamente a oscuras, aunque sí había un farol de exteriores, pero apagado. En la cerca a los lados de la puerta, la tupida vegetación agreste (nada de pinos plantados como soldados) hacía también de muralla, lo que favorecería el drama que seguiría.

Todos habíamos bajado del bus con expectativa y algo de temor por el ambiente de oscuridad, que no era completo por un fuerte claro de luna. Entonces, súbitamente y desde la maleza de dentro de la hacienda surgieron las voces sátiras y chillonas de dos hombres a los que no se les percibía la silueta, que comenzaron a ironizar entre ellos:

—Jajaja… ¿y estos a qué vendrán aquí, Faustín?

—No sé, estamos en el fin del mundo y al fin del mundo no se va ni a descubrir; deben estar extraviaaados.

En ese momento se dirigieron a nosotros, siempre desde las sombras.

—Hey, ustedes… a sus órdenes, ¿en qué los podemos servir? —gritó uno— con voz estridente de falsa amabilidad.

Ninguno se atrevió a responder.

—Definitivamente están perdidos, Mefis. ¡Ni siquiera hablan!

—¡Dense media vuelta y vuelvan por donde vinieron, que aquí no tienen nada que hacer! —gritó Mefis, ya con tono agresivo.

En ese momento, e iluminado por un foco que se había encendido, apareció de las sombras un gigantesco joven de color, vestido con boina azul, pantalones de montar y botas, quien sostenía con cadenas y dificultad a dos enormes perros filas, que furiosos ladraban a “Faustín” y a “Mefis”:

—Largo de aquí, bichos inmundos —gritó Fernando—. Los que no deben volver más nunca son ustedes.

La voz potente del moreno y los fieros filas “raya de tigre” con sus gruñidos fueron más que suficientes para ponerlos pies en polvorosa, literalmente como almas que lleva el diablo.

—Queridos amigos, ¡bienvenidos! —tomó la vocería Fernando. Esta hacienda de Dios es ahora su casa. Olviden a esos personajes, que ya son humo. Soy el guardián y me encargaré de que ellos nunca más importunen su estadía. Les auguro días maravillosos; serán partícipes de aventuras épicas, escucharán maravillosas historias de santos, los juegos serán apasionantes, les será narrada la historia de las cruzadas…

Al decir esto, una cercana colinita se iluminó, y en su cresta aparecieron dos caballeros de cota de malla, espadas y escudos, cabalgando serenos sobre monturas que iban al paso, rumbo a un destino incierto pero oloroso a Jerusalén.

Tras algunas palabras más motivadoras de Fernando y nuevas escenas de la representación teatral de bienvenida, entramos en la casa, tomamos un tentempié y luego nos instalamos, a la expectativa del peculiar retiro que iniciaría al día siguiente.

El ambiente de la casa era maravilloso, con una decoración de otros tiempos como es de mi agrado, excelentes meditaciones a lo largo del día, zonas verdes espectaculares para la reflexión y además un toque zoo, “amazónico” salvaje (un día vi desde el comedor, que quedaba en una terraza y tenía miradores abiertos, a un grupo de micos jugando y gritando en un árbol cercano). Los compañeros de retiro, excelentes.

Sin embargo, y como decía Donoso Cortés, el ser humano tiene sed de absurdo y de pecado, o como decía San Agustín, el hombre es ese ser incomprensible que ama su propia falta. El régimen era de estricta clausura y las horas de silencio de buena parte del día no dejaban de serme gravosas, para un estilo pasional, agitado y activoso como el de los nacionales de mi tierra.

Ocurría que por esos días un estimado amigo se había trasladado a la capital paulistana, había rentado un apartamento —no recuerdo cómo se había enterado de que yo viajaría allí o si yo le había avisado— y me había hecho atractivas invitaciones para recorrer como turistas algunos lugares emblemáticos que siempre había querido conocer. Se sumaba al interés de mi conocido el que su esposa, con la que se había casado recientemente, ya manifestaba un carácter complicado, y salir a pasear con la excusa de que debía acompañarme era la oportunidad de respirar aires más puros y tranquilos. ¡Pero yo no había ido de turista; era un peregrino penitencial que a la hora del ayuno prefería comer chocolates!

En fin, me inventé una excusa.

Dije al encargado de la casa, un enérgico y estricto hijo de coronel, que debía terminar una investigación encomendada por mi jefe, en documentación que solo podía hallar en la Biblioteca Latino-Americana, especializada en información del subcontinente y ubicada en el horroroso Memorial de América Latina, construido al mejor estilo ovni por el famoso Niemeyer, el de Brasilia. Se me ocurrió eso porque años atrás sí había acompañado a un autor a ese lugar en labores de exploración. Lo que no sé es por qué razón el encargado accedió tan fácilmente a mi pedido sin ninguna indagación. Quedó pues concertado que asistiría a la misa de la mañana, y de ahí partiría a mi mentirosa investigación.

El primer día todo ocurrió de acuerdo al plan: llegué al apartamento de mi amigo, y rápido partimos a conocer el Mercado Municipal de la ciudad, ubicado en el centro histórico, que no es solo un lugar de venta de comestibles, sino sitio de referencia arquitectónica en estilo neoclásico y ecléctico, famoso especialmente por sus vitrales que iluminan los pasillos, y que dibujan bonitas escenas por ejemplo del Brasil rural. Buenos tiempos esos, en que los hombres construían cosas bellas para albergar transacciones tan comunes y prosaicas como comprar las verduras, unas frutas para el jugo o el queso de mesa para la semana.

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No recuerdo qué otros lugares visitamos, pero pasamos todo el día fuera. Ya en su casa, la conversación agradable —mi amigo es persona culta y más o menos de mis mismos gustos— fue haciendo que el minutero corriera y corriera sin mucha conciencia de mi parte. Cerca de las nueve de la noche le dije que tenía que irme.

Debía tomar el metro, llegar hasta la última estación de una de sus líneas, luego coger un bus de conexión que me llevaría hasta una población cercana, y ahí tomar otro bus que me trasladaría hasta las cercanías de la entrada de la hacienda. Toda una odisea, que sin embargo trascurrió tal como planeada, como un tobogán: apenas llegué a la estación, pasó el metro; saliendo del metro enseguida el bus de conexión, y ya en el pueblo vecino al instante el otro bus. Suerte de principiante que me sería “trágica” al día siguiente.

Al llegar me presenté al encargado de la casa, le dije que no había concluido la pesquisa y que debía volver al día siguiente, a lo que no puso ninguna objeción, confiado en la palabra de este felón lengua de embustero.

Efectivamente, al otro día, lo mismo: creo que visitamos el Teatro Municipal, otro tesoro arquitectónico de la ciudad, algún otro lugar y en la noche nuevamente conversación amena en casa de mi compañero hasta pasadas las nueve. Solo que en esta ocasión, la seguidilla de fáciles trasportes del día anterior no se dio: el metro sí pasó rápido, era el tren final de la jornada en esa dirección, pero luego el bus de conexión hacia la ciudad vecina se demoró, y cuando llegué al pueblo, ya había salido el último bus que me llevaría a la hacienda, que se encontraba a cerca de 15 kilómetros de distancia.

Desconcierto total, pues realmente no conocía la región, y el cálculo era que caminando tardaría por lo menos tres horas en llegar, en medio de oscuridades, perros ladrando, y quizá algún malhechor.

Eran por vuelta de las once de la noche en la plaza del pueblo, en una época en que si existían los teléfonos móviles eran artículos de lujo. Las luces se fueron apagando, y solo quedaban las de lugares de mala muerte, rodeadas de personajes que iban pareciendo salidos de película de terror o con cara de maleantes, por lo que la decisión, penosa, se imponía: debía irme caminando.

Pero entonces, y confieso que sin pedir nada en concreto sino protección, recé a la Madre del Cielo por su intercesión; fue una simple pero muy sentida oración.

No la había terminado cuando se me acerca un hombre como de 60 años, flaco, de estatura mediana, con facciones campesinas típicas de la región.

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—Olha, você es de los “padres”, de la hacienda de allá abajo, ¿no?

Cómo lo supo, eso fue otro milagro, pues yo no estaba demasiado “caracterizado”.

—Sí —respondí instantáneamente y sin el recelo que sería comprensible, debido a mi angustia mortal.

—El bus ya salió…

—Es claro. ¿No sabe usted cómo puedo llegar hasta allá?

—Pues a esta hora tampoco quedan taxis disponibles aquí.

—Puxa. ¿Qué podré hacer?

—Pois veja, voy a llevarlo, pero en el camino le diré unas cosas para que se las repita a los padres…

Sin pensarlo dos veces, y sin meditar en la posibilidad de que podía ser una trampa, me subí a su auto, que por lo que recuerdo era un coupé volkswagen viejo y destartalado, solo con las sillas delanteras, cargando atrás algún bulto de vegetales.

Ocurrió que este señor era algo como un pastor protestante, y lo que quería mandar a decir a los “padres” era que “solo la Biblia salva”, que no se puede “creer en ídolos” y etcétera, palabras que casi no escuché pues mi cabeza estaba ocupada en la bondad inconmensurable de una Virgen que me acababa de salvar, y que hasta conseguía chofer —aunque fuera de otra religión— para su hijo caprichoso y resabiado. Algo le rebatí al pobre hombre pero con guante de seda, porque a pesar de fanatizado no se veía de mal corazón, y no fuese que me dejase tirado a la vera del camino, a merced de la oscuridad y los canes.

Llegados a la casa agradecí su amabilidad y entré a hurtadillas (no quería toparme con el encargado); fui directo a la capilla, donde declaré mi gratitud a Dios, le manifesté haber aprendido la lección y ofrecí mi propósito de enmienda.

Habría sido ese el momento perfecto para repetir otra de las maravillosas súplicas del profesor Plinio Corrêa de Oliveira, dirigida a la Madre de Dios:

Que Nuestra Señora pase por alto mis miserias, que pase por alto mis ingratitudes, que haga tabla rasa de todo aquello en lo que no he obrado bien, y que me dé la gracia de querer aquello que quiero querer. Que Ella opere en mí su Secreto mediante un torrente de misericordia y de bondad, un torrente de perdón, un torrente de condescendencia y de afabilidad, y que me transforme en un instante.

Este es el gran río chino que debo recorrer [las vueltas de la vida], hasta que llegue el momento en que Ella me transforme. Esta es la oración del esclavo de la Virgen en el día de hoy. Esta es mi oración de cada día, porque la vida espiritual se construye de conversión en conversión, y cada día debemos pedir ser llevados a un peldaño más alto. Por eso, todos debemos pedir esa conversión diariamente, pues es de conversión en conversión, de grado en grado, como progresamos.

Pues bien, la Virgen me recibió allá con falsos demonios amenazadores, exorcizados por Fernando y sus filas brasileños. Al final Ella me libró de un peligro real en el que manifestó su genuina protección materna. Ahora y por siempre, solo queda pedir que Ella nos perdone. Que Ella nos convierta.

Por Saúl Castiblanco

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