Tras la muerte de Luis XIV en 1715, su heredero y bisnieto Luis XV no asumió inmediatamente el trono. Análisis de la Revolución Tendencial.

El Duque de Orleans – Foto: Wikipedia
Redacción (08/10/2026 15:22, Gaudium Press) En su adolescencia, el duque de Orleans se envileció frecuentando lugares pésimos y mantuvo contacto con personas vinculadas a la brujería. Tras asumir la Regencia, apoyó a los jansenistas.
Nombró como consejero al padre Dubois, quien seguía las directrices de su amante, Madame de Tencin, propietaria de un famoso salón literario y político en París. Ella era madre de d’Alembert, uno de los líderes de los revolucionarios enciclopedistas.
A pesar de su vida escandalosa, Dubois fue nombrado arzobispo de Cambrai y, poco después, el papa Inocencio XII lo elevó al cardenalato. Fomentó la vida corrompida del Regente, quien lo nombró primer ministro.
Al describir al duque de Orleans, el célebre memorialista duque de Saint-Simon afirma que todos los vicios pugnaban en él por la primacía. La ambición, la avaricia y el libertinaje eran sus dioses[1].
Cayó muerto, fulminado por un ataque de apoplejía
Modas indecorosas se propagaban entre la nobleza. El gran predicador Jean-Baptiste Massillon, obispo de Clermont-Ferrand, en un sermón pronunciado en la Corte, censuró a las damas allí presentes: «De vosotras pasan al pueblo las modas inmodestas, la vanidad de los adornos, esos artificios que deshonran un rostro donde solo el pudor debería traslucirse…»[2]
El Regente residía en el Palais-Royal, en París, donde se celebraban cenas en las que se cometían obscenidades e incluso orgías.
En 1723, mientras estaba sentado en un sillón en el Palacio de Versalles, preguntó a su concubina, la duquesa de Phalaris, si creía en el Cielo y en el infierno. Ella respondió afirmativamente, y el Regente le dijo: «Entonces, debéis ser muy desgraciada con el género de vida que lleváis…». Y cayó muerto, fulminado por una apoplejía.[3] Talis vita finis ita: tal es la vida, tal es también el fin.
Se observa cómo la decadencia moral y religiosa de la Francia del siglo XVIII comenzó en las clases más altas y luego alcanzó a la burguesía y al pueblo.
Tendencias desordenadas
Enseña el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira:
En la Revolución gnóstica e igualitaria que domina toda la Tierra, podemos distinguir tres profundidades, las cuales cronológicamente se entremezclan hasta cierto punto: las tendencias, las ideas y los hechos.
La primera de ellas consiste en las «tendencias desordenadas que, por su propia naturaleza, luchan por realizarse; al no conformarse ya con todo un orden de cosas que les es contrario, comienzan por modificar las mentalidades, los modos de ser, las expresiones artísticas y las costumbres, sin tocar desde el principio de modo directo —habitualmente, al menos— las ideas».[4]
«La profunda acción del Humanismo y del Renacimiento entre los católicos no cesó de extenderse en una creciente cadena de consecuencias por toda Francia. Favorecida por el debilitamiento de la piedad de los fieles —ocasionado por el jansenismo y por los otros fermentos que el protestantismo del siglo XVI desgraciadamente había dejado en el Reino Cristianísimo—, tal acción tuvo por efecto en el siglo XVIII una disolución casi general de las costumbres, un modo frívolo y brillante de considerar las cosas y una divinización de la vida terrenal, lo que preparó el terreno para la victoria gradual de la irreligión. Dudas con relación a la Iglesia, negación de la divinidad de Cristo, deísmo, ateísmo incipiente fueron las etapas de esa apostasía». [5]
Desde esos estratos profundos, la crisis pasó al terreno ideológico. En efecto, como Paul Bourget puso de relieve en su célebre obra Le démon de midi, «es preciso vivir como se piensa, so pena de acabar, tarde o temprano, pensando como se ha vivido»[6].
Libros, imágenes y vestidos incitaban a la sensualidad
Pío XII hizo una descripción clarividente de la sociedad francesa de aquella época:
«Nunca una sociedad fue más refinada, más elegante, más brillante, más fascinante. Los más variados placeres del espíritu, una intensa cultura intelectual, un arte finísimo de agradar, una exquisita delicadeza de modales y de lenguaje dominaban aquella sociedad externamente tan cortés y amable, pero en la que todo —libros, relatos, imágenes, objetos ornamentales, vestidos, peinados— invitaba a una sensualidad que penetraba en las venas y en los corazones, y en la que la propia infidelidad conyugal casi ya no sorprendía ni escandalizaba. Esa sociedad trabajaba así en su propia decadencia y corría hacia el abismo cavado por sus propias manos»[7].
Vida de salón
En esa época, en las clases más elevadas, existía la vida de salón, la cual «consistía en un grupo de personas que se reunían habitualmente en torno a un núcleo fijo. A las reuniones asistían personas que pertenecían a diversos salones y transmitían lo que habían escuchado en su respectivo salón.
«Pero lo principal de la conversación no eran las novedades, sino los pensamientos. La conversación de salón era pensamiento expuesto de modo ligero y florido, donde se introducía una nota simbólica hermosa en cada detalle. Era la participación en una misma manera de ver en profundidad incluso las pequeñeces».[8]
Sin embargo, debido al orgullo y a la sensualidad que corroían las almas de sus participantes, los salones fueron transformándose en propagadores de las ideas revolucionarias.
Ateísmo y hechicería
Afirma el historiador Hippolyte Taine que, durante la Regencia, el ateísmo aumentó drásticamente. La devoción al Sagrado Corazón de Jesús se había convertido en objeto de burlas. Los sacerdotes que se comportaban dignamente eran abucheados en las calles. Niños de seis años presumían de ateísmo. Manifestar impiedad significaba «tener ingenio».
Muchos sacerdotes no hablaban de piedad ni de teología, sino de moral natural, razón y filosofía. En los sermones, no pronunciaban el nombre de Jesucristo, sino el del «legislador de los cristianos».[9]
El único tipo de hombre que tiene certeza respecto a los fines últimos de su existencia, al sentido de la vida y a la razón de ser de todas las cosas —así como una convicción plena de los principios filosóficos que sostiene—, es aquel que posee fe sobrenatural, católica, apostólica y romana.[10]
Al perder la fe, los hombres se precipitan en el espíritu de duda y tienden a creer en hechiceros, nigromantes y adivinos, figuras que proliferaron en aquella época.
Por Paulo Francisco Martos
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[1] Cf. CAPEFIGUE, Jean-Baptiste Honoré Raymond. Le Cardinal Dubois et la Régence de Philippe d’Orléans. Paris: Amyot, 1861.
[2] ROBERT, Henri. Os grandes processos da História. São Paulo: Editora Globo. 1964, v. 5, p. 138.
[3] Cf. idem, ibidem, p. 152.
[4] CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Revolução e Contra-Revolução. 9. ed. em português. São Paulo: Associação Brasileira Arautos do Evangelho.2024, p. 59.
[5] Idem, ibidem. p. 41.
[6] BOURGET, Paul. Paris: Librairie Plon, 1914, v. II, p. 375.
[7] PIO XII. Alocução de 14 de janeiro de 1945.
[8] CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. A felicidade da infância. Como se perde? Como se recupera? In Dr. Plinio. São Paulo. Ano XXIII, n. 269 (agosto 2020), p. 25.
[9] Cf. CLÁ DIAS, João Scognamiglio, EP. Despreocupados… rumo à guilhotina – A autodemolição do Ancien Régime. São Paulo: Edições Brasil de Amanhã. 1993, p. 324-326.
[10] Cf. CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Tristezas e incertezas renascentistas. In Dr. Plinio. São Paulo. Ano III, n. 22 (janeiro 2000), p. 17.




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