Las historias que se tejen con su memoria son doradas. Pero hay certeza de que fueron mártires.
Redacción (26/10/2026, Gaudium Press) Cuentan las actas legendarias que los Santos de hoy, San Luciano y San Marciano, nacieron en el S.III en Nicomedia, que era la capital de la provincia romana de Bitinia, en el noroeste de Asia Menor.
A estos dos santos, como era común en los tiempos del paganismo (y está volviendo a ser moda hoy), les habían enseñado artes adivinatorias, magia, superstición, y en eso caminaron mucho, superando a quienes le habían enseñado; es decir, habían quedado prisioneros de las garras del maligno, y eran de sus más apreciados hijos.
Pero hasta para los hijos de satanás Dios tiene misericordias.
Ocurría que había una virgen cristiana en Nicomedia, que brillaba en virtud, modestia y también belleza, virgen a la que estos dos quisieron cortejar.
Sin embargo, esta joven había entregado su corazón enteramente a Cristo, y solo a Cristo, y los dos magos no pudieron capturar para nada su atención. Empeñados en su fin, ellos usaron de artilugios y conjuros, invocaron a todos los dioses que se les ocurrió –que ya sabemos, eran demonios– sin conseguir nada de nada con la joven.
Entonces, un rayo de luz divina golpeó sus mentes: ese Cristo debe ser muy poderoso —se dijeron—, pues nada de lo que nos funciona siempre ha funcionado con ella. Necedad sería no convertirse a su fe.
Entonces, golpeados ahora por un rayo de la gracia, quemaron sus obras de hechicería y todos los artefactos que usaban en sus malos trabajos. Se hicieron catecúmenos y finalmente se bautizaron. Hombres de bienes materiales, se desprendieron de ellos, los entregaron a los pobres, y se retiraron luego al desierto, donde vivían en penitencia y oración.
Sin embargo, como con Cristo, la lucha es hasta el final; además el demonio no iba a abandonar tan fácilmente una presa que era de él.
Hasta el desierto, también como con Cristo, fueron los demonios a tentar a sus antiguos fieles esclavos; pero su nuevo amo Jesús los fortalecía.
Después de un tiempo en el desierto, regresaron a la ciudad a anunciar a Jesús muerto y resucitado, y sacaron a muchos de la superstición y la idolatría, algo que enfureció especialmente a satanás.
Finalmente fueron denunciados ante Sabino, el gobernador de la ciudad, como instigadores de esa doctrina revolucionaria llamada cristianismo.
Después de intentar sin fruto que volvieran a quemar incienso a los demonios, Sabino ordenó quemarlos vivos, lo que ocurrió el 26 de octubre de 251. Lo narrado pues en esas ‘actas legendarias’ son por tanto leyendas pías.
Sin embargo, antiguos martirologios sí registran la memoria de Marciano y Luciano. Sus reliquias fueron trasladadas a Vich, en el S. XI.
Sólo sabemos, pues, con certeza que ellos fueron mártires y confesores de la fe de Cristo.
Con información de Religion En Libertad






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