El Cardenal Vesco respondió en un post las críticas de Mons. Barron. Pero sus palabras siembran más dudas.

San Francisco ante el Sultán, por Zacarías González Velázquez, Museo del Prado
(31/10/2026 10:59, Gaudium Press) Que sus palabras “se sacaron de contexto”, que el Cardenal Vesco estaba hablando de las circunstancias propias de Argelia, que se refería a la Iglesia en Argelia, que en Argelia está prohibido por ley el proselitismo…
Tras el post de Monseñor Robert Barron, obispo de Winona-Rochester, que con justa razón hacía la crítica de las palabras del Cardenal Arzobispo de Alger, cuando el purpurado afirmó que deseaba para la identidad de su grey “no una Iglesia prosélita, no una Iglesia que está ahí para convertir, sino una Iglesia que aspira a ser una de los componentes de ese pueblo” (Pas une Église prosélyte, pas une Eglise qui est là pour convertir, mais une Eglise qui aspire à être l’une des composantes de ce peuple), la discusión ha alcanzado un volumen que ciertamente nunca imaginó el cardenal francés. Volumen conseguido entre otras razones porque la figura de Monseñor Barron es polo de opinión no solo en los EE.UU., y el tweet en que él responde al Cardenal Vesco ya tiene más de un millón de visualizaciones.
No obstante, el Cardenal ha tenido a bien volver a intervenir en la polémica, esta vez vía Facebook, respondiendo directamente al obispo americano, y ya no hablando solo del contexto de Argelia sino en general, y afirmando que la Iglesia que le da vida es la de los últimos cuatro papas, y que “sí, creo que los creyentes de las tres religiones monoteístas tienen cosas mejores que hacer que intentar convertirse unos a otros. En cambio, deberían aceptar que, hasta cierto punto, les resulta imposible conocer la fe del otro, y deberían respetarse mutuamente dentro de sus respectivas fes”.
Al margen de interpretaciones y “contextualizaciones”, lo que sorprende de este último post del Cardenal Vesco es el tono de desparpajo y soltura con que va diciendo que la conversión es algo dispensable, secundario, prescindible, no esencial. Es claro que su desenvoltura no es solo signo de la seguridad con la que vive y expone su error, sino ciertamente de la percepción de que está siendo prohijado por no pocos.
Prohijado por muchos, ciertamente, pero claramente no por ciertas figuras, cuyas palabras y acciones lo deberían hacer reflexionar.
No prohijado desde luego por Cristo, el Fundador —como recordó Mons. Barron—, quien afirmó que con su llegada “el tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Nueva”. (Mc 1, 15)
No cobijado por el Apóstol, San Pablo, quien proclamó que “hay un solo Cuerpo y un solo Espíritu, así como hay una misma esperanza, a la que ustedes han sido llamados, de acuerdo con la vocación recibida. Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo”. (Ef 4, 4-5)
No prohijado por los miles y miles de mártires que prefirieron entregar sus carnes a los leones, sus cabezas a las espadas y sus cuerpos a la tortura, por amor a Cristo, a su fe y a su Iglesia con su bautismo.
No prohijado por San Francisco Javier, que abandonó todo para ir a Oriente, no a sentarse a contemplar y dialogar sobre las ‘verdades’ de Mahoma, Lao-Tse o Confucio, sino a proclamar la redención del Crucificado y a regar con el bautismo que abre las puertas del cielo.
No prohijado por San Junípero Serra misionero en California, ni por San Roque González de Santa Cruz martirizado por un cacique en Suramérica, ni por San Juan de Brébeuf, muerto cruelmente por los iroqueses que lo sometieron, llevados por un odio satánico, a un “bautismo” con agua hirviendo, en venganza contra el bautismo que da la vida.
No prohijado por un hijo de Santo Domingo como San Luis Beltrán, que enfrentó las fiebres malignas, los mosquitos en hordas oscuras, y la ponzoña de los caciques, para proclamar la verdad de Cristo en tierras de misión. Ni prohijado por un San Jacinto de Polonia, que intrépido por amor a Jesús predicó el cristianismo ante fieros paganos en Europa del Este.
No prohijado ciertamente por San Francisco, que fue a presentar ante el sobrino de Saladino la fe de Cristo y Trinitaria, aunque en ello se jugaba la vida. San Francisco el humilde, el pobre de Asís, que sí, no fue hasta allá a insultar el islamismo, pero nunca negó su condición de embajador de la Verdad. Proclamar la verdad, e instar a la conversión no es irrespeto, no es insulto, no es el deplorado proselitismo, es solo amor, de Dios y de los hombres.
Ni podrá sentirse el Cardenal Vesco prohijado por San Patricio evangelizador de Irlanda, o por San Bonifacio Apóstol de Alemania asesinado por paganos, o por San Damián de Veuster muerto de lepra en su afán de llevar a Cristo hasta los confines de la miseria.
No podrá pedir cobijo el purpurado dominico de misioneras como Santa Francisca Javier Cabrini, que enfrenta su fragilidad, su enfermedad y al mar, innúmeras veces, con la intención de llevar la dulzura de Cristo a los inmigrantes y nativos de todo un continente.
Eminencia, eso se llama misión, se llama conversión, para eso dieron muchos la vida, para eso existe la Iglesia.
Eminencia no esclarezca para que no oscurezca.
No es la Iglesia una más de las muchas, de las “monoteístas”, que Cristo no vino aquí a este mundo de visita, sino a establecer ese canal torrencial de gracia que es su Iglesia y sus sacramentos, para que los hombres tengan cómo levantarse de sus miserias, escudo para enfrentar el mundo, al maligno, gracia sin la cual nadie puede salvarse.
Cuando el purpurado dice que convertirse es en el fondo secundario, implícitamente revela que olvidó o relegó el infinito valor de hallarse incluido en el maravilloso cuerpo de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, por donde fluye la gracia, por donde corre la salvación, pues es nutrida por la linfa y la sangre que salieron un día bendito del costado lacerado y exangüe de Cristo.
Definitivamente, lo dicho en el post de Mons. Barron permanece ahora más en firme: si no es para unir a la gente a Cristo, el servicio de la Iglesia pierde su sentido. Es de esperar que el Cardenal Vesco, que sabemos, sirve en condiciones difíciles, lo reconsidere.
Por Alejandro Cisneros





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