¿No conversión? Mejor buscarse un trabajo honrado, no de obispo, apuntó Mons. Barron.

Cardenal Vesco – Foto: Vatican Media
Redacción (30/10/2026 15:04, Gaudium Press) Con sorpresa en muchos ambientes (en otros no, por ser el protagonista de esta historia “conocido de autos”), fueron recibidas las recientes declaraciones del cardenal Jean-Paul Vesco, arzobispo de Argel desde el 2021.
De hecho, y como fundamenta Infocatólica, para los observadores de su andadura, ya no son de extrañar las frecuentes emisiones del purpurado dominico “en un sentido relativista y contrario a la evangelización”.
El motivo de escándalo ahora se debe a las afirmaciones del cardenal francés a CathoBel, portal católico Belga, en las que refuerza su postura de que la Iglesia termina siendo una religión a más, entre muchas otras igualmente válidas: “somos la Iglesia de este pueblo. No una Iglesia proselitista, no una Iglesia que esté ahí para convertir, sino una Iglesia que aspira a ser uno de los componentes de este pueblo”. Esta afirmación es piedra angular de su mentalidad, o una de ellas, algo claro cuando se recuerda que en el 2018 dijo a Le Point que la transmisión del evangelio “no conduce necesariamente a un cambio de religión”, porque “el propósito de la Iglesia no es intentar convertir a los musulmanes”, o cuando recién nombrado obispo de Argel dijo que “la evangelización se realiza en la fraternidad y no en la conversión”, junto a que “el bautismo no es necesario para la salvación”.
Las consecuencias de ser la Romana una más, pues saltan, brotan como la cascada del río, y en eso el purpurado es coherente y claro, a partir de la premisa contaminada: “En las religiones monoteístas, el proselitismo es un veneno, porque implica considerar falsa la religión de la otra persona”, algo que “pone fin al diálogo”, ha dicho el cardenal lionés. Resumiendo, interpretativamente pero no injustamente, el cardenal Vesco se considera jerarca de una más; si se es de una más, la misión que busca hacer fieles cristianos católicos desde otras religiones es absurda y venenosa; y la misión, que aquí llama de proselitismo es una absurdidad, pues la Iglesia no, no tiene el depósito o el privilegio de la verdad. Es claro, así no lo dice el Cardenal, tal vez porque quedaría demasiado evidente su ruptura con un pasado de veinte siglos que nos une con Cristo, pero después de vueltas y mil vueltas, es lo que queda.
Repito, el mérito de las declaraciones del cardenal Vesco es la manera clara en la que pinta la realidad de un relativismo que, lamentablemente, carcome la mente y la fe de muchos en la Iglesia, un relativismo que conlleva menoscabo ya no decimos a la fe, sino que en el fondo niega el principio de contradicción, ese que dice que se es o no se es, para reemplazarlo por una melcocha de bueno y malo, de error y verdad, de blanco o negro, esa papilla mental que Cristo deploraba cuando ordenó que fueran nuestras palabras “sí, sí; no, no”.
Lo anterior no implica desechar los matices, que siempre los hay. Pero el rey de los matices, de las distinciones, Santo Tomás de Aquino, era también como Cristo, un “sí, sí; no, no”, incluso cuando —con todos los matices que maravillosamente también él supo colocar en la Suma Teológica (bautismo de deseo, bautismo de sangre, etc.)— afirmó que “a nadie se le abre el acceso de la salvación fuera de la Iglesia, como tampoco en el diluvio fuera del arca de Noé” (S Th III, q. 73, a. 3). No sé qué pensará el cardenal Vesco, hijo de Santo Domingo, de ese eminente dominico llamado doctor universal de la Iglesia. No creo que sea juicio temerario pensar que le puede ser molesto, o que es digerible pero después de cierta ‘hermenéutica’.
Gracias a Dios aún quedan voces que recuerdan lo básico de la verdad, voces que desearíamos que fueran más numerosas, pero en fin, es lo que hay, y por su intermedio se puede seguir contemplando la asistencia de Cristo a su Esposa mística.
Una de ellas, la del mediático obispo de Winona-Rochester, Mons. Robert Barron, quien ciertamente con sentido también pastoral, usó de fino humor para mostrar la absurda posición del cardenal francés.
“Pues bien, otro cardenal ha salido a la palestra con un planteamiento —digámoslo así— desconcertante sobre la evangelización”, inició su post Mons. Barron, pues todo lo expresó vía su cuenta en X.
Recuerda el obispo de Winona-Rochester el episodio similar, años atrás, de un prelado portugués que después fue creado cardenal, también en el pontificado anterior:

Mons. Barron – Foto: Wikipedia
“Hace unos años, el cardenal Américo Aguiar, por aquel entonces obispo auxiliar de Lisboa, afirmó que ni él ni los demás organizadores de la Jornada Mundial de la Juventud en su ciudad natal tenían interés alguno en convertir a nadie a Cristo. Ahora, el cardenal Jean-Paul Vesco, de Argelia, ha opinado que ‘la Iglesia no está para convertir’ y que ‘los cristianos deberían acercarse a otras religiones a través de la fraternidad, en lugar de buscar conversiones’. Perdón, pero… ¿qué?”
No son los anatemas tridentinos o aforismos de tratado de teología, los que esgrime Mons. Barron para responder a intervenciones del estilo del cardenal Vesco. Son simplemente las palabras de Cristo, sin retorcerlas, presentándolas simplemente como ellas son, con lo que quieren decir y realmente significan:
“La última vez que hice el chequeo (Last time I checked), el Fundador dijo: ‘Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado’. A mí eso me suena, sin duda, a conversión”. Sí, Mons. Barron no hace hermenéutica, de esas que a veces enredan y retuercen para concluir que lo blanco es negro; él acude a la comprensión de los simples, de los sencillos a los que se les revelan los misterios del Reino de Dios (Cf. Mt 11,25)
“Cuando san Pablo llegaba a Corinto, Atenas o Tesalónica, su propósito no era escuchar ni formar un grupo de debate, sino proclamar un mensaje que sacude los cimientos: el euangelion (la buena nueva) de que Jesucristo ha resucitado de entre los muertos. Tan apasionado está por esta labor que afirma: ‘Me he hecho todo para todos, para salvar, de cualquier manera, a algunos. Todo esto lo hago por causa del Evangelio’ (1 Cor 9, 22); y añade: ‘Si anuncio el Evangelio, no tengo por qué gloriarme, ya que es una obligación que se me ha impuesto. ¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!’ (1 Cor 9, 16)”, continúa el obispo. Realmente, ay de aquellos que en tierras donde falta la buena nueva, prefieren esconderla, decir que es una más, renunciar a su obligación de proclamarla, renunciar a su misión de ofrecer esa tabla maravillosa de la salvación.
A continuación Mons. Barron da una versión aceptable del mal proselitismo, pero justamente caracterizándolo, ratifica la necesidad de la evangelización:
“El impulso fundamental del Concilio Vaticano II fue llevar la Luz de Cristo a los pueblos del mundo (Lumen Gentium). Y este ímpetu misionero ha dado lugar, en las últimas décadas, a la idea de una ‘nueva evangelización’, es decir, una renovada proclamación del señorío de Cristo. Es evidente que nadie piensa que esta labor de evangelización deba realizarse de una manera impositiva, prepotente o irrespetuosa (proselitismo); pero, por el amor de Dios, no tiremos al niño junto con el agua sucia”.
Concluye el obispo, haciendo un cuestionamiento que no pocos le están haciendo al cardenal Vesco por estos días: “Si realmente pensara que la Iglesia no existe para llevar a las personas a Cristo, entonces renunciaría y buscaría un trabajo honrado”.
Sin embargo, la gran preocupación es justamente con “este pueblo” al que aludía el cardenal Vesco, y que contrario a los deseos del purpurado Jesús quiere que sea “un solo rebaño”, bajo el cuidado de “un solo pastor”, es decir Él por intermedio de su Iglesia. Al final la Iglesia se constituyó para salvar almas en la unión con Cristo, no con Buda ni con Mahoma.
Desde la óptica de la fe, no nos queda sino esperar gracias especialísimas, con las cuales Cristo responderá la voz equívoca de estos pastores, para los que el redil puede tener tanto la señal de la cruz, o cualquier otra. Confianza.
Por Alejandro Cisneros.





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