sábado, 26 de noviembre de 2022
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La Iglesia y el progreso

Bogotá (Viernes, 29-01-2010, Gaudium Press) Nos encontramos como «al inicio de una ‘nueva historia’ – dice el Santo Padre a los sacerdotes, con ocasión de la próxima Jornada de las Comunicaciones Sociales-, porque en la medida en que estas nuevas tecnologías susciten relaciones cada vez más intensas, y cuanto más se amplíen las fronteras del mundo digital, tanto más se verá llamado a ocuparse pastoralmente de este campo».

De esta manera el Sumo Pontífice manifiesta al clero y al mundo que la Iglesia está a la par de las grandes mudanzas ocurridas en las sociedades hodiernas, particularmente evidenciadas en las nuevas formas de relacionamiento humano fruto de la instalación del mundo digital, y él, como cabeza visible de la barca de Pedro, anuncia a los navegantes que se apresten para las travesías en esas nuevas aguas.

Por lo demás la Iglesia, no solo siempre ha acompañado el progreso técnico de los pueblos, sino que con suma frecuencia ella misma lo ha impulsado, sea como institución o por medio de sus hombres de ciencia.

Un pequeña memoria histórica

No vamos a recordar aquí como, tras la caída del Imperio de Occidente y las invasiones bárbaras, fue en torno a la Iglesia -a los monasterios, los obispos y el papado- que se reconstruyó la civilización en Europa.

No vamos a rememorar aquí de que manera, bajo la tutela de la Iglesia, la Edad Media inventó las universidades, que habían sido precedidas por las escuelas monásticas y catedralicias. Si incluso hoy el mundo escucha con suma atención la voz que proviene de estos centros, de donde espera soluciones, invenciones y avances, ello lo debe a la Iglesia. Hasta hoy, muchos de los centros universitarios más importantes del mundo son católicos.

No evocaremos aquí los detalles del gran salto que para el mundo significó todo el arte gótico y sus catedrales, que no eran solo centros de culto sino también teatros, escuelas, hogar común en caso necesario, y en definitiva centros de vida social donde los pueblos fueron elevándose hacia horizontes cada vez más elevados.

Vamos a recordar solo algunos hechos que evidencian cómo la Iglesia ha acompañado e impulsado el «progreso», entendido éste en su aspecto técnico-científico.

Los hospitales

Primero hemos de decir que ya desde la Alta Edad media en los monasterios se ofreció atención médica, y se cuidaban a los enfermos. Llegados a la Baja Edad media, estos centros conventuales se trasforman en «hospitales». Sí, nuestros hospitales de hoy, esos sin los cuales no entenderíamos a nuestras sociedades como humanas, nacieron en la Edad Media.

«Los hospitales estaban destinados en principio al cuidado de los caminantes, con frecuencia agotados o heridos, pero también se fueron consagrando como centros de atención médica o quirúrgica», narra José Luis Comellas en su Historia sencilla de la Ciencia. «Al mismo tiempo, en las universidades aparecían facultades de medicina, en donde se enseñaba y se practicaba, hasta el momento de otorgar títulos a los estudiantes capacitados. Destacaron algunas escuelas en particular, como la de Chartes, famosa ya desde el siglo X (…). En el siglo XII se cuenta entre las más notables la escuela de Montpellier, caracterizada por sus éxitos en el campo quirúrgico. (…) La escuela de Salerno fue famosa durante siglos. En ella se exigía una buena preparación, se hacían prácticas y exámenes y no se otorgaba el título hasta haber superado difíciles pruebas. Fue tal vez la primera escuela de medicina en que se admitieron mujeres». Etc.

Cada vez están más desvirtuadas las tesis que pretende identificar al Renacimiento, en el plano científico, con un movimiento eclosivo y anti-medieval. Ellas «han sido sustituidas ahora por la de una lenta evolución a partir de lo medieval, pero que llega a destinos finales muy distintos», afirma el mismo Comellas. Por ejemplo la imprenta de Gutenberg, que muchos señalan como el hito que marca el inicio de los tiempos modernos, tuvo antecedentes en rústicas prensas ideadas por monjes cristianos del S. XI, que las usaron para imprimir la letra capital de su preciosos manuscritos caligráficos. Para resaltar (oh paradojas sarcásticas de una historia que a veces quiere mostrar a la Iglesia como enemiga del «progreso»): Gutenberg murió pobre, protegido -por no decir sustentado- por el ilustrísimo señor Arzobispo de Maguncia…

Avanzando en el tiempo, y ya en los tiempos modernos, recordamos el radical cambio paradigmático que implicó el dominio en el campo astronómico de la visión copernicana, de que la tierra gira sobre su eje y en torno al sol. ¿Quién fue Copérnico? Fue un gran astrónomo… y un canónigo de la Iglesia católica. «Pero una golondrina no hace verano, en medio de un mar de anquilosados en el pasado», diría alguien. No es verdad. Copérnico no era una avecilla solitaria. La primera obra en la que Copérnico comenzó a divulgar sus reflexiones, el Comentariolus, fue escrita bajo el amparo del máximo jerarca de la Iglesia y de la sociedad de entonces, el Papa Clemente VII.

Galileo

Una corta palabra sobre Galileo, que no fue torturado, que no murió en la hoguera a manos de la inquisición, y que por lo demás se consideraba a sí mismo como un buen católico. El inventor del primer tipo de termómetro fue un protegido de San Roberto Bellarmino, cardenal; el cardenal Barberini -futuro papa Urbano VIII- era su admirador. Tras la condena de la Inquisición – motivada no por sus teorías en sí, sino por su obstinación en querer imponerlas sin suficiente demostración – vivió un tiempo en el propio Quirinal, luego se trasladó a la residencia del Arzobispo de Siena, para finalmente morir tranquilo en su villa de Arcetri. Asimismo, cuando el sistema heliocéntrico estaba completamente comprobado, fue revocada la condena a Galileo, en el ya lejano año de 1741.

Y como estas líneas van ya un poco largas, recordemos solo que Nicolás Steno, considerado como el fundador de la paleontología -y por muchos como el de toda la geología- es hoy el Beato Nicolás Steno, que murió siendo obispo misionero, y quien fue canonizado por Juan Pablo II en 1988. Y pensemos también que la genética, que tuvo su desarrollo particularmente desde mediados del S. XX, debe sus principios fundacionales a un religioso agustino, quien durante ocho años experimentó en el huerto de la comunidad con más de 10.000 plantas distintas, obteniendo como fruto de su trabajo lo que después fue conocido como las leyes de Mendel, o leyes fundamentales de la genética. O Monseñor Lemaître, padre de la teoría del Big Bang. Y no hablemos de los innúmeros jesuitas destacados en la astronomía, en las matemáticas, en la física, en la historia. Pero no digamos jesuitas, sino dominicos, franciscanos, etc.

Lo anterior, que no puede de ninguna manera ser exhaustivo, no incluye a los muchísimos seglares católicos que fueron a su vez afamados científicos: Torricelli, el descubridor de la presión atmosférica y mejorador del telescopio y el microscopio, educado por su tío, que era un fraile camaldulense. Louis Pasteur, Marconi, Alessandro Volta, Pascal… No podemos dejar de mencionar aquí ese «sabroso» dicho de Pascal, que relaciona la verdadera ciencia con el Creador: «Un poco de ciencia aleja de Dios, pero mucha ciencia lleva directamente a Él».

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La nuevas tecnologías y sus múltiples beneficios

Regresemos a las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Es claro que no es la primera vez que el Sumo Pontífice a ellas se refiere, resaltando sus enormes posibilidades para el apostolado: «Estas tecnologías son un verdadero don para la humanidad y por ello debemos hacer que sus ventajas se pongan al servicio de todos los seres humanos y de todas las comunidades, sobre todo de los más necesitados y vulnerables», declaraba el Papa en el mensaje a la Jornada de las Comunicaciones Sociales del año pasado.

«De esta nueva cultura de comunicación se derivan muchos beneficios: las familias pueden permanecer en contacto aunque sus miembros estén muy lejos unos de otros; los estudiantes e investigadores tienen acceso más fácil e inmediato a documentos, fuentes y descubrimientos científicos, y pueden así trabajar en equipo desde diversos lugares; además, la naturaleza interactiva de los nuevos medios facilita formas más dinámicas de aprendizaje y de comunicación que contribuyen al progreso social», afirmaba el Papa para esa ocasión.

Un medio para el bien de los individuos y la sociedad

Entretanto, las TICs son un medio, un acabadísimo medio, que debe estar al servicio del hombre, pues también pueden ser usadas para su destrucción. La Iglesia los deberá aprovechar, y entretanto no renunciará a ser la tutela de la moral y de la ética en ellos también:

«Por lo tanto, quienes se ocupan del sector de la producción y difusión de contenidos de los nuevos medios, han de comprometerse a respetar la dignidad y el valor de la persona humana. Si las nuevas tecnologías deben servir para el bien de los individuos y de la sociedad, quienes las usan deben evitar compartir palabras e imágenes degradantes para el ser humano, y excluir por tanto lo que alimenta el odio y la intolerancia, envilece la belleza y la intimidad de la sexualidad humana, o lo que explota a los débiles e indefensos.»

Por Saúl Castiblanco

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