domingo, 23 de junio de 2024
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La Felicidad… puede estar en lo "material"

Bogotá (Lunes, 03-05-2010, Gaudium Press) Que ‘La felicidad no está en lo material’ es algo bastante repetido, particularmente en ambientes donde se predica la doctrina espiritual cristiana, afirmando de esta manera algo muy verdadero, como es que quien pone su corazón en las cosas de este mundo -y no en el cielo, en la eternidad, en Dios-, rápidamente hallará la frustración, y finalmente la desesperación.

Tras décadas de prédicas profanas, explícitas o implícitas, que aseguraban que en el confort material y en una sociedad productora de la mayor cantidad de bienes de consumo el hombre encontraría la felicidad, asistimos hoy al espectáculo de legiones crecientes de hombres que, aún rodeados de riquezas y confort, buscan con ansia un sentido a su vida y una felicidad que «lo material» no les supo dar. En el ‘boom’ de consultas a psicólogos, que está ocurriendo en países como Francia, vemos una confirmación de ello.

Entretanto, creemos que la afirmación ‘La felicidad no está en lo material’ requiere ser matizada y completada, máxime teniendo en vista ciertos aspectos de la psicología de las nuevas generaciones -a las que la Iglesia en su carácter apostólico focaliza cada vez más- quienes en su ejercicio espiritual privilegian lo concreto, lo sensible, lo material, y que tienen un cierto horror a la mera abstracción. Y para ello comenzaremos recordando los versículos 19 y 20 del primer capítulo de la Carta de San Pablo a los Romanos.

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By Talba

«Pues lo que de Dios se puede conocer, está en ellos [en medio de los hombres] manifiesto: Dios se lo manifestó. Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad», nos dice el Apóstol de las Gentes. Esta posibilidad de «ver» a Dios en la creación de la que aquí nos habla San Pablo, no es una mera contingencia en la mente del Apóstol, sino que es un necesario camino que no seguido, condujo a los pueblos paganos a la corrupción. A los gritos, el Universo habla de Dios; entretanto el hombre puede hacer oídos sordos a esa voz, con nefastas consecuencias: «Habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, antes bien se ofuscaron en sus razonamientos y su insensato corazón se entenebreció (…) por eso Dios los entregó a las apetencias de su corazón hasta una impureza tal que deshonraron entre sí sus cuerpos (…) y como no tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento de Dios, entrególos Dios a su mente insensata, para que hicieran lo que no conviene» (Rm 1, 21-28). Estamos hablando, pues, de una cosa de la mayor importancia y trascendencia, válida para los hombres de todas las épocas.

Dios, pues, se manifiesta en lo «material». Podemos conocer a Dios en lo «material», y por tanto, tras el conocimiento, podemos -y debemos- amar a Dios en lo material. No es amar la materia, es conocer y amar a Dios en la «materia». Es como que un acto de cortesía con Dios, que así se quiere comunicar con el hombre. Y de acuerdo al apóstol, insistimos, no es solamente una posibilidad, cuanto una necesidad.

Afirma Plinio Côrrea de Oliveira -siguiendo en ello a Santo Tomás- que Dios quiso de sus perfecciones se reflejasen en el universo considerado en su conjunto. Y Dios dispuso que su infinita belleza, su infinita santidad, todas sus infinitas perfecciones de algún modo pudiesen ser conocidas a través de ese espejo que viene a ser toda la creación, en su riqueza y complejidad como Él la construyó. En la mente del pensador católico, los hombres con relación al Universo deberían hacer como el hijo de un gran y polifacético artista que no conoció a su padre de forma física, pero cuya familia conserva con sumo aprecio sus obras. Ese deseo natural de recomponer en su espíritu la figura del padre, llevaría a este niño a sumergirse en la contemplación de las pinturas, las esculturas, las poesías y las prosas de su progenitor, y en esa contemplación admirada lo iría descubriendo con cada vez mayor delectación.

La mera filosofía

Por lo demás no es necesario recurrir a la teología para saber que Dios se refleja espléndidamente en sus criaturas. Eso ya nos lo dice la recta filosofía: «El tomismo no parece admitir dudas con respecto a este orden: las esencias creadas devienen de la esencia divina por la intermediación de las Ideas divinas, y de esta manera, esa derivación sigue formalmente la relación de ejemplaridad», afirma el reconocido filósofo Cornelio Fabro en ‘Participación y Causalidad según Tomás de Aquino’.

Y en otro aparte de su magnífica obra, dice Fabro que «el ‘acto de ser’ propio del ser concreto es finito, tanto como la esencia de la cual es su acto. Pero la referencia, o la resolución teórica que conduce a la determinación de la composición general -de esencia y ‘esse’ del ser finito como tal, conduce directamente al ‘esse ipsum’ [Dios] como acto». En palabras legas, lo finito es una participación de lo infinito. El ser de la criatura participa del Ser absoluto, del Ser Divino, y en esa participación lo refleja.

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By Stuck

Sabemos por psicología que el apetito del hombre solo se saciará cuando posea un ‘objeto’ que lo satisfaga por entero, de una manera total, completa, eterna, por tanto sin límites de tiempo y espacio, sin ninguna sombra. No es sino que cada uno haga una sencilla introspección para constatar que así es. Ese ‘objeto’ que le dará la felicidad que tanto ansía, solo puede ser Dios, pues solo Él reúne esas condiciones. A él lo hallará la voluntad en la gloria celestial. Pero ya aquí en esta tierra, Dios se manifiesta en sus criaturas, y si sabemos buscarlo, si insistimos en allí encontrarlo a Él y solo a Él, Él nos va regalando un ante-gusto de la felicidad celestial, ante-gusto que es un precioso aliciente para seguir en pos de Él y luchar con valor las luchas de esta vida.

Por tanto, y más importante que el mero placer sensible, «material» que las criaturas pueden dar, está el deleite «espiritual» del que podemos disfrutar si, por ejemplo, contemplando un pulcro atardecer, vamos descubriendo la armonía de Dios, la serenidad de Dios, la belleza de Dios, o la seriedad de Dios, o la profundidad de Dios, o la levedad de Dios, etc .
En ese camino, podremos decir que en «lo material» habremos hallado una buena dosis de felicidad.

Por Saúl Castiblanco

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