sábado, 03 de diciembre de 2022
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"¿Qué es el hombre, y para qué sirve?" (Eclo 18, 8)

Redacción (Lunes, 29-11-2020, Gaudium Press) ¿Qué es el ser humano? Esta es una pregunta que ocupa el pensamiento de los filósofos de todos los tiempos. Ella siempre importó, pues toca directamente en nosotros, nuestro origen, nuestro destino, en suma: nuestro ser y su complejidad, cuestión desde siempre particularmente difícil. Sócrates pretendía conocer al hombre a partir de sí mismo, Platón y Aristóteles arriesgaron algunas definiciones, de cierta forma incompletas. Diógenes lo buscaba irónicamente, con lamparita en la mano, aún a la luz del día, mostrándose ávido de un encuentro que lo iluminase verdaderamente. [1] El libro del Eclesiástico nos transmite esta pregunta, que circulaba aún entre el pueblo elegido: «¿Qué es el hombre, y para qué sirve?» (Eclo 18, 8).

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Santo Tomás de Aquino – Iglesia Nuestra Señora del

Rosario, Caieiras, Brasil  Foto: Luis M. Varela

A pesar de que la Antropología Filosófica se afirmó apenas al inicio del siglo pasado, numerosos fueron los aportes que los pensadores cristianos propusieron en la línea de esta disciplina, desde la Patrística hasta nuestros días, partiendo la mayor parte de las veces de la Revelación. El lenguaje filosófico, como herramienta para sus doctrinas, nunca estuvo excluido. San Agustín y Santo Tomás de Aquino lo hicieron de modo muy especial. Más tarde, otros filósofos como Descartes, Kant y Heiddegger se esforzarían por dar una visión que acabó por marcar, de cierta forma, la post-modernidad.

Entretanto, en nuestros días, el asunto continúa abierto. Talvez por la insaciabilidad humana, sumada a la presente crisis metafísica, cuanto más él piensa haber encontrado una respuesta, más ésta le parece llevar a contradicciones, nuevas preguntas, y a perderse en un enmarañado de suposiciones. Conforme la Constitución Apostólica Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II, «la naturaleza espiritual de la persona humana encuentra y debe encontrar su perfección en la Sabiduría, que suavemente atrae el espíritu del hombre a la búsqueda y al amor de la verdad y del bien, y gracias a la cual él es llevado por medio de las cosas visibles hasta las invisibles» (n. 15).

Atenta y maternal, la Iglesia continúa apuntando a lo absoluto de lo cual dimana lo relativo, a un Creador y un fin último, a lo invisible que se hizo visible, a una felicidad posible, no plena, sino de peregrinos en camino de una «patria mejor, esto es, la patria celestial» (Hb 11, 16). Nos enseña, en fin, que hay una Razón por detrás de todo, al contrario de la irrisión y el acaso. [2]

Para caracterizar al hombre con precisión, Mondin sugiere un análisis de la propia vida humana, a fin de llegar con autenticidad a una comprensión de su ser, pues una característica del homo vivens es «una vida consciente de sí misma». Entretanto, «su verdadero significado puede ser comprendido solo descubriendo la finalidad para la cual es orientada», por tanto, la «finalidad última de la vida humana».[3] Así, Santo Tomás de Aquino pensó en el hombre, en este contexto, talvez como ningún otro. En la Suma Teológica, no solo sitúa al hombre en el vasto conjunto del Universo, como también trata de la relación de Dios con la creación: con los Ángeles como criaturas puramente espirituales; con el Mundo, criatura puramente corporal y, finalmente, con el hombre, al mismo tiempo espiritual y corporal, criatura singular que reúne en sí la totalidad del universo.[4]

¿Por qué abordar este tema desde el punto de vista del Aquino? ¿No habría en otras culturas y, sobretodo, en nuestro tiempo, autores de mayor discernimiento y precisión al pensar en el hombre insertado en el mundo en que vivimos? ¿Al final, no habrá el hombre evolucionado? ¿Será válida una consideración con más de 500 años? Pablo VI, dirigiéndose al P. Aniceto Fernández -Maestro General de la Orden de los Dominicanos, en 1964- parece respondernos a estas preguntas:

En los trabajos de Santo Tomás de Aquino pueden ser encontrados un compendio de las verdades universales y fundamentales, expresadas de forma más clara y persuasiva. Por esta razón, su enseñanza constituye un tesoro de inestimable valor, no solo para la Orden Religiosa en la cual él es un gran luminar, sino para toda la Iglesia, y para todas las mentes sedientas de verdad.

No es sin razón que él ha sido apodado como «el hombre de todos los tiempos». Su conocimiento filosófico, el cual refleja las esencias de las cosas realmente existentes en su cierta e inmutable verdad, ni es medieval, ni propio a alguna nación particular; transciende el tiempo y el espacio, y no es menos válido para toda la humanidad en nuestro tiempo.[5]

Por El Diác. José Victorino de Andrade, EP

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[1] Cfr. REALE, Giovanni. História da Filosofia Antiga. 4. ed. São Paulo: Loyola, 2006. Vol. III. p. 24.

[2] Cfr. Joseph Ratzinger – Wer ist das eigentlich – Gott?, hgrs. Von H.J. Schulz, München 1969, S.240f. Joseph Ratzinger – Dogma und Verkündigung, 4. Aufl. Donauwörth, S. 152-156. Joseph Ratzinger – Fé Verdade Tolerância: O Cristianismo e as grandes religiões do Mundo. São Paulo: Instituto Brasileiro de Filosofia e Ciência Raimundo Lúlio, 2009. p. 164-166.

[3] Cfr. MONDIN. Battista. O homem. Quem é ele?: Elementos de Antropologia Filosófica. 13. ed. São Paulo: Paulus, 2008. As citações presentes no texto estão nas páginas 60 e 61.

[4] Cf. TORREL, Jean-Pierre. Santo Tomás de Aquino: Mestre Espiritual. 2. ed. São Paulo: Loyola, 2008. p. 304-305.

[5] Indeed, in the works of Saint Thomas can be found a compendium of the universal and fundamental truths, expressed in the clearest and most persuasive form. Por this reason, his teaching constitutes a treasure of inestimable value, not only for the Religious Order of which he is the greatest luminary, but for the entire Church, and for all minds thirsting for truth. Not without reason has he been hailed as «the man of every hour». His philosophical knowledge, which reflects the essences of really existing things in their certain and unchanging truth, is neither medieval nor proper to any particular nation; it transcends time and space, and is no less valid for all humanity in our day. PAULO VI. Feast of Saint Thomas Aquinas, March 7, 1964. AAS 56 [1964] p. 303-304

 

 

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