miércoles, 30 de noviembre de 2022
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"Minados por el pecado, la cobardía o la mediocridad, los cristianos podemos estar sin fuerzas para generar esperanza": Cardenal Rivera

Ciudad de México (Lunes, 29-11-2010, Gaudium Press) Sobre la interpretación para los días que corren, del evangelio del domingo pasado sobre la necesidad de estar atentos a la llegada del Señor, pues «ustedes no saben qué día vendrá» (Mt 24, 42), habló el Cardenal Norberto Rivera Carrera en su homilía en la catedral primada de México.

Reproducimos a continuación una parte de ella. El subtítulo es nuestro.

La voz de alarma que nos da Jesús sí tiene mucho que ver con un estilo de vida del que vive cada instante como un don, consciente del por qué Dios lo puso en esta familia, en esta sociedad, en esta Iglesia. Tiene mucho que ver con enterarse de lo que está sucediendo y saberlo discernir, para no dejarse embaucar por los falsos profetas, ni vivir enajenado por los placeres o por las preocupaciones de este mundo.

Las palabras de Jesús son todo un programa de vida, un reto, una tarea, un llamado a la esperanza, una invitación al Adviento. Minados por el pecado, la cobardía o la mediocridad, los cristianos podemos estar sin fuerzas para generar esperanza, defraudando nuestra propia identidad y misión, porque es precisamente la esperanza arraigada en Cristo lo que caracteriza al cristiano en su manera de enfrentar la vida. Si pierde esta esperanza lo pierde todo. Ya no es cristiano.

Esta esperanza no se basa en cálculos; no es el optimismo que puede nacer de unas perspectivas halagüeñas sobre el porvenir; tampoco se trata de un olvido ingenuo de los problemas. La esperanza cristiana es el estilo de vida de quienes se enfrentan a la realidad enraizados y edificados en Cristo; la esperanza cristiana se alimenta de la certeza de que Cristo ya ha venido en nuestra carne; pone su seguridad en los cielos nuevos y en la tierra nueva que llegarán con la venida definitiva del Señor. Este es el espacio propio del Adviento: celebrar la venida de Cristo que ya se realizó hace dos mil años y vivir la espera de la Segunda venida, para que Cristo llegue cada día a nuestra vida.

No caer en la frivolidad de quien perdió la esperanza

Si perdemos la esperanza, si no estamos vigilantes y en vela, fácilmente caeremos en la frivolidad, en la ligereza en el planteamiento de los problemas más serios de la vida, en la superficialidad que todo lo invade y por consecuencia en incoherencias continuas. Porque descuidamos la educación ética y los fundamentos de la moral, y luego nos rasgamos las vestiduras por la corrupción en la vida pública. Invitamos a la ganancia del dinero fácil, y luego nos lamentamos de que se produzcan fraudes y negocios sucios. Educamos a nuestros niños y jóvenes en la búsqueda egoísta de su propio placer e interés y después nos sorprendemos de que se desentiendan de sus padres enfermos o ancianos. Trivializamos las relaciones extramatrimoniales y al mismo tiempo nos irritamos por los sufrimientos que causan las rupturas matrimoniales. Nos alarmamos ante la plaga moderna de la depresión, pero seguimos fomentando un estilo de vida agitado, superficial y vacío. De todas estas incoherencias y de la frivolidad que nos invade sólo es posible liberarnos si atendemos el grito de San Pablo: «despierten… desechen las obras de las tinieblas y revístanse con las armas de la luz». Reaccionemos con vigor y aprendamos a vivir de manera más lúcida. «Vigilemos, velemos y estemos preparados». Nunca es tarde para escuchar el llamado de Jesús.

 

 

 

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