domingo, 29 de enero de 2023
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La prueba de la existencia de Dios por las cinco vías de Santo Tomás de Aquino – II Parte

Redacción (Viernes, 01-04-2011, Gaudium Press)

Tercera vía: prueba por el ser necesario

La tercera vía también hace un camino semejante al de las anteriores. Entrando más íntimamente en la esencia de los seres del universo, busca el punto de partida en la entidad de estos seres contingentes, o sea, dependiente de otro ser necesario para existir.

El contingente [7] es cualquier ser que existe, pero podría no existir, por no tener en sí mismo, en su esencia, la razón de su existencia. Por ejemplo, un niño para desarrollarse y sobrevivir necesita de minerales, vitaminas, nutrientes, etc., encontrados en la leche materna. El niño es contingente al regazo de la madre.

Ahora, la idea de contingente está en oposición a la de necesario. El necesario es, pues, el ser existente que de algún modo puede no existir, porque tiene en sí la razón absoluta de su existencia. Conteniendo en su propia esencia su existencia, sería absurdo no existir. Expuestos los conceptos de contingente y necesario se llega a una conclusión obvia que la existencia de lo contingente está justificada en el ser necesario que la comunica.

Con efecto, todo lo que puede ser o no ser, es mutable. Ya que el ser necesario tiene que ser inmóvil, como Santo Tomás demostró en la primera vía, no hay en él posibilidad de ser o no ser. De esta forma, todo ser que es, y que es imposible que no sea, es necesariamente. Porque la posibilidad de existencia y de no existencia significa la misma cosa. Además, los seres que poseen la posibilidad de ser o no ser necesitan de otro ser que sea distinto a ellos, que les comunique el ser, por tener aptitud en su naturaleza para tal. Visto que el ser que comunica el existir es anterior al que recibe, es necesario afirmar la existencia de un ser anterior al que posee la privación de ser por sí. En último análisis, nada existe sino por el ser que es la existencia subsistente, nada posee la belleza sino por la belleza subsistente, nada posee el bien sino por la bondad subsistente, nada está en acto sino por el acto puro [8].

Admitir un contingente existente incausado, es admitir un ser que tiene y no tiene en sí la razón suficiente de su existencia: lo que es contradictorio. Luego, la existencia de lo contingente implica forzosamente la existencia de su causa. Esta causa existe necesariamente por sí o recibe de otro su existencia. Ahora, sin un ser que exista por sí mismo, nada existe, pues alguna cosa no puede venir a ser de la nada: de este modo nada existiría. Por consiguiente, no puede una serie ser contingente sin que haya fuera de ella un ser primero no causado, que posea en su esencia su existencia y pueda ser la fuente de la esencia de los seres.

Por tanto, los seres contingentes exigen la existencia de un ser que no haya comenzado a existir; un ser no causado, que exista por sí mismo, que haya existido siempre y que sea necesario a los demás. Este ser necesario encuentra en su propia esencia su existencia que es infinita, caso contrario estaría creando otro ser infinito y necesario, y éste, otro y así sucesivamente. Ahora, la serie de contingencia sigue al infinito. Así, los seres creados tienen por un lado la esencia y, por otro, tanta existencia cuanto su esencia pueda permitir, o sea, tienen una limitación propia a su esencia [9]. De esta forma, es necesario afirmar la existencia de un ser necesario por sí mismo y que es la causa y la necesidad de todos los otros: DIOS.

Cuarta vía: prueba por los grados de perfección de los seres

Esta vía no evidenciará el cambio, la actividad, la generación o corrupción, sino la limitación con que ciertas perfecciones existen en los varios seres. En otras palabras, los grados de bien que residen en las criaturas.

Vemos en los seres que unos son más o menos buenos, verdaderos y nobles que los otros. Así, nadie duda que el hombre sea más perfecto que el animal; el animal más que el vegetal; y éste más que el mineral. Lo mismo se debe decir de la bondad, la verdad, la nobleza y de las otras perfecciones semejantes, las cuales se encuentran en todos los seres según una diversidad de grados, en virtud de la cual algunos seres son más perfectos que otros.

Santo Tomás de Aquino observa que «se encuentra en las cosas algo más o menos bueno, más o menos verdadero, más o menos noble, etc. Ahora, más y menos se dicen de cosas diversas conforme ellas se aproximan diferentemente a aquello que es en sí lo máximo». [10]

En otras palabras, «más o menos» no dice respecto a las cosas en sí, pero sí, entretanto en que ellas se aproximan en grados diversos de lo que es en grado máximo. Por ejemplo, algo se torna más frío cuando se aproxima al frío en grado máximo. De esta forma hay algo que es en grado supremo el bien, la verdad, la nobleza y, a su vez, el grado máximo del ser. Así, lo que es el grado máximo del género es causa y medida de todo ese género: El hielo que es grado máximo de frío, es causa y medida de todo frío.

De la existencia de estas perfecciones limitadas y graduadas se deduce la existencia de un ser perfectísimo. Ser sublime en el cual residen todas las perfecciones en su grado sumo. João Ameal concluye que, «Hay, entonces, un ser soberanamente bello, soberanamente bueno, soberanamente perfecto. Pero aquello que es soberano, supremo en algún género, es causa de todos los seres del mismo género». [11]

Ya San Agustín se refiere a los antiguos filósofos, al haber visto que en todas las cosas mutables el modo por el cual un ser es lo que es solo le vendrá del ser verdadero e inmutable por esencia:

«Comprenderán, además, que en todo ser que cambia, toda forma que lo hace ser lo que es, cualquiera sea su naturaleza y sus modos, no puede ella misma existir sino por Aquel que es verdaderamente porque es inmutablemente. Es de ahí que, ya sea el cuerpo del mundo entero, su estructura, sus propiedades, su movimiento regular, sus movimientos escalonados del cielo a la tierra y todos los cuerpos que él encierra; ya sea toda la vida: la que sustenta y mantiene el ser, como en los árboles; la que, además, posee sensibilidad, como en los animales; la que agrega a todo esto la inteligencia, como en los hombres; o la que, sin necesidad de disposiciones, se mantiene, goza de sentimientos y de inteligencia como en los ángeles, no puede mantener su ser sino por Aquel que simplemente es». [12]

Por esta razón, Santo Tomás al explicar que «si alguien yendo a una casa y desde la puerta fuese sintiendo calor y cada vez que más en ella penetrase más calor sintiese, evidentemente percibiría que había fuego en su interior, aunque no estuviese viendo el fuego. Sucede lo mismo con nosotros al considerar las cosas de este mundo. Todas las cosas están ordenadas conforme diversos grados de belleza y de nobleza, y mientras más están próximas de Dios, tanto mejores y más bellas son. Ahora, los astros son más nobles y más bellos que los cuerpos inferiores; las cosas invisibles, que las visibles». [13]

De este modo la cuarta vía, para encontrar la razón suficiente de las perfecciones existentes en el mundo, nos conduce necesariamente a la existencia real de un Ser perfecto, único y simple, el cual es evidentemente distinto de los seres del universo: DIOS.

Quinta vía: prueba por el orden del universo

Si consideramos el orden existente en el universo, desde los componentes microscópicos existentes en una planta hasta los gigantescos astros del firmamento; la armonía, la actividad y relación entre ellos, fácilmente llegamos a la siguiente conclusión: hubo una Inteligencia que creó y ordenó todo esto, caso contrario sería absurdo decir que esto es fruto del acaso.

«De hecho, solo la inteligencia puede ser razón del orden, quiere decir, de la organización de los medios en vista de un fin, o de los elementos en vista del todo que ellos componen: los cuerpos ignoran los fines y, por consiguiente, si los cuerpos o los elementos conspiran en conjunto, es necesario que su organización haya sido obra de una inteligencia». [14]

Los seres que carecen de conocimiento no pueden velar a sus respectivos fines sin que haya un ser que conozca tales fines. Así, una flecha no puede alcanzar el blanco sin el arquero que la dispare. Garrigou-Lagrange explica que:

«los seres privados de razón no tienden a un fin si no son guiados por una inteligencia, como la flecha por el arquero. Con efecto, una cosa no puede estar ordenada a la otra sino por una causa ordenadora, que necesariamente debe ser inteligente, ‘sapientis est ordinare’. ¿Por qué? Porque solo la inteligencia conoce la razón de ser de las cosas». [15]

Esto puesto, ¿qué la inteligencia ordena el universo? Obviamente hay que ser diferente de los seres de la naturaleza, porque los minerales y vegetales son desprovistos de la ciencia de las cosas y los animales no poseen intelecto. Debe ser también diferente de la inteligencia humana, que a pesar de percibir y explicar el orden que existe, no la crea. Tiene que ser, pues, la suma inteligencia, dado que el orden del universo supone un ser que posea la ciencia de todos los seres y sus propiedades. Por eso concluye Garrigou-Lagrange:

«Los animales conocen sensiblemente el objeto que constituye su fin, pero en este objeto no perciben la razón formal del fin. Por consiguiente, si no hubiese una inteligencia ordenadora, que gobernase el mundo, el orden y la inteligibilidad, que hay en el universo y que las ciencias descubren, provendría de la inteligibilidad, y aún más, nuestras propias inteligencias provendrían de una causa ciega e ininteligible; una vez más, lo más saldría de lo menos, lo que es absurdo». [16]

Es indispensable afirmar que la Inteligencia Creadora y Ordenadora del universo es Infinita y Divina. Un ser natural, en su creación no es precedido por nada y sus propiedades y capacidades provienen de su propia esencia. De ahí el orden interno de cada ser y, por consecuencia, de las relaciones de estas esencias entre sí, resulta el orden externo del universo.

Siendo la causa total de todo orden, el Autor de estas esencias debe ser también Creador, por quitarlas de la nada. Por tanto la Inteligencia ordenadora es también Creadora. Además, esta inteligencia no puede haber sido creada, porque sería como cualquier otro ser existente y no ordenaría, sino sería ordenada por otra inteligencia. Por último, la Inteligencia ordenadora debe ser también por sí subsistente e infinita. A este ser Creador, Subsistente por sí e Infinito, llamamos: DIOS.

Por Luiz Carlos da Silva Júnior

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[7] La noción de contingente recibe un significado más restringido y es tomado como sinónimo de corruptible, que posee en su esencia una materia con potencia para recibir diferentes formas substanciales, de la misma forma que tiene la posibilidad natural de existir.

[8] Cf. S. Th. I, q.2, a. 3.

[9] SANTO TOMÁS, O ente e a essência, n. 65.

[10] S. Th., q. 2, a. 3.

[11] AMEAL, João. São Tomás de Aquino. Sem data, 269-270.

[12] Santo Agostinho. A cidade de Deus. Trad. J. Dias Pereira. 3ª edição. Coimbra: Fundação Colouste Gulbenkian, 2006. Civitas Dei, 8, 6.

[13] SANTO TOMÁS, Exposição sobre o credo, p.27.

[14] JOLIVET, Régis. Curso de filosofia. Trad. Eduardo Prado de Mendonça. 3ª edição. Rio de Janeiro: Agir, 1957, p.319.

[15] Dios la existência de Dios. Trad. José San Román Villasante. 2ª edição. Madrid: Palabra, 1980, p. 303-304

[16] Dios – la existência de Dios. Trad. José San Román Villasante. 2ª edição. Madrid: Palabra, 1980, p. 304.

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