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Clave del Misterio de Cristo

Redacción (Viernes, 29-07-2011, Gaudium Press) Después de la Trinidad, la Encarnación del Logos constituye uno de los principales misterios de la fe cristiana. Misterio insondable, hermético, inaccesible a la pequeñez del conocimiento humano.

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Foto: P. Timothy Ring

Es tal la distancia entre los hombres y la divinidad que no es posible a la criatura el total conocimiento del Misterio de Cristo. La misericordia infinita de Dios, entretanto, no quiso dejar sin respuesta el cuestionamiento antropológico del Misterio del Verbo Encarnado.

La carta a los Efesios afirma: «Fue por medio de una revelación como se me dio a conocer este misterio, tal como acabo de exponérselo en pocas palabras. Al leerlas, se darán cuenta de la comprensión que tengo del misterio de Cristo, que no fue manifestado a las generaciones pasadas, pero que ahora ha sido revelado por medio del Espíritu a sus santos apóstoles y profetas.(…) A través de la Revelación, por tanto, el Misterio de Cristo es anunciado a los hombres que, de otra manera no tendrían como conocerlo».(Efe 3, 1,5-7)

El Misterio de Cristo puede ser analizado bajo tres dimensiones: teológica, histórica y antropológica.

Es preciso tener conciencia clara de que Cristo no es un personaje mítico ni la personificación de ideales éticos o religiosos, sino un hombre real y concreto, Cristo se ha encarnado y ha nacido de la Virgen María. Jesús es Dios verdadero y hombre verdadero. El ha asumido, en plenitud, la condición del hombre y su destino, poniendo de manifiesto que la existencia humana no es resultado del azar, sino responde a un destino personal en Dios.

La enseñanza de Jesús es el elemento esencial que constituye su persona y su obra, constituyendo la respuesta a las aspiraciones más profundas del alma humana, mostrando el verdadero orden de las realidades y del sentido de la vida.

Como el Nuevo Adán, su vida se extiende de un modo armónico a lo largo del tiempo – a través de su perfección moral resplandece su llamado a «ser perfectos como lo es mi Padre que está en los Cielos». Cristo es la verdadera sabiduría que buscaban los paganos y el signo esperado por los judíos que anhelaban al Mesías, así, se puede afirmar que Cristo es el centro, sentido, meta y fin de la Historia. Dios ha salido al encuentro del mismo hombre para ofrecerle su salvación. La Constitución Gaudium et Spes, sabiamente afirma:

«(22) Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor, Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. Nada extraño, pues, que todas las verdades hasta aquí expuestas encuentren en Cristo su fuente y su corona».

Siendo el Misterio de Cristo, el misterio de nuestra salvación por excelencia, la Encarnación de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad fue el paso principal, la aurora que dio inicio al «día» del conocimiento y de la aplicación de este misterio a la humanidad. Bajo esta perspectiva, se puede comprender claramente como la anunciación a María, su aceptación, la concepción y el nacimiento de Cristo, generado en su seno virginal, tienen un papel determinante en el Misterio de Cristo.

El Siervo de Dios, SS. el Papa Juan Pablo II, en su memorable Encíclica Redemptoris Mater, afirmaba:

«El plan divino de la salvación, que nos ha sido revelado plenamente con la venida de Cristo, es eterno. Abarca a todos los hombres, pero reserva un lugar particular a la «mujer» que es la Madre de Aquel, al cual el Padre ha confiado la obra de la salvación.

Como escribe el Concilio Vaticano II, «ella misma es insinuada proféticamente en la promesa dada a nuestros primeros padres caídos en pecado», según el libro del Génesis (cf. 3, 15). «Así también, ella es la Virgen que concebirá y dará a luz un Hijo cuyo nombre será Emmanuel», según las palabras de Isaías (cf. 7, 14). De este modo el Antiguo Testamento prepara aquella «plenitud de los tiempos», en que Dios «envió a su Hijo, nacido de mujer, … para que recibiéramos la filiación adoptiva».

Sin embargo, María juega un papel históricamente mediador entre el Dios Santo y el hombre pecador. Esta es la razón de que, desde el siglo VIII, los predicadores bizantinos le dieran el título de mediadora. Mediadora por parte de la tierra, decían, como el arcángel Gabriel lo era por parte del cielo, en la embajada de la anunciación: Gabriel transmitía la invitación de Dios y María respondía sola en nombre de toda la humanidad.

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Foto: Luis M. Varela

El consentimiento de María sella una nueva alianza de Dios con los hombres: una alianza irreversible, ya que Dios, en persona, se compromete en la aventura humana, y su solidaridad plena se enraíza en su Madre. Con su «fiat» María es introducida definitivamente en el misterio de Cristo. Dios podría, en su omnipotencia actuar de forma impositiva y determinar la Encarnación del Verbo sin consultar a María, una vez que la criatura, en cuanto obra y ser contingente está infinitamente abajo del poder del Creador. Entretanto, se así fuera, María seria un mero instrumento, como el pincel en manos de un pintor, o como alguien que, bajo presión física o moral, o aún bajo promesa de pagamento, hiciese una buena acción. ]

En el caso de la Anunciación, Dios quiso, entretanto, la aceptación de María. Dios quiso establecer una alianza con la humanidad y la clave de esta alianza era María. Por eso, Dios le propone y pide su consentimiento. Hasta el momento del «fiat mihi» todo podría volver atrás, pero, con el consentimiento amoroso y total de María, estaba sellada la alianza que no tenia vuelta atrás.

La venida del Hijo de Dios entre los hombres es la realización y cumplimento de todas las alianzas anteriores. Cristo le dará después el cumplimento total al instituir la Eucaristía, en la que nos da «la sangre de la Nueva Alianza», signo perpetuo del sacrificio que realizará poco después. Pero, la clave de este misterio salvador, la alianza nueva entre Dios y los hombres pasa por María, nace en María, brota, como flor bendita de su corazón sapiencial y inmaculado al responder a Dios, representado por su embajador angélico: «Ecce Ancilla Domini. Fiat mihi secundum Verbum tuum».

Por Alexandre José Rocha de Hollanda Cavalcanti

 

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