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¿Cómo es el amor de Dios? II Parte

Redacción (Martes, 02-08-2011, Gaudium Press)

¿Dios ama más a unos que a otros? [7]

Debido a la mentalidad moderna, esta pregunta puede herir a los defensores del igualitarismo completo, que quiere restringir a esta ley utópica incluso hasta el amor del Creador, diciendo que su amor es idéntico a todos los hombres fundamentalmente iguales.

Es verdad que como acto propio de Su voluntad, Dios ama todas las cosas igualmente, pues una sola es su voluntad, por la cual ama como con el mismo ‘instrumento’ a todos los hombres.

Creación.jpgDios puede amar, sin embargo, más intensamente queriendo un bien mayor a uno que a otro. Como la voluntad y el amor de Dios son la causa de la bondad en las criaturas, Dios ama ciertas cosas más que otras, pues algunas son más perfectas que otras. Cuanto más excelente es una criatura más fue amada por Dios [8], por eso, «los mejores son más amados por Dios» [9].

Así, una planta fue más amada que una piedra, pues posee vida. Un hombre más que el animal, porque posee inteligencia. Un hombre puede haber sido más amado por Dios que otro, por esta razón algunos poseen más fuerza, inteligencia, belleza o dotes naturales que otros.

Además, cuanto más el hombre posee la gracia y dones sobrenaturales más es amado por Dios, pues, «el bien sobrenatural de un solo individuo está encima del bien natural de todo el universo» [10]. Por esta razón, caso fuese posible reunir la gracia como una gotita de agua, esta valdría más que todo el oro del mundo, más que todos los astros y seres visibles. Es la misma razón, que hace concluir que un santo es la criatura de Dios más amada del Universo.

Un alma santa posee la gracia de Dios y responde con amor y adoración a la benevolencia divina. Por esto, Dios manifiesta su poder para el bien de los hombres a través de almas bienaventuradas que se entregaron enteramente al amor del Creador. La criatura más amada por Dios fue María, la Virgen llena de gracia, «hija bien amada del Padre Eterno».

El amor de Dios a los pecadores

Ni siquiera el pecado es un límite para este amor. Se diría que Judas al traicionar al divino Maestro, cometiendo el mayor crimen de la Historia al cambiar por treinta monedas la vida de Jesús, había perdido cualquier capacidad de ser objeto del amor divino.

Entretanto, como nos lo recuerda San Bernardo, si Judas después de su crimen horrendo hubiese implorado el amor de Dios, habría sido perdonado. Si él hubiese recurrido a Nuestra Señora, sería hoy venerado entre los Apóstoles de la Iglesia. De hecho, ni el deicidio es un límite para el amor divino. Este amor de Dios quiere nuestro bien, quiere santificarnos. Dios ama al hombre, aunque haya caído «bajo la esclavitud del pecado» porque este amor omnipotente puede sobreponerse hasta a las peores infidelidades.

Leemos en la Biblia que Dios manifestó por los profetas un gran amor al «pueblo elegido». El amor de Dios es eterno, pues «los montes pueden cambiar de lugar y las colinas pueden sacudirse, pero mi amor no cambiará» (Is 54,8-10; Jr 31,3). El amor de Dios es comparado al amor de un esposo por su bien amada. Este amor es más fuerte que el amor de un padre, o incluso de una madre, por sus hijos; pues así como el padre del hijo pródigo lo perdonó, cuando el pueblo de Israel se alejaba de este amor, Dios los perdonaba en sus infidelidades y los galardonaba de bienes [11].

La cumbre de la manifestación del amor de Dios

Este Amor por la humanidad – aunque pecadora – culmina en la Encarnación de Jesús, pues «Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único» (Jn 3,16).

El Divino Maestro manifestó este amor de Dios en diversas parábolas como la de la moneda perdida, el banquete a los lisiados, el samaritano, el publicano, y sobre todo en la parábola del hijo pródigo y de la oveja perdida. Jesús es el pastor que se alegra más con el encuentro de una oveja perdida, es como el padre que encuentra a su hijo perdido.

Por esta razón, el pecador jamás debe perder la confianza en este amor infinito del Creador demostrado por la pasión y muerte de Jesús en la Cruz [12]. Jesús sería capaz de entregarse por un solo hombre a todos los suplicios del Calvario. Como una vez Jacob sacrificó a su único y amado hijo Isaac, Dios Padre entregó a Cristo en rescate de todos los hombres.

De tal manera Dios es amor, que la relación que existe entre las personas de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo es sobre todo de amor. Amor eterno sin comienzo, ni fin. Enseña el Catecismo que «al enviar, en la plenitud de los tiempos, a su Hijo único y al Espíritu de Amor, Dios revela su secreto más íntimo: Él mismo es eternamente intercambio de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y nos destinó a participar de esta convivencia» [13]. A través de la gracia de Dios somos capaces de amarlo como Él mismo se ama. Dios como que nos presta su propia capacidad de amar.

El amor de Dios en nuestra vida

Es este amor el que mueve al cristiano a practicar los mandamientos de Dios y a soportar todos los sufrimientos de la vida presente. Es la firme convicción de este amor de Dios por cada hombre, aunque pecador, el que nos hace querer conocer los misterios insondables de la Fe y ser firmes en los propósitos de santidad.

Por esta razón, los santos son la más perfecta imagen del amor divino, pues corresponden a este amor. Almas ardientes de caridad divina reflejan este amor en la benevolencia para con el prójimo. Como los mártires, son capaces de entregar sus vidas y abandonar todas las cosas terrenales por causa de este amor.A este amor todos los cristianos son llamados, pues la santidad es un camino universal, para todos los hombres, para usted, que lee este artículo.

Garrigou-Lagrange enseña que «el amor de Dios para con nosotros es, pues, un amor de benevolencia y amistad, amistad tanto más generosa cuanto más pobres nosotros seamos» [14]. Qué confianza el cristiano debe tener en este amor Divino, especialmente en las amarguras y dificultades de la vida presente.

Por Marcos Eduardo Melo dos Santos

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[7] Super Ioannes. Tract 110: ML 35,1924.

[8] S. Th. 1,20,3.

[9] S. Th. 1,20,4.

[10] S. Th. 1-2, 113,9 ad 2.

[11] CCE, 218

[12] II Concílio Vaticano, Const. past. Gaudium et spes, 2: AAS 58 (1966) 1026.

[13] Catecismo da Igreja Católica, 221.

[14] GARRIGOU-LAGRANGE, R. Dios. La naturaleza de Dios. Tradução José San Román Villassante. 2 ed. Madrid: Palabra, 1980. p. 90.

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