sábado, 26 de noviembre de 2022
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Lo bello "es la señal del reencuentro consciente de una parte realizada de la deseada perfección"

Redacción (Jueves, 29-09-2011, Gaudium Press) Reproducimos a continuación un texto del reconocido estudio La Estética de la Edad Media, de Edgar de Bruyne, que establece un interesante paralelo entre la belleza mora y la belleza física:

Carcassone.jpgPodemos admitir dos especies de belleza. Cuando nosotros vemos a alguien emprender un acto heroico, espontáneamente decimos que eso es bonito: la belleza, en este caso, es moral, espiritual, puramente inteligible. Si prestamos atención a una forma sensible y que consideramos agradable a la vista, nosotros la decimos bella: se trata, aquí, de la belleza visible. Estas dos formas de belleza son paralelas: es suficiente, para convencernos de esto, analizar la manera cómo nosotros las percibimos.

Si reflexionamos en la estructura del acto moral que denominamos «honrar los parientes», vemos que la intuición de este acto nos es agradable, que ya al comienzo aprobamos esta acción y espontáneamente alabamos a aquel que la cumple; juzgamos tratarse de algo conveniente. La belleza inteligible es, entonces, una forma espiritual que aparece como deleitable a nuestra experiencia íntima, porque por su naturaleza es considerada como anterior a nuestro placer: «natum est per se ipsum placere». 1

Si ahora queremos saber lo que es la belleza visible, consultemos nuevamente las reacciones de nuestra sensibilidad, esta vez en su dependencia de cara a los sentidos externos. Confiémonos a su testimonio, como en el caso de la consciencia moral. 2

¿Qué es la belleza visible? Una forma que nos parece de manera anterior, de derecho y por ella misma, deleitar la visión de aquellos que la observan: «Pulchrum visum dicimus quod natum est per se ipsum placere spectantibus et delectare secundum visum». 3

12155_M_fb9fa48b5.jpgHenos delante de una concepción original de la belleza. No se trata más de definirla por acciones sensibles de armonía, grandeza, color, sino de hacer un apelo a una noción más espiritual: aquello que conviene de derecho. Llevamos en nosotros mismos una aspiración incomprensible al ideal, a la perfección, a aquello que nosotros juzgamos «deber ser». Desde que un dato, sea cual sea -moral o sensible-, aparezca en la consciencia con las cualidades «de aquello que conviene de manera absoluta» y nos sobresalte de emoción, nosotros somos agradablemente sorprendidos, emprendemos la alabanza y juzgamos que «debemos fruir». Al carácter objetivo «quod per se decet», 4 corresponde una reacción subjetiva que se impone de derecho: «Quod natum est per se ipsum placere et delectare». 5

Lo bello nace, por tanto, del encuentro del dato (considerado en su estructura conveniente) con nuestra alma (de acuerdo con su tendencia para un ideal). Desde que el contacto se haga, se produce necesariamente (natum est), a su vez, visión y placer: «Est enim delectatio conjuntio convenientis cum conveniente». 6

No busquemos más lejos. Para definir la belleza moral de un acto como el de «honrar los parientes», basta constatar que la percepción del sentido de un tal acto agrada inmediatamente, de modo natural, por su «conveniencia» a nuestra consciencia íntima, que no es sino el sentido espontáneo de nuestro ímpetu hacia lo conveniente o lo bello. Aún cuando queremos definir la belleza física de un simple color, no es necesario referirnos a otra cosa que no sea la relación de la coloración a la sensibilidad estética de la mirada: «Ab ipso colore non est separabile actu vel ratione hoc ipsum quod est visibile et hoc est quoniam visibilitas essentia ejus est». 7 La esencia del color se identifica con la percepción, pero la propia percepción no se distingue del placer estético: «Nec aliud est delectatio subjecto et essencia quam visio ipsa… necessario (enim apprehensio) delectabilis». 8
Está claro que partiendo de estas bases, Guillaume proyecta a su vez la estética en la moral, y la moral en la estética. Solo tendremos que seguirlo en su comparación de la consciencia del bien y el mal con la de lo bello y lo feo.

7408_M_f7c40f7d.jpgNo habría ventajas en resaltar, en este momento, las influencias aristotélicas que traen su ciceronismo, en particular en su interpretación emotiva de la consciencia. Si el alma, como él la considera, no se distingue de sus facultades, conocer es experimentar sentimientos. Ver lo bello está en disfrutar, porque esto es el acto de amar. 9

En cuanto a las consecuencias de la emoción estética, busquemos recordar lo esencial: la percepción es acompañada del placer o todavía se identifica con él; el placer es seguido de una aprobación, «puchrum laudabile est», 10 y ésta última, de un impulso hacia lo bello, «intuentium animos delectat et ad amorem sui allicit». 11

Todo esto se explica metafísicamente de acuerdo con los principios tradicionales: «Nada es bello, que no agrade a Dios». Si, en consecuencia, nosotros nos deleitamos espontáneamente con lo bello, es porque, en la forma «que conviene por sí misma», descubrimos un reflejo de Dios, que es el Ideal absoluto, esto es, que se impone como absolutamente digno del ser. En nuestra alma «que se reporta a la bella forma», sentimos de manera confusa un impulso enigmático hacia Dios. El sentimiento confuso -pero cuán profundo y deleitable-, de lo bello, sea moral, sea físico, es por tanto la señal del reencuentro consciente de una parte realizada de la deseada perfección, con nuestro movimiento pre-consciente rumbo al ideal infinito.

Guillaume todavía va más lejos: la acción de las criaturas no es sino una expresiva parte de la Actividad divina que les es inmanente. El deseo de lo bello, la alegría de la visión, el ímpetu hacia la belleza, es la Actividad primera que se manifiesta: «Hoc cogit vehementia et velut torrens primi fluxus». 12 Dios nos llena en la forma de un río de bondades, a semejanza de un torrente de suavidades que inunda vehementemente innumerables arroyos y riachos. 13 No es solo la Belleza divina que nosotros fruimos en las bellas formas creadas, sino nuestra propia potencia de fruir es una señal particular de su Acto presente y actuando en nosotros. 14

___________

1 Nació para agradar por si mismo (Et. III, 75).
2 Ib. 75.
3 Decimos que la belleza visible nació por sí misma para agradar a los que la contemplan y deleitar a través de la visión (Ib. 73).
4 Que conviene por si.
5 Que nació para agradar y deleitar por si mismo.
6 El deleite es efectivamente la unión de la conveniencia con lo conveniente (Ib. 77).
7 Del propio color no es separable por el acto o por la razón aquello que es visible debido a que la visibilidad pertenece a su esencia (Ib. 86).
8 Ni es otro deleite sujeto y esencia cuanto a la propia vista… necesariamente (en la verdad percepción) deleitable (Ib. 82).
9 Ib. 80, 81, 72.
10 A belleza es alabable.
11 Contemplando deleita las almas e atrae para su amor (Ib. 72).
12 Por eso aumenta el volumen con vehemencia tal como el torrente del primer flujo (De Trin. XI, 15b-16a).
13 Ib. XI, 16ª et XII, 16b (cf. J. de Finance, Etre et agir, 1945, pp. 216 ss).
14 J. de Finance, Op. cit. p. 217.

 

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