martes, 23 de abril de 2024
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El hombre: ese loco que no reza

Bogotá (Miércoles, 26-10-2011, Gaudium Press) La oración. El hombre no es plenamente consciente de la potencia de ese instrumento al alcance de sus manos; y decimos con seguridad de que no la conoce porque si no la usaría con profusión.

«Por la oración hablamos a Dios y Dios nos habla a nosotros, aspiramos a él y respiramos en él, y él nos inspira y respira sobre nosotros» dice San Francisco de Sales en su Tratado del Amor de Dios. Es por tanto la oración un vivir en Dios. Ahí se entiende el que se hable que la oración, con las debidas condiciones, mueve el corazón de Dios. Y quien tiene la capacidad de mover a Dios, pues se une a su capacidad omnipotente.

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El propio Salvador nos dio ejemplo de oración – Foto: Representación de la oración en el huerto, cementerio en León, Nicaragua

Entretanto, decimos que el problema de los cristianos no es que no tengan un conocimiento -implícito o explícito- del altísimo poder de la oración. Sino que con frecuencia el trajín agitado de la vida diaria, o lo que llamaríamos un «naturalismo vivencial» ocasionado por la impregnación de los criterios del mundo, nos alejan del necesario recurso a hablar con Dios, nos hace olvidar su importancia trascendental.

Las preocupaciones de la cotidianidad, el trabajo, la atención a la familia, las exigencias de la vida social, parecerían servirnos de excusa para quitarle a nuestro tiempo esos minutos necesarios para reunirnos con el Creador.

Pero creemos que el problema de fondo es que el naturalismo del mundo va penetrando de forma imperceptible en nuestras almas y nos va haciendo olvidar que necesitamos recurrir constantemente a Dios, y confiar menos en nuestras fuerzas meramente humanas.

Abierta o veladamente, el mundo nos ‘grita’ que las cosas ocurren meramente por causa de aquellas fuerzas naturales que podemos percibir con nuestros sentidos. Y eso es mentira. Muy por encima de lo que el mero hombre es capaz de hacer, está la acción de Dios y sus santos, por medio de su gracia, y la actividad de los ángeles buenos y malos. Esos son los elementos que primordialmente dirigen la historia, también nuestra historia personal, y a todos ellos se accede o se contrapone por medios de la oración.

¿De cuántas calamidades no nos habremos visto libres porque nuestro ángel de la guarda nos protegió, o porque a ruegos de María La Virgen Cristo intervino en un momento decisivo? ¿Cuántos son los beneficios que hemos recibido, no porque los hayamos obtenido con nuestro esfuerzo o merecido de alguna manera, sino que se nos han dado gratuitamente por manos divinas, porque alguien rezó por nosotros? Muchos, ciertamente. Lo sabremos en el día de nuestro juicio. Entretanto, si bien es cierto que Dios puede auxiliarnos sin que se lo pidamos, él normalmente exige esta imprecación, que además nos une a él. Y hay algo que en definitiva no se consigue sino es con el recurso a la oración: la práctica de la virtud, requisito necesario para alcanzar la vida eterna.

No podemos vivir como debemos vivir sin la gracia obtenida de la oración. No podemos, es necesario repetirlo. «Nuestras meras fuerzas naturales son insuficientes»: Eso es algo que hay que grabar con letras de bronce fundido en el espíritu. Aunque nuestro orgullo y autosuficiencia busquen velar esta verdad, ella siempre será confirmada por el fracaso de una vida que no recurrió a la oración.

Entonces, para contradecir esa voz tenue o fuerte -externa e interna- que repite sin cesar que no requerimos de la oración, debemos encontrar y recordar constantemente las razones para orar, para rezar, sea participando de la oración litúrgica (v. gr. Misa) y realizando la necesaria oración privada.

Y para ello reproduciremos dos textos escogidos de santos, del elenco que presenta el ilustre dominico Fray Antonio Royo Marín en su muy importante obra Teología de la Perfección Cristiana:

3826_M_1a5558cc.jpg– San Buenaventura: Si quieres sufrir con paciencia las adversidades y miserias de esta vida, seas hombre de oración. Si quieres alcanzar virtud y fortaleza para vencer las tentaciones del enemigo, seas hombre de oración. (…) Si quieres vivir alegremente y caminar con suavidad por el camino de la penitencia y del trabajo, seas hombre de oración. (…) Si quieres fortalecer y confirmar tu corazón en el camino de Dios, seas hombre de oración. Finalmente, si quieres desarraigar de tu ánima todos los vicios y plantar en su lugar las virtudes, seas hombre de oración: porque en ella se recibe la unión y gracia del Espíritu Sancto, la cual enseña todas las cosas. Y demás desto, si quieres subir a la alteza de la contemplación y gozar de los dulces abrazos del esposo, ejercítate en la oración, porque éste es el camino por do sube el ánima a la contemplación y gusto de las cosas celestiales.

– San Pedro de Alcántara: En la oración se alimpia el ánima de los pecados, apaciéntase la caridad, certifícase la fe, fortaléscese la esperanza, alégrase el espíritu, derrítense las entrañas, pacifícase el corazón, descúbrese la verdad, véncese la tentación, huye la tristeza, renuévanse los sentidos, repárase la virtud enflaquecida, despídese la tibieza, consúmese el orín de los vicios, y en ella saltan centellas vivas de deseos de cielo, entre las cuales arde la llama del divino amor. Grandes son las excelencias de la oración, grandes son sus privilegios. A ella están abiertos los cielos, a ella, se descubren los secretos, y a ella están siempre atentos los oídos de Dios».

Por Saúl Castiblanco

 

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