miércoles, 17 de julio de 2024
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En Colombia, la Bandera de la Inmaculada

Bogotá (Jueves, 01-12-2011, Gaudium Press) Una hermosísima costumbre colombiana que tristemente se va dejando de practicar, es izar la bandera de la Inmaculada el 8 de diciembre en las casas católicas. Todavía no hace mucho se veía -especialmente en las zonas campesinas- bien erguidas y ostentadas sin temor ni arrogancia, banderas celestes y blancas, algunas adornadas con flores en la punta del asta o moharra.

Inmaculada 13 Rosario 2.JPGNo se sabe bien exactamente a partir de qué fecha se implementó tan valiente actitud, pero ciertamente tuvo que haber sido entre el año de la proclamación del dogma por parte de Pío IX y probablemente los tiempos en que la confesional Constitución de 1886 estaba alcanzado su mayor éxito, intentado volver a unir la federalizada patria hecha girones de dolor y guerras civiles, con lo único que nos quedaba en común a todos los colombianos en ese momento: la religión católica.

Algunos historiadores concuerdan en que la bandera celeste izada en una casa indicaba que allí se reconocía y aceptaba el dogma de María Inmaculada, contra el que tanto despotricaba cierto tipo de prensa republicana áspera y acalorada en medio del debate que suscitó este sublime reconocimiento pontificio, que tanto enalteció la religión católica en estas latitudes.

Eran un espectáculo bellísimo -especialmente en la meseta sobre nuestra cordillera oriental de los andes, ver tremolar al viento infinidad de ellas en humildes casitas campesinas, minifundios del trabajo honrado y sin ambiciones alucinantes proclamando sin vocinglería y arrebatos que se tenía allí a María como la Inmaculada. Algunos autores costumbristas las recuerdan incluso en las viejas casonas de las haciendas. La noche anterior, víspera de ese día maravilloso, se hacia el alumbrado con velitas en balcones y ventanas cantando y rezando el rosario. Casta alegría que el huracán terrible de tanta violencia y resentimientos se llevó pero que todavía son muchos los que esperan verla regresar, y esta vez con más fuerza y majestad.

Era tal la pujanza de esta costumbre que casi todos los almacenes de pueblo las vendían ya listas para enarbolarlas en el asta: una tela blanca y la Inmaculada estampada en celeste claro. El domingo anterior el buen párroco las bendecía después de misa. Razón tuvo el Papa Pío XII en denominar a Colombia como el Jardín Mariano de América cuando se enteró de la cantidad de advocaciones con que veneramos amorosamente a la santa Madre de Dios desde los remotos tiempos en que colonos españoles y mestizos desmataban las montañas y llanuras para hacer sus casas, cultivar la tierra y criar animales domésticos. Se puede imaginar aquellos días y aquellas noches en lejanías y soledades cuando tanta madre católica, inseparable y fiel esposa, a la luz de una vela rezaba el rosario con sus hijos esperando el regreso impredecible del marido que venía a caballo por lóbregos y peligroso caminos. Ella tenía certeza absoluta que el manto azul inmaculado de María lo venía cubriendo con maternal cuidado. Así se hizo esta patria.

Por Antonio Borda

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