viernes, 03 de febrero de 2023
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Visiones y revelaciones: algunos criterios de discernimiento – III

Bogotá (Miércoles, 28-12-2011, Gaudium Press) Con las siguiente líneas concluimos la serie sobre algunos criterios de discernimiento de revelaciones, tras las huella de la doctrina del P. Aug Poulain, expresada en «Gracias de Oración», tratado de teología mística que trae también -como hemos visto- elementos de análisis sobre este tipo de hechos extraordinarios. A los interesados encomiamos la lectura de ese reconocido libro, pues nuestras humildes líneas no agotan, ni mucho menos, la materia. En esta ocasión abordaremos la investigación a realizar sobre el mensaje supuestamente revelado, considerado en sí mismo.

Acuerdo de la revelación con el dogma, la moral y las conveniencias

¿Del texto de la hipotética revelación se han corregido algunas expresiones, se han recortado o agregado otras? Independiente de la intención con que se haya hecho lo anterior, con ello se han perdido datos importantes para el juicio que se debe realizar del texto.

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Visión de Santa Francisca Romana según Nicolás Poussin

«¿La revelación está plenamente de acuerdo con los dogmas y enseñanzas de la Iglesia, y también con las afirmaciones ciertas de la historia y de las ciencias?». Es suficiente que en un solo punto una revelación contradiga un dogma católico, o una enseñanza firme de la Iglesia, para tenerla como falsa. Así ocurre normalmente con las comunicaciones de que son objeto los espiritistas.

«¿La revelación encierra en sí o es acompañada de alguna acción contraria a la decencia y a las buenas costumbres?» En toda visión verdaderamente divina «la conveniencia preside a la postura, a los gestos y a las palabras», desde el punto de vista moral. Es claro, la Fuente de la bondad y de la ética no puede desdecirse con visiones que no la reflejen perfectamente en ese ámbito. Pero también desde el punto de vista de la dignidad, la seriedad, pues «extravagancias, maneras grotescas, convulsiones, o dejadez indigna» no convienen a la majestad divina.

«Algunos autores como Sehram miran como sospechoso el conocimiento de los vicios y pecados de otro», puesto que se expone al descubierto al escarnio, lo que revelaría falta de caridad. Entretanto San Juan de la Cruz afirma que «Dios muestra a veces a almas santas las necesidades del prójimo, para moverlas a buscarles remedio y a tornar el cielo a su favor». En este caso, se evidenciaría suma caridad, que es buscar la salud del alma del prójimo.

En esa línea «San José de Cupertino, Santa Catalina de Siena, Santa Magdalena de Pazzi gozaban de este favor [el conocer el secreto de los corazones de los otros] tan habitualmente que a menudo no se osaba abordarlos sin haber primero purificado su conciencia».

En sentido contrario, cuando el fin de la revelación de los pecados ajenos (real o falsa) es la difamación, se está en presencia de una comunicación de Satanás o de la mera palabrería de un alma no virtuosa.

¿La revelación es útil para la salvación?

«¿Las enseñanzas [contenidas en la revelación] son útiles desde el punto de vista de la salvación eterna?» Ese es la principal intención de una revelación de verdadero origen divino. Dios no «pierde su tiempo» en futilidades, y todo es fútil cuando se piensa en algo diferente al destino eterno de la criatura racional. «Las revelaciones son como los milagros: ellas no tienen lugar sin un motivo muy grave».

Incluso, como norma general, Dios prohíbe al demonio -que mucho sabe- comunicar conocimientos de una cierta relevancia, que puedan alterar de forma significativa la historia humana. La prueba está en las comunicaciones espíritas que «no han hecho avanzar la ciencia un solo paso. Ningún punto oscuro de la historia ha sido esclarecido. Ningún problema de matemáticas ha sido resuelto; ninguna fórmula química o teoría física han sido desveladas».

En ese mismo sentido «una revelación es igualmente sospechosa cuando ella no tiene otra intención que la de zanjar una cuestión disputada de teología, de historia, de astronomía, etc. Dios deja esas discusiones al espíritu humano, porque de ellas no tenemos necesidad para nuestra santificación». Para las cosas que divergen de la salvación eterna, según el decir de San Juan de la Cruz, la intención de Dios «es que los hombres recurran a los medios humanos».

Entretanto, aunque la revelación hable de medios de santificación, ella «es aún sospechosa si, aunque siendo muy buena desde el punto de vista espiritual, ella es banal, encontrándose en todos los libros ascéticos», pues «Dios no emplearía tan grandes medios para un tan pequeño resultado». Es bien probable en este caso, como fue señalado en una anterior entrega, que el mensaje «revelado» sea fruto de las lecturas y estudios del vidente.

Cuando son muchas las revelaciones

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Cuerpo incorrupto de Santa Catalina de Bolonia

Un numero abundante de revelaciones o visiones «tomado aisladamente, no constituye un signo desfavorable», habida cuenta de la hagiografía. Santa Brígida, Santa Gertrudis, Santa Francisca Romana, e innúmeros santos fueron favorecidos con numerosos regalos de este tipo. Entretanto, se sigue aplicando la norma anterior, de que las revelaciones abundantes deben aportar verdadera utilidad, y no pueden ser verborrea.

Revelaciones largas y numerosas, que no tengan «nada de falso, de deshonesto, de fútil, se puede concluir con probabilidad que ellas no vienen del demonio», pues como son buenas y llevan al bien, el diablo estaría luchando contra sí mismo. «No es posible que él se esconda siempre, como lo remarca Samaniego», dice el P. Poulain.

«Cuando los ángeles o los santos toman un cuerpo aparente para manifestarse, jamás ese cuerpo incluye miembros deformes o aspecto bestial»; caso muy diferente ocurre con bastantes apariciones demoniacas. Entretanto, el demonio ha asumido en apariciones forma de «blancas ovejas de aspecto cariñoso», o de «bellas palomas» (Santa Francisca Romana), que, cuando descubierto, se trasformaron en lobos voraces y cuervos. Igualmente, han existido apariciones demoniacas con la figura de Cristo o de la Virgen (Santa Catalina de Bologna). Él demonio es astuto y sabe usar de lo que puede engañar; pero siempre está sometido al yugo y permisión divina.

Efectos de las revelaciones

Cuando la revelación tiene origen divino «en un primer momento se puede sentir no solo sorpresa sino turbación, inquietud e incluso pavor», pero finalmente ella conduce a la «paz, la alegría, a la seguridad, el coraje». A diferencia de las apariciones diabólicas, que cuando actúan sobre personas de buena voluntad, aunque no lo sea al inicio, finalmente producen «turbación, tristeza, desánimo, agitación, tinieblas».

En ocasiones las revelaciones mueven a la realización de una empresa determinada «por ejemplo, el establecimiento de una nueva devoción, a fundar una nueva congregación religiosa, o una asociación pía, a modificar las constituciones de otra, a corregir el relajamiento de un cierto grupo de personas, a construir un santuario»… En ese caso se debe examinar si la empresa a la que se es convocado por la supuesta revelación «es a) buena en sí y conforme al espíritu de la Iglesia; b) útil, y de una utilidad que explica el empleo de un medio tan excepcional como una revelación; c) oportuna, [es decir] si ella responde a una necesidad nueva; d) si ella no perjudica a ninguna obra análoga, que sería preferible sostener».

Y finalmente, «¿las revelaciones han sido sometidas a la prueba del tiempo y la discusión? Sin esa condición, los juicios favorables que han podido ser dirigidos no presentan garantías suficientes». Los acontecimientos que acompañen y sigan a una revelación que -por ejemplo- proponga una nueva devoción, mostrarán con el paso de los días si Dios favorece su cumplimiento, y por tanto, si Él está en el origen de la revelación.

«¿Por ejemplo ella [la nueva devoción] ha producido en todos lados grandes frutos de gracia? ¿Los Soberanos Pontífices, los obispos han favorecido el progreso de ella? Esa característica se reencuentra en alto grado en el escapulario del Carmen, en la devoción al Sagrado Corazón y en la Medalla Milagrosa».

***
Concluimos así nuestra corta serie sobre elementos de discernimiento que nos aporta la tradición de la Iglesia, para el análisis de ese importante, y cada vez más actual tema, de las revelaciones.

Lejos de nuestra intención, repetimos, cerrar las puertas de los corazones de los lectores a cualquier manifestación extraordinaria del cielo, lo que constituiría un verdadero insulto a un Dios que a lo largo de 2.000 años de historia ha querido en múltiples ocasiones manifestar a los hombres verdades de suma utilidad para su crecimiento espiritual y salvación.

Entretanto, si hemos tenido como motivo -máxime en ese difícil campo-, hacer un apelo a la prudencia y sobre todo al apego a la verdad, de la cual la Iglesia es Maestra, Regente y Guardia.

Por Saúl Castiblanco

 

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