martes, 29 de noviembre de 2022
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¿Quién necesita al médico?

Redacción (Miércoles, 31-07-2013, Gaudium Press) Causaría una enorme sensación en el mundo si alguien demostrase que las técnicas cinematográficas ya existían en los tiempos evangélicos. Y el asombro sería aún mayor si tal afirmación fuese corroborada por un descubrimiento sin precedentes: películas auténticas de la vida de Jesús.

El maravilloso hallazgo produciría un encanto indescriptible, pero también… algunas sorpresas.

En efecto, el que se ha acostumbrado a considerar la figura del Salvador según arraigados prejuicios y puntos de vista unilaterales, quizá se sentiría desconcertado. Y podría expresar una de sus objeciones de esta manera:

– Pero qué público heterogéneo, un auténtico universo de clases y razas desfila ante Él para beneficiarse. Ahora, por ejemplo, después de curar a un infeliz leproso, se detiene a oír con solicitud la petición de un oficial romano, símbolo vivo de la ley del más fuerte, y encima, adinerado. ¿Y qué hace en esa mansión participando en un funeral de lujo? ¡Ah!, es la residencia de un importante personaje, donde va a resucitar a la niña que acaba de morir. Está bien, pero… ¿por qué se va a descansar en esa otra sala, tan fina y arreglada? Nuevamente, ¡es una casa de ricos! Bueno, va a cenar con tres hermanos, una familia conocida y muy visitada, que lo recibe con especial afecto, es verdad. ¡Anda, una de las hermanas ha enloquecido de repente! ¡Despilfarra el dinero con perfumes, tan sólo para agradarlo, y Él todavía sale en defensa de la trastornada! ¡Oh!, y yo que imaginaba a Jesús rodeado sólo de andrajosos, protector únicamente de los mendigos, abogado nada más que de los marginados…

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«Precursores de Cristo», obra del Beato Angelico

– ¿Y su túnica? ¡Inconsútil, de primera categoría! Llama la atención incluso a ignorantes, como los soldados de Pilato. ¿No podría presentarse con más sencillez?

– ¿Qué decir de sus parábolas? Ninguna clase se encuentra en ellas especialmente contemplada, ni pobres ni ricos, nobles o plebeyos. Vemos a reyes que van a la guerra, pastores, viñadores, amas de casa, multimillonarios que pagan a sus empleados de manera exagerada o les perdonan deudas astronómicas, monarcas que organizan fiestas de casamientos, potentados en el infierno, vírgenes necias o prudentes…

Y así, ¡cuántas otras sorpresas causaría esa hipotética película de la vida de nuestro Salvador! Sin embargo, los Evangelios narran pormenorizadamente todos esos episodios, que revelan de modo incontestable la universalidad de la acción santificadora de Jesús. Si tuviéramos la inmensa felicidad de presenciarlos, una única actitud sería aceptable y digna de verdaderos seguidores de Cristo: caer de rodillas a sus pies y exclamar, colmados de amor y adoración:

– Señor, muy bien dijiste que «no necesitan médico los sanos, sino los enfermos» (Mc 2, 17). Enfermos de espíritu existen en todas las clases y esferas sociales. ¿Quién podría declararse sano delante de ti? Tan sólo tu Santísima Madre, porque quisiste adornarla con todas las plenitudes de la inocencia y de la santidad. Pero todos los demás imploran tus medicamentos, divino Médico de las almas. ¿Y quién osaría despreciar a los pobres y pequeños, amados por ti con tanta ternura? ¿Quién se atrevería excluir a los ricos y condenarlos como malvados, si también les ofreciste a ellos tu cariño? ¡Que ya no haya más fronteras para la caridad entre unos y otros! Tengan los ricos la alegría y la generosidad siempre renovada de ayudar a los pobres, y reciban éstos el consuelo incansable de aquellos. Queremos imitarte, Señor, en tu celo universal y en tu amor sin fronteras.

(Editorial, Revista Heraldos del Evangelio, Agosto-2013)

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