martes, 23 de julio de 2024
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Caminando por la Cartagena del Poniente, por Cartagena de Indias…

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Bogotá (Jueves, 19-09-2013, Gaudium Press) Ya en la por estos días gélida Santa Fe de Bogotá, pero aún con el aroma refrescante del viento del mar en los sentidos, escribimos estas sencillas líneas acerca de una corta pero maravillosa estadía recientemente habida en la amurallada ‘Cartagena del Poniente’, Cartagena de Indias, principal puerto de la América colonial hispana, ubicada en el Caribe colombiano.

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La torre del reloj – Foto: Gaudium Press

Cartagena de Indias… el solo nombre evoca todo un pasado mítico, de galeras y bajeles, de piratas, corsarios y defensores, de casas de vivo colorido con claustros amenizados por frescas fuentes, de un rico y exótico comercio trasportando todos los bienes muebles de otrora, periodo lamentablemente de esclavitud, que entretanto contempló con pasmo la bondad sublime de un Pedro Claver, el noble esclavo de los esclavos. Tiempos aquellos, de los acompasados pasos de caballos enganchados en barrocos carruajes, que cobijaban damas de abanicos afiligranados en mano, vestidas por elegantes trajes largos, frescos, preferiblemente en tonos pastel.

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Cochero delante de la catedral – Foto: Gaudium Press

Hay un algo peculiar en el casco antiguo Cartagena (cuando el masivo -y por veces poco sabio- turismo no la agobia), que hace que al recorrer sus calles angostas y adoquinadas no se tenga la impresión de estar visitando un gran museo bien conservado. En esa aún joya colonial del Nuevo Mundo es fácil dejar que espíritu y cuerpo vuelen a través del ‘túnel del tiempo’ hasta los S. XVII y XVIII, para sentirse realmente allí, en la cálida, exuberante y acogedora Ciudad de los galeones, ésa habitada por el Virrey Eslava y defendida por Don Blaz de Lezo, de vida brillante que alcanzaba por entonces su mayor esplendor.

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Plaza de la Torre del Reloj – Foto: Gaudium Press

Mucho nos ayudó para ese trasportarse al Caribe de ensueño colonial, la relectura de la historia novelada «Los Piratas de Cartagena» de doña Soledad Acosta de Samper, un clásico de la literatura popular colombiana del S. XIX, de corta, muy fácil y asaz amena lectura, que recomendamos a todos los que quieran contemplar desde el sabio balcón de la Historia los muros, murallas y cúpulas centenarios (la obra fácilmente puede hallarse en el ciberespacio). Después de recorrer una vez más las semblanzas y cuadros que nos propone doña Soledad, muy difícilmente olvidaremos al fiero aunque católico Barón de Pointis, hidalgo francés convertido a la sazón en compañero de filibusteros. Qué no diremos del legendario ‘Dragón’ Sir Francis Drake, favorito de Isabel I -«la hija de la Bolena»-; o del orgulloso pero no harto diligente Almirante Vernon, célebremente fracasado en sus frustradas monedas de la ‘capitulación’ de Cartagena, hecho que nunca ocurrió. Ni mucho menos abandonará nuestra memoria al teniente general Don Blaz de Lezo, cuya gran figura es cada vez más reconocida por la historiografía universal.

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Torre de la Catedral, desde plaza San Pedro –

Foto: Gaudium Press

La Cartagena histórica son verdaderamente dos sectores, lo que se conoce como la Ciudad amurallada -donde están las construcciones más lindas y las principales iglesias históricas- y el barrio de Getsemaní, en otros tiempos lugar de artesanos y obreros, hoy convertido también en sector de turismo histórico por su encantador sabor popular colonial.

Bastante habría para contar de lo que guarda la ciudad amurallada. Destaquemos particularmente algunas de sus iglesias; primero la Catedral -con su tonalidad amarilla discreta y su elegante única torre de cúpula con aguja en punta; la de Santo Domingo, fornida, sólida, de vivaz tono ocre, con contrafuertes acastillados de firme roca coralina, de bóvedas interiores románicas, ascéticas y a la vez suave y delicadamente coloridas, con su maravilloso pórtico a cuatro columnas engastado en austera fachada; y la San Pedro Claver, que da nombre también para la Plaza de su frente, bella en su amplias piedras, donde en su altar mayor se conservan los restos del Santo patrono jesuita.

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Iglesia de Santo Domingo – Foto: Gaudium Press

Hay dos libros-álbumes que creemos aún no han sido escritos y bien lo merecerían: «Los Balcones de Cartagena» y «Las Murallas de Cartagena». Éstas, iniciadas por orden de Felipe II para resguardar la ciudad de la mala acechanza y la codicia de ultramar, hacen contrastante o armónico juego con los atardeceres, con la arena, con el mar, con las edificaciones. A los cielos y crepúsculos delicados, ahí están las torres y almenas para cantarles las alegrías. Al mar infinito y misterioso, portador de bienes y buenas nuevas de la Madre Patria, aunque también por veces de peligros bucaneros y gritos de piratas, ahí están los muros para decirles «vosotros arribáis hasta donde yo lo consienta». A los firmamentos tempestuosos creadores de océanos bravíos, las piedras de coral unidas junto a los cañones proclaman que los oscuros rugidos no las asustan, que no han sido los primeros, que ya han escuchado muchos de ellos, que ellos son del pasado mientras ellas permanecen…

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Imperdible es la visita al Museo Naval del Caribe, antiguo Colegio de la Compañía de Jesús, ubicado en la histórica Plaza Santa Teresa. Ahí se encuentra un resumen gráfico, maquetístico y pictórico de la historia de Cartagena, desde cuando era meramente las tierras de los indios Kalamarí hasta los días de hoy. Por supuesto, si se quiere conocer lo que fue la arquitectura civil del esplendor colonial, es indispensable visitar el Palacio de la Inquisición, (incluso aunque no todas las referencias históricas ahí expuestas correspondan fielmente a la realidad…).

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Fachada del Palacio de la Inquisición – Fotos: Gaudium Press

Bien es cierto que más que muchas vanas palabras vale una buena imagen. Los dejamos aquí con algunas de ellas, pidiendo a la Providencia que permita a los lectores visitar la legendaria Cartagena, lugar en el que además aún hoy se percibe el sello inconfundible de la caridad cristiana, forjadora real de la civilización cristiana.

Por Saúl Castiblanco

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