jueves, 20 de junio de 2024
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Obispo de Nueve de Julio, en Argentina, envía mensaje a su diócesis en conmemoración de los 150 años de la muerte del Santo Cura de Ars

Nueve de Julio (Martes, 04-08-2009, Gaudium Press) En mensaje fechado hoy, 4 de julio, conmemoración de los 150 años de la muerte de San Juan María Vianney, el obispo de la diócesis argentina Nueve de Julio, Mons. Martín de Elizalde, se dirige a los fieles de su diócesis – y particularmente a los presbíteros – con motivo del año sacerdotal.

En su misiva de 7 páginas, Mons. de Elizalde recuerda el próposito del Santo Padre al convocar el año sacerdotal, que es «contribuir a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para un testimonio evangélico más fuerte e incisivo en el mundo de hoy«.

Afirma el obispo que esa renovación interior de los ministros sagrados redunda en beneficio de la comunidad, y que «es oportuno recordar a los fieles la importancia de este ministerio (sacerdotal) para su propia santificación, ya que los medios para ello nos los alcanza la Iglesia por el camino de la trasmisión sacramental en el Orden sagrado que viene de los apóstoles e incorpora a sus sucesores, los obispos, y por estos, a los sacerdotes, sus colaboradores inmediatos, así como a los diáconos«.

La exaltación interior a la que el Papa conclama a los sacerdotes en este año jubilar, es un encuentro particular con Jesucristo quien «nos revela al Padre de misericordias, y por la acción del Espíritu Santo nos conduce a la comunión con Él ya en esta vida».

En la vida de Jesucristo, como en la del sacerdote, la Eucaristía ocupa un lugar centralísimo: «Por ella, el sacrificio de Jesús que nos otorga la vida eterna es eficaz permanentemente en la Iglesia; la Iglesia conserva el poder de su actualización por la gracia que le fue confiada y que es la razón de la institución del sacerdocio, para hacerlo en su memoria (cfr. Lc 22, 19; 1 Cor 11, 24-25). La vida de la comunidad cristiana naciente ya se distinguía por esta perseverancia en la fracción del pan (Hech 2, 42; 1 Cor 11, 17-33).»

El sacerdote enseña con su prédica y con su testimonio. En este sentido, Mons. de Elizalde recuerda las palabras del Papa en su carta del 16 de junio pasado, cuando el Pontífice afirma que «en la actualidad, como en los tiempos difíciles del Cura de Ars, es preciso que los sacerdotes, con su vida y obras, se distingan por un vigoroso testimonio evangélico. Pablo VI ha observado oportunamente: ‘El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio«.

El ministerio sacerdotal es sobretodo una manifestación del amor de Jesucristo. El obispo de Nueve de Julio recuerda en su misiva que en la Carta de los Obispos Argentinos a los Sacerdotes, con motivo de inicio del año jubilar, quedó claramente expresada ésta, que es una exigencia de la caridad: «Este amor de Dios, manifestado en Jesucristo, ha llegado a nosotros de manos de la Iglesia, que nos engendró a la fe y nos llamó al ministerio después de un largo, sereno y responsable discernimiento. El mismo amor de Dios se nos sigue manifestando cotidianamente, a través de la comunión presbiteral y del servicio al pueblo santo de Dios que es la razón de ser de nuestro ministerio. En efecto, queridos hermanos, el sacerdocio es Misterio de Amor recibido y entregado, actualizado cada día en la celebración eucarística y en el don generoso de la propia vida ‘hasta el extremo’ (Jn 13, 1).

Asimismo, el celibato sacerdotal -en el contexto de la caridad- es enteramente condicente con el sacerdocio, pues no es otra cosa sino la expresión de una donación completa: «Por eso la Iglesia ha visto desde sus inicios una múltiple armonía entre sacerdocio y celibato y llama al ministerio presbiteral a quienes han recibido y aceptado libremente vivir este fecundo carisma de entrega total. Asumidos por Cristo Cabeza y Esposo, los sacerdotes estamos llamados a ser signos fecundos del amor de Cristo a su Iglesia, pastores y padres de la comunidad.»

El sacerdocio es un don de Dios que debe ser alimentado día a día. El uso continuo y fervoroso de consagradas prácticas, son el camino seguro para que los presbíteros configuren en sí la imagen de Cristo: «Necesitamos también acoger la invitación de San Pablo a Timoteo: ‘te recomiendo que reavives el don de Dios que has recibido por la imposición de mis manos’ (2 Tim 1,6). La lectura orante y la predicación de la Palabra de Dios; la celebración gozosa de la Eucaristía y de toda la liturgia; el servicio fiel, paciente y generoso a los fieles, sobre todo a los pobres y enfermos, son el camino indispensable para ir forjando cada día más en nosotros los sentimientos y la imagen de Jesús, el Buen Pastor.»

Monseñor de Elizalde concluye su mensaje confiando en la oración de todos los fieles por los sacerdotes, invocando la intercesión del Santo Cura de Ars y la protección constante de María Santísima, Madre de los Sacerdotes.

 

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