lunes, 10 de agosto de 2020
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En audiencia con obispos brasileros, el Papa pide fin de la "secularización de los sacerdotes y de la ‘clericalización’ de los laicos"

Castel Gandolfo (Jueves, 17-09-2009, Gaudium Press) “Es necesario evitar la secularización de los sacerdotes y la ‘clericalización’ de los laicos”. Ese fue el principal mensaje de Benedicto XVI a los cuatro obispos de la regional Nordeste 2 de la Conferencia Nacional de Obispos del Brasil (CNBB), recibidos hoy, en audiencia privada en el Palacio Apostólico de Castel Gandolfo. Los obispos de la Regional Nordeste 2 concluyen este viernes su visita “ad limina Apostolorum”.

Fueron recibidos por Benedicto XVI en la audiencia el arzobispo de Maceió, Antônio Muniz Fernandes, acompañado del arzobispo emérito, Mons. Edvaldo Gonçalves Amaral, además de los obispos de Palmeira dos Índios, Mons. Dulcênio Fontes de Matos, y de Penedo, Mons. Valério Breda, ambas diócesis del Estado de Alagoas.

Benedicto XVI inició su discurso a los prelados brasileros agradeciendo la visita de los arzobispos y obispos de Olinda y Recife, Paraíba, Maceió y Natal, en especial las palabras del arzobispo de Maceió, como portavoz de la Regional Nordeste 2 (vea más abajo el discurso íntegro de los obispos brasileros).

En seguida, el Papa habló sobre la diferencia entre el sacerdocio común (del que participan presbíteros y laicos) y el sacerdocio ministerial. Pidió además que los sacerdotes eviten adherirse a las cuestiones meramente civiles y de carácter político, debiendo enfocar su tarea en la misión sacerdotal y en la orientación a los fieles.

“(…) Los fieles laicos deben empeñarse en expresar en realidad, inclusive a través del empeño político, la visión antropológica cristiana y la doctrina social de la Iglesia. Diversamente, los sacerdotes deben permanecer alejados de un compromiso personal en la política, a fin de favorecer la unidad y la comunión de todos los fieles y así poder ser una referencia para todos”, recomendó el Papa.

Para Benedicto XVI, es necesario que las partes no mezclen sus papeles, y que el compromiso político social de los laicos sea fortalecido por los sacerdotes. “Es importante hacer crecer esta conciencia en los sacerdotes, religiosos y fieles laicos, estimulando y vigilando, para que cada uno pueda sentirse motivado a actuar según su propio estado”.

Según el Papa, la armonización entre los dos tipos de sacerdocio es uno de los mayores desafíos de la Iglesia, y viene siendo conmovida por una eventual falta de presbíteros en algunas comunidades, lo que hace que los propios laicos en ocasiones busquen suplir esa carencia. Él pidió que los obispos y arzobispos brasileros tengan siempre en las parroquias de sus diócesis un “ministro ordenado”, sacerdote de formación.

Al citar ejemplos de conducta sacerdotal de la Iglesia, Benedicto XVI habló del Santo Cura d’Ars, patrono de los sacerdotes y motivador del actual Año Sacerdotal, y también del brasilero Fray Antônio de Santa Ana Galvão, Fray Galvão, de quien dijo haber tenido la “alegría” de canonizar en mayo de 2007.

Al final, entregó su bendición apostólica a los presentes, invocando a la Virgen María. La Regional Nordeste 2 de la CNBB comprende los estados de Alagoas, Rio Grande do Norte, Pernambuco y Paraíba.

Vea el discurso del Papa íntegro:

Venerados Hermanos en el Episcopado,

Como el apóstol Pablo en la Iglesia primitiva, habéis venido, amados Pastores de las provincias eclesiásticas de Olinda y Recife, Paraíba, Maceió y Natal, a visitar a Pedro (cf. Gal 1, 18). Acojo y saludo con afecto a cada uno de vosotros, empezando por Mons. Antônio, arzobispo de Maceió, a quien agradezco los sentimientos que ha manifestado en nombre de todos haciéndose intérprete también de las alegrías, dificultades y esperanzas del pueblo de Dios peregrino en la Región Nordeste 2. En la persona de cada uno de vosotros, abrazo a los presbíteros y a los fieles de vuestras comunidades diocesanas.

En sus fieles y en sus ministros, la Iglesia es sobre la Tierra una comunidad sacerdotal estructurada orgánicamente como Cuerpo de Cristo, para desempeñar eficazmente, unida a su Cabeza, su misión histórica de salvación. Así nos lo enseña san Pablo: “vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte” (1 Cor 12, 27). En efecto, los miembros no tienen todos la misma función: esto es lo que constituye la belleza y la vida del cuerpo (cf. 1 Cor 12, 14-17). Es en la diversidad esencial entre sacerdocio ministerial y sacerdocio común donde se entiende la identidad específica de los fieles ordenados y laicos. Por esa razón es necesario evitar la secularización de los sacerdotes y la ‘clericalización’ de los laicos. En esa perspectiva, por tanto, los fieles laicos deben comprometerse en expresar en la realidad, incluso a través del compromiso político, la visión antropológica cristiana y la doctrina social de la Iglesia. Diversamente, los sacerdotes deben permanecer apartados de un compromiso personal con la política, a fin de favorecer la unidad y la comunión de todos los fieles, y así podrán ser una referencia para todos. Es importante hacer crecer esta conciencia en los sacerdotes, religiosos y fieles laicos, animando y vigilando para que cada cual se sienta motivado a actuar según su propio estado.

La profundización armónica, correcta y clara de la relación entre sacerdocio común y ministerial constituye actualmente uno de los puntos más delicados del ser y de la vida de la Iglesia. Por un lado el número exiguo de presbíteros podría llevar a las comunidades a resignarse a esta carencia, consolándose con el hecho de que ésta pone de manifiesto mejor el papel de los fieles laicos. Pero la falta de presbíteros no justifica una participación más activa y numerosa de los laicos. En realidad, cuanto más los fieles se vuelven conscientes de sus responsabilidades en la Iglesia, tanto más sobresalen la identidad específica y el papel insustituible del sacerdote como pastor del conjunto de la comunidad, como testigo de la autenticidad de la fe y dispensador, en nombre de Cristo-Cabeza, de los misterios de la salvación.

Sabemos que la “misión de salvación”, confiada por el Padre a su Hijo encarnado, “se confió a los Apóstoles y, por ellos, a sus sucesores; estos reciben el Espíritu de Jesús para actuar en su nombre y en su persona. Así, el ministro ordenado es el lazo sacramental que une la acción litúrgica a aquello que dijeron e hicieron los Apóstoles y, por ellos, a lo que dijo e hizo el mismo Cristo, fuente y fundamento de los sacramentos” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1120). Por eso, la función del presbítero es esencial e insustituible para el anuncio de la Palabra y la celebración de los Sacramentos, sobre todo de la Eucaristía, memorial del Sacrificio supremo de Cristo, que entrega su Cuerpo y su Sangre. Por eso urge pedir al Señor que envíe obreros a su Mies; además de eso, es preciso que los sacerdotes manifiesten la alegría de la fidelidad a la propia identidad con el entusiasmo de la misión.

Amados Hermanos, tengo la certeza de que, en vuestra solicitud pastoral y en vuestra prudencia, procuráis con particular atención asegurar a las comunidades de vuestras diócesis la presencia de un ministro ordenado. En la situación actual en que muchos de vosotros os veis obligados a organizar la vida eclesial con pocos presbíteros, es importante evitar que semejante situación sea considerada normal o típica del futuro. Como recordé al primer grupo de obispos brasileños la semana pasada, debéis concentrar los esfuerzos en despertar nuevas vocaciones sacerdotales y encontrar los pastores indispensables a vuestras diócesis, ayudándoos mutuamente para que todos dispongan de presbíteros mejor formados y más numerosos para sustentar la vida de fe y la misión apostólica de los fieles.

Por otro lado, también aquellos que recibirán las órdenes sagradas están llamados a vivir con coherencia y plenitud la gracia y los compromisos del bautismo, esto es, a ofrecerse a sí mismos y toda su vida en unión con la oblación de Cristo. La celebración cotidiana del Sacrificio del Altar y la oración diaria de la Liturgia de las Horas deben ir siempre acompañadas del testimonio de toda la existencia que se hace don a Dios y a los demás y que se convierte así en guía para los fieles.

A lo largo de los meses que siguen, la Iglesia tiene ante los ojos el ejemplo del Santo Cura de Ars, que invitaba a los fieles a unir sus vidas al sacrificio de Cristo y se ofrecía a sí mismo exclamando: “¡Qué bien hace a un padre ofrecerse en sacrificio a Dios todas las mañanas!” (Le Curé d’Ars. Sa pensée – son cœur, coord. Bernard Nodet, 1966, pág. 104). Él sigue siendo un modelo actual para vuestros presbíteros, especialmente en la vivencia del celibato como exigencia del don total de sí mismos, expresión de aquella caridad pastoral que el Concilio Vaticano II presenta como centro unificador del ser y del actuar sacerdotal. Casi contemporáneamente [al Santo Cura de Ars] vivía en vuestro amado Brasil, en San Pablo, fray Antônio de Santa Ana Galvão, a quien tuve la alegría de canonizar el 11 de mayo de 2007: también él dejó un “testimonio de adorador fervoroso de la Eucaristía (…), [viviendo] en alabanza perenne, en constante actitud de oración” (Homilía en su canonización, n. 2). De este modo ambos procuraron imitar a Jesucristo, haciéndose cada uno de ellos no sólo sacerdote, sino también víctima y oblación como Jesús.

Amados Hermanos en el Episcopado, ya se manifiestan numerosas señales de esperanza para el futuro de vuestras Iglesias particulares, un futuro que Dios está preparando a través del celo y de la fidelidad con que ejercéis vuestro ministerio episcopal. Quiero aseguraros mi apoyo fraterno al mismo tiempo que pido vuestras oraciones para que me sea concedido confirmar a todos en la fe apostólica (cf. Lc 22, 32). Que la bienaventurada Virgen María interceda por todo el pueblo de Dios en Brasil, para que los pastores y fieles puedan, con valor y alegría, “anunciar abiertamente el misterio del Evangelio” (cf. Ef 6, 19). Con esta oración, concedo mi Bendición Apostólica a vosotros, a los presbíteros y a todos los fieles de vuestras diócesis: “La paz esté con todos vosotros que estáis en Cristo” (1 Pe 5, 14).

[Traducción del original portugués por Inma Álvarez ©Libreria Editrice Vaticana]

Discurso de los obispos brasileros de la Regional Nordeste 2:

¡Santo Padre!

Nosotros, Obispos de la Regional Nordeste 2 de la CNBB, estamos siempre en comunión con Su Santidad, poniendo en práctica de nuestras Iglesias particulares las directrices del Documento de la V Conferencia del Episcopado Latino Americano y del Caribe en Aparecida: siendo una Iglesia Misionera y Samaritana al servicio de la vida y de la Esperanza. La Conferencia General del Episcopado Latino-Americano y del Caribe nos desafía para la Misión.

El punto de partida de Aparecida es la constatación de una realidad de cambios profundos que alcanzan a la sociedad. Es un cambio de época, en el cual el sentido de la vida es cuestionable en todas sus dimensiones.

Constata una realidad que se coloca en directa confrontación con los valores del Reino de Vida. La exclusión y el abandono de una multitud de personas, colocadas al margen, ignoradas en su dolor y sufrimiento, aniquiladas y negadas en su condición, es algo que clama y que contradice el proyecto de Dios y desafía a la Iglesia para asumir un compromiso en el cual la vida ocupe un lugar de primacía.

Jesús anuncia un Reino donde la plenitud de la vida es el valor a ser promovido y defendido. Él vino para que todos tengan vida y la tengan en abundancia. Cuando confrontamos este Reino de vida y de libertad con las situaciones de deshumanización de las personas, somos llevados a percibir el abismo existente y la incompatibilidad sorprendente entre éste Reino y la actual realidad que vivimos. Cada vez más son los nuevos tipos de pobreza y exclusión, y rostros diversos de esta realidad que es fruto de la exclusión social van delineándose delante de nosotros. Hay una pobreza que lleva al ser humano a experimentar no solamente la exclusión, sino la propia condición de sentirse superfluo y descartable en un sistema que propone el desarrollo económico y el lucro como valores absolutos. Delante de esta idolatría, hay un clamor que emerge de lo más profundo de la humanidad y exige una actitud verdaderamente profética por parte de los discípulos de Jesús.

Como la Samaritana, la Iglesia encuentra al Maestro, sentado a la orilla del pozo de la historia, ofreciendo el agua que sacia, genera vida, provoca conversión, recupera el vigor e impulsa para la misión. (…)

Como la comunidad de Samaría que recibió el anuncio y acoge la verdad transformadora del Evangelio, la Iglesia desea que cada una de nuestras comunidades, libre del cansancio, la desilusión y la acomodación sea, a partir del Evangelio, un centro capaz de irradiar la vida y de generar y re-avivar en los corazones la esperanza.

Hay un deseo explícito que la realidad de la misión sea algo que penetre el tejido de la vida eclesial en todas sus dimensiones, inclusive con la conversión necesaria de personas, estructuras e instituciones que, ultrapasadas, no sirven más para la comunicación de la buena nueva libertadora de Jesús para la promoción de la cultura de vida. La audacia es exigida a todos para ir para más allá de una pastoral de conservación a una actitud decididamente misionera en el campo de la evangelización. Esto exige una profunda renovación pastoral en la cual todos los actores de la vida de la Iglesia deben estar comprometidos e implica una acción pastoral que sea realmente pensada, teniendo en cuenta los nuevos areópagos que desafían la evangelización y el protagonismo de los nuevos agentes de la evangelización. También en este contexto de misión nos gustaría humildemente pedir a la Santa Madre Iglesia la rehabilitación canónica del padre Cícero Romão Batista y la Canonización del Apóstol de la Caridad el Padre Ibiapina.

La Iglesia quiere ser una Iglesia Samaritana y peregrina, una Iglesia siempre en camino, envuelta en la historia de las personas, solidaria con todos los que encontramos al costado de Camino, dejándolos al margen, excluidos, negados en su condición de humanidad.

Una Iglesia que no sea una mera pasante, presa, con compromisos superficiales que roban la sensibilidad, sino una Iglesia con tiempo para atender a las personas y cuidar de sus heridas, sin horas marcadas para el fin del viaje, que provoca en los otros la cadena de solidaridad y de comunión con la vida humana herida.

Una Iglesia de esperanza, capaz de pronunciar una palabra en la turbulencia del mundo. Una Iglesia donde la vida, aunque frágil tiene sabor a eternidad; Iglesia, esposa de Jesucristo, que camina en su presencia, que despierta en sus hijos el sueño de trabajar y servir con todas las fuerzas.

¡Pedimos a Su Santidad la tan deseada Bendición Apostólica!

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