viernes, 03 de julio de 2020
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Arzobispo de París se pronuncia contra aprobación apresurada de la Ley de Bioética

El ejecutivo francés está presionando para que se apruebe una ley de bioética que debe ser ampliamente discutida, pues toca “la esencia de la humanidad”.

París (30/06/2020 12:00, Gaudium Press)Sin vergüenza, justo cuando nuestro país acaba de atravesar una crisis sanitaria que lo puso de rodillas, la prioridad del gobierno es hacer adoptar a la Asamblea Nacional el proyecto de ley de bioética”: así inicia la nota del Arzobispo de París, Mons. Michel Aupetit, aparecida en el día de ayer en Le Figaro, en la que cuestiona el apresuramiento del gobierno francés en hacer aprobar una muy polémica, muy importante y poco discutida normatividad.

Monseñor Aupetit protesta contra el deseo apremiante del ejecutivo francés, de que se apruebe un proyecto de ley de bioética que cursa actualmente en la Asamblea Nacional, antes de las vacaciones parlamentarias. Parecería que para el Ejecutivo “no habría otras urgencias hoy sino hacer pasar de manera forzada y en la discreción del mes de julio este conjunto de leyes que tocan a la esencia incluso de nuestra humanidad”, expresa el prelado.

Mons. Aupetit, al tiempo que elogia la denodada labor del personal sanitario, recuerda que muchas personas mayores murieron en muy difíciles condiciones durante la pandemia, y que sobre todo esta mostró la triste situación de las Ehpad – las residencias que albergan personas mayores dependientes – particularmente su falta de personal. Mientras que se destinan bastantes fondos “para la ‘inteligencia artificial’”, y “mientras otros discuten la eutanasia”, realmente hay que pensar en los ancianos.

Obsesión con facilitar el aborto – Violencia contra los menores

Constanta el Arzobispo de París que hay “una cierta obsesión por facilitar la eliminación de los niños en el vientre de sus madres haciendo de la IVE [aborto forzado] una prioridad en tiempos de confinamiento, incluso aunque las urgencias cardiovasculares permanecieran aquejadas para favorecer la acogida de pacientes alcanzados por el Covid-19”.

Deplora Mons. Aupetit la “banalización de los embriones humanos seleccionados, analizados y lanzados como vulgares productos consumibles, en la producción artificial de gametos que no tiene otro interés que aquel de alimentar el mito de una procreación “fuera de sexo”. Sabemos que es preciso relanzar el comercio y la industria, pero no al precio de la dignidad del ser humano. Escoger abrir grandemente el mercado de niños, disociando la asistencia médica a la procreación de las dificultades en concebir, es un grave atentado a la dignidad humana”.

¿No hay violencia, en efecto, cuando se priva deliberadamente a un niño de un padre, cuando se organizan abortos selectivos en caso de embarazos múltiples, cuando un niño descubre que el embrión que él ha sido habría bien podido terminar bajo el microscopio de un investigador o en un basurero después de un tiempo más o menos largo de congelación? ¿El niño sometido a la omnipotencia del ‘proyecto parental’ es aún nuestro igual?”, se pregunta el Arzobispo.

Los diputados no deben plegarse a presiones ideológicas

En aquello que concierne el derecho a la vida todo ser humano inocente es absolutamente igual a todos los otros”; “esta igualdad es la base de todas las relaciones sociales auténticas” y conviene considerar a “cada hombre y cada mujer como una persona y no como una cosa de la cual se puede disponer”, establecía Juan Pablo II en el Evangelio de la Vida (n. 57), y repite en su artículo Mons. Aupetit.

Esa responsabilidad, la de darle el alto valor debido a la vida humana, “incumbre de nuevo en estos días a nuestros diputados”, a quienes pide el Arzobispo que no se plieguen “a las presiones ideológicas o mercantilistas que casi no se velan bajo eslóganes perentorios”.

En el momento en que “la crisis sanitaria aún está presente, que la crisis económica y social van gravemente a impactar la vida de nuestros compatriotas, (…) sería honroso por parte de nuestros diputados cuestionar este proyecto injusto e inequitativo para concentrarse en los verdaderos problemas de los franceses”, concluye Mons. Aupetit.

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