jueves, 09 de julio de 2020
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China católica: un posible de Dios

La fe resiste en China en medio de la persecución.

Redacción (04/05/2020 13:15, Gaudium Press) Elevemos el corazón a Dios – y sin dejar de tomar las debidas precauciones – pongamos absolutamente todo en sus manos. El demonio introdujo en la vida de los hombres el pecado, la decrepitud, la enfermedad y la muerte. Es un absurdo no ver que en las catástrofes humanas entra la garra del que las Sagradas Escrituras llama el enemigo de nuestra salvación.

Tampoco se cae la hoja de un árbol sin el permiso de Dios. Él nos ama y porque nos ama corrige. A veces las correcciones nos duelen, nos humillan y tendemos a reclamar con rabia. Eso nos ha sucedido desde niños. ¿Podemos asegurar firmemente que todo iba muy bien en el mundo? La prueba es que no supimos manejar un diminuto virus y hemos colapsado nuestras vidas con irreversibles consecuencias políticas, económicas, sociales e incluso culturales. Desconocemos las razones por las que no se pudo evitar la catástrofe. ¿Prepotencia? ¿Estupidez? ¿Maldad? Pero lo hicimos los hombres, y lo hicimos no propiamente en estado de gracia y fervoroso amor a Dios.

Los posibles de Dios

Un sueño que algún día -y no muy lejano- ciertamente se hará realidad, en la línea de lo que el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira llamaba “Los posibles de Dios”: Una China bien china con sus características culturales convertidas al catolicismo, celebrando misas y ceremonias impregnadas de aquella cortesía y sapiencia milenaria, con cantos inocentes, campanillas, timbales y gongs en una atmósfera de elevación y sacralidad tierna, suave, pulcra y serena probablemente con densas nubes de incienso perfumado y blanco como la nieve, flotando por todo un templo decorado y adornado con el estilo oriental, adorando al mismo Dios que adoramos en el mundo occidental. Venerando la misma Virgen Santísima, los santos y los ángeles pero con una nota propia de aquel pueblo legendario y misterioso de ojos rasgados, piel marfil y lisos cabellos negros que la Iglesia siempre quiso conquistar amorosamente para el gran rebaño de nuestro Salvador, y que comerciantes protestantes del siglo XVII se encargaron de impedir a sangre, fuego e intriga, para después envenenarlo con las pócimas del opio y el liberalismo marxista.

Podemos imaginarnos al sacerdote y sus acólitos a paso menudito y rápido, paramentados con finas sedas multicolores al modo y corte de sus ancestros, desplegando un ritual maravilloso con aquella musicalidad simple y casi infantil prodigiosamente impregnada de algunas notas de Gregoriano, Mozart o Bach en una fusión armónica sublime, un mestizaje o mezcla de aires de oriente con occidente que probablemente darían algo novedoso y bello.

Los portugueses llegan a Macao

Un 15 de agosto de 1556 los portugueses católicos fundaron en una península del sur de la China continental, un pequeño enclave que sería la cabeza de puente desde la cual se construiría la cristiandad oriental: Macao. Lo que sucedió no es difícil de entender: Inglaterra y Holanda estaban en manos de gobernantes protestantes con un odio diabólico al Papado, España y Portugal. Además ambicionaban materias primas y riqueza comercial para lanzar la contaminante revolución industrial de hoy día, lo cual les dio el poder que posteriormente tendrían mediante el apoyo de la información que algunos negociantes internacionales captaban y suministraban con su red de casas comerciales y su amistad con piratas musulmanes. Así Macao fue bloqueada, asaltada varias veces y sus barcos portugueses interceptados. Poco a poco fue decayendo mientras los protestantes creaban Hong Kong y la famosa guerra del opio con la que sometieron a China hasta llevarla al Maoísmo, por supuesto más afín con sus siniestros planes que el cristianismo. Fue como sucumbió un gran proyecto de Dios como tantos que la humanidad le estropea, pero que Él paternal y amorosamente se encarga de recomponer y llevar a un auge todavía mejor que el anterior.

La fe resiste en China, bajo la persecución

Se dice que la Diócesis hoy día sobrevive clandestinamente, en medio de una persecución política hábil y obstinada. Es todavía un fiel puñadito perseguido y abandonado, una levadura y fermento que ciertamente hará crecer algún día la masa continental de un país y nación que Dios quiere evangelizar si no perdemos la esperanza.

Unos católicos chinos conservan la fe de sus antepasados y aunque son minoría, es la semilla que nuestras oraciones y sacrificios diarios debe mantener fertilizada a la espera del Reino de María, cuando los ángeles de Ella nos ayudarán a revivir con fuerza la cristiandad en esa China de Dios y no del consumismo igualitario, brutal y esclavizador en que ha ido cayendo con la colaboración de algunos comerciantes occidentales, a los que de aquella maravillosa enorme nación solamente les interesó la mano de obra.

La gran figura de San Francisco Javier

Hubo una esperanza que se aplazó hace unos siglos atrás, cuando en una isla frente a las costas de China agonizaba ardiendo en fiebre un misionero español de 46 años de edad. Era un aristócrata de fina estampa y buena presencia, hombre culto y estudiado. Había dejado atrás su castillo y el mundanal ruido de los elogios, promesas e ilusiones para hacerse un simple misionero de la recién fundada Compañía de Jesús.

Los que le asistían en su muerte – entre ellos un Hermano Chino seglar de la Orden y un criado Indio – contaron que Francisco Javier tambaleando se levantó del lecho y quiso ver la costa de China apenas a 14 kilómetros de donde estaban. Lo separaba del continente apenas una estrecha franja de mar. Allá al otro lado estaba China esperando el cristianismo. Y el santo español moría sin haber podido misionarla pero enteramente sometido a la voluntad de Dios. ¡Sí! A la Voluntad de Dios. Dios lo quiso así, Dios lo permitió, no le pareció que en ese momento San Francisco Javier entrara en China. Pero los planes de Dios no se frustran y alguna vez se realizan con más esplendor y fuerza, porque – decía el Dr. Plinio – Dios no y tiene planes B sino A+A y de un mal siempre saca un bien.

Por Antonio Borda

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