miércoles, 08 de diciembre de 2021
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¿Cómo rezar?

La liturgia de este trigésimo domingo del tiempo ordinario nos muestra lo indispensable que es la oración en nuestra vida. Sin embargo, es necesario saber pedir a Dios.

Redacción (24/10/2021 08:36, Gaudium Press) Imaginemos una escena: un padre, que posee todo tipo de activos: bienes raíces, tierras, negocios, fortunas y, su tesoro más preciado, una familia unida. Tiene un hijo muy querido, al que le ofrece un amor incalculable hasta el punto de querer darle todo lo que tiene. A menudo lo lleva a ver sus propios tesoros y posesiones, para que pudiera haber una ocasión de pedir lo que quería; sin embargo, eso nunca sucedía

Entonces, perplejo, pensaba:

¿Por qué mi hijo no me pide nada? ¡Tengo todo para ofrecerle! Es cierto que después de mi muerte recibirá todo esto como herencia; pero lo amo tanto que querría darle muchos regalos ahora mismo, acumular más tesoros y así hacer crecer lo que heredará de mí. ¡Le daría mucho ahora y aún más en el futuro!

Y el padre esperaba, con santa ansiedad, el día en que su hijo le diría:

Papá, dame algo de tu tesoro.

¡Bastaba solo ese pedido para recibirlo todo en abundancia!

Pero, ¿quién es este padre? ¿Y quién es este hijo?

Humildad: predisposición a la oración

¿Puede el más excelente de los padres, poseedor de todas las riquezas y virtudes imaginables, compararse con nuestro Padre Celestial, que vela por cada uno de nosotros como hijos únicos? Bueno, si no entendemos la actitud de este hijo que no se atreve a pedirle nada a su padre, deberíamos sorprendernos mucho más de tener a Dios como nuestro Rey y Padre y no pedirle lo que tanto quiere darnos.

Vemos en el evangelio de hoy la curación de un ciego, que recibió el don de la vista por una razón muy simple: porque pidió. ¡¿Pero con qué disposición?!

En ese tiempo, Jesús salió de Jericó con sus discípulos y una gran multitud. El hijo de Timeo, Bartimeo, ciego y mendigo, estaba sentado a la vera del camino. Cuando oyó que pasaba Jesús el Nazareno, comenzó a gritar: “¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!” (Mt 10, 46-48).

En general, el orgullo es uno de los principales obstáculos para que el alma haga una súplica. De hecho, quienes piensan que tienen mucho no se ven en la contingencia de hacer un pedido, pues se trata de un acto de humildad, en el que nos rebajamos y reconocemos nuestras debilidades. Y cuando, por una rareza, una persona orgullosa hace una petición a su Creador, es muy difícil que se la conceda; no porque Dios se niegue a escucharle, sino porque su alma no es apta para recibir los dones del cielo.

Para el alma humilde, pedir algo a Dios es muy sencillo, porque al fin y al cabo, Él es nuestro padre. Cuando el Creador ve que un alma se inclina ante Él, su Corazón se llena de tanto amor que Él se ve casi “obligado” a asistirla. De hecho, la humildad es la llave del Corazón de Dios y nos hace obtener lo que pedimos, como dice San Juan María Vianney: “La primera de las virtudes es la humildad, la segunda la humildad, la tercera la humildad. ¡Oh! ¡Hermosa virtud! Los santos pensaban que no eran nada, pero Dios los estimó y les dio todo lo que pidieron” [1].

Esto es lo que vemos en el evangelio de hoy. ¿Qué dice Bartimeo? ¿Afirma sus cualidades? Al contrario; dice: “Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí” (Mt 10, 47). “Ten piedad”… ¡qué raro es escuchar tales palabras de labios engreídos! Aún más raro es ver sus deseos, o más bien sus ambiciones, cumplidas. Si este ciego no fuera humilde, no habría pedido y no habría sido sanado…

Fe: garantía de ser atendido

Con la humildad, el alma ya está predispuesta a la oración y preparada para recibir lo que quiere. Sin embargo, Nuestro Señor nos pide más. Para que seamos verdaderamente atendidos, Él no solo quiere que reconozcamos nuestras miserias, sino que también confiemos en su Poder, con una Fe inquebrantable. Esto es lo que hace Bartimeo en el evangelio de hoy:

Entonces Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?» El ciego respondió: “Maestro, hacedme ver”. Jesús dijo: “Ve, tu fe te ha sanado”. Al instante, recuperó la vista y siguió a Jesús por el camino. (Mt 10, 51-52)

Su petición es categórica: “Domine, ut videam”. [2] Estas son las peticiones llenas de fe que mueven a Dios. Lo más impresionante es que Nuestro Señor atribuyó la curación a la Fe de ese ciego: “Tu fe te ha salvado” (Mt 10, 52). No sin razón Santo Tomás afirma que el Salvador condicionó la realización del milagro a la Fe, sólida o pequeña, que encontró en las almas [3].

Dios premia al insistente

Hay otra lección que nos da el Evangelio de hoy: perseverancia e insistencia en la oración. A veces Dios tarda en darnos lo que queremos para demostrar nuestra perseverancia. Es natural, por tanto, que si lo recibiéramos poco después de pedirlo, no le daríamos el debido valor a los bienes dados por Dios. Fue tal insistencia la que llevó a la curación de Bartimeo: Muchos lo regañaron para que se callara. Pero gritó aún más: “¡Hijo de David, ten misericordia de mí!” (Mt 10, 48)

A menudo nos sucede lo mismo: cuanto más pedimos, más el mundo, las tentaciones y nuestras pasiones y malas inclinaciones “nos reprenden para que callemos”. En este momento, no dejemos de suplicar, imitemos a Bartimeo, lloremos aún más fuerte: “Hijo de David, ten piedad de mí”. ¡Sin duda seremos atendidos!

Así que recemos. Pero con humildad, fe e insistencia.

Por Lucas Rezende

[1] FOURREY, René (Org.). Ce que prêchait le Curé d’Ars. Dijon: L’échelle de Jacob, 2009, p. 267-268.

[2] Del latín: «Señor, que yo vea” . [3] Cfr. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. III, q.43, a.2, ad 1.

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