miércoles, 08 de diciembre de 2021
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¿Cómo surgieron los colores litúrgicos?

Entre la constelación de signos y simbolismos presentes en la liturgia de la Iglesia encontramos colores, que también expresan valores sobrenaturales. Sin embargo, ¿ha sido así desde los inicios del cristianismo?

Redacción (27/10/2021 16:17, Gaudium Press) El hombre, según San Ignacio de Loyola, fue creado para alabar, rendir reverencia y servir a Dios, Nuestro Señor. Mediante la reverencia interior, reconoce la soberanía de Dios sobre su alma, y ​​mediante la alabanza y el servicio, manifiesta los sentimientos de sujeción a través de signos sensibles mediante la adoración exterior. [1] En este sentido, todo el ceremonial que envuelve las celebraciones litúrgicas de la Santa Iglesia, ya sean los gestos, las palabras, el canto, o incluso la calidad de los elementos ornamentales y objetos litúrgicos, expresan una profunda adoración a Dios Nuestro Señor y reverencia a ángeles y santos.

Ahora bien, hay otro aspecto muy relevante en la liturgia: la constelación de signos y símbolos que se exteriorizan de diferentes formas. Entre ellos, encontramos una variedad de colores que enfatizan la importancia de una fiesta o las características de un tiempo litúrgico. [2]

Sin embargo, ¿ha sido así desde los inicios de la Iglesia? ¿Cómo surgieron los colores litúrgicos?

Aparición de colores litúrgicos [3]

Cabe señalar que, en los primeros siglos del cristianismo, no existía una determinación en cuanto a los colores específicos de las vestiduras sagradas. Esto se puede ver en frescos y mosaicos en catacumbas y basílicas antiguas, en las que los artistas producían sus pinturas eligiendo al azar los colores de las vestimentas de los ministros. Sin embargo, muchos documentos de los siglos IV y V se refieren a vestimentas de espléndidos colores utilizados para el servicio del altar. En el siglo V, la denominada Carta Cornutiana (471) da fe de los ricos tejidos de púrpura y oro que adornaban y embellecían el copón de las basílicas. El color blanco, presente en los utensilios de lino, también se utilizó en las ceremonias cristianas bajo la influencia de los romanos, quienes utilizaron este color en los días festivos y en sus ceremonias religiosas, ya que simbolizaba la pureza ritual.

Los primeros vestigios de la relación entre un color y una fiesta litúrgica están contenidos en el Ordo Romano XXI, de la segunda mitad del siglo VIII. Este documento establece que en la Fiesta de la Purificación y en el día de las letanías mayores, el sacerdote y el diácono ingresaban al recinto sagrado vistiendo túnicas negras.

Ya en todo el imperio carolingio se encontró una enorme cantidad de colores en los ornamentos litúrgicos. Por ejemplo, en este período, un tratado irlandés discurre sobre los colores de las casullas que se utilizarán en la Santa Misa. Son: oro (amarillo), azul, blanco, verde, marrón, rojo, negro y morado. En el siglo XII, la iglesia latina de Jerusalén, erigida por los cruzados, tenía los siguientes colores: para Cuaresma, Purificación y Adviento: paramentos negros; Pentecostés, Fiesta de la Santa Cruz y San Esteban: rojo; Pascua: blanco; Ascensión: azul; Navidad: rojo, amarillo y blanco; y Epifanía: azul y amarillo. El motivo de tan variada cantidad de colores representaba el simbolismo espiritual contenido en cada uno de ellos, demostrando así una analogía con cada fiesta litúrgica.

Finalmente, en el siglo XIII, el Papa Inocencio III se presenta como el primer comentarista oficial sobre el simbolismo de los colores litúrgicos. En su obra De sacro Altaris Mysterio, desarrolla este tema y enumera cinco colores añadidos por la Iglesia de Roma: blanco, rojo, verde, negro y morado (equivalente al negro). Posteriormente, fueron aprobados por el Papa San Pío V y prevalecen hasta el día de hoy.

Simbolismo de los colores

Habiendo analizado el proceso histórico de los colores litúrgicos, pasemos ahora a sus valores simbólicos y las ocasiones adecuadas para su uso dentro de la liturgia [4].

El blanco simboliza el gozo, la inocencia, la gloria de los ángeles, el triunfo de los santos, la dignidad y la victoria del Salvador. Se utiliza en las fiestas de Nuestro Señor, en honor a la Santísima Virgen y, en general, en todas las fiestas de los santos que no son mártires.

El rojo representa, por su vivacidad y color sangre, el ardor de la caridad. Tiene su lugar en las fiestas del Espíritu Santo, la Santa Cruz, la Pasión, los Apóstoles y los Mártires.

Verde significa esperanza. Es propio de la época posterior a la Epifanía y a Pentecostés, como símbolo místico de nuestra peregrinación terrena hacia el Cielo, todo lo cual está impregnado de luchas internas y externas que todo católico debe afrontar a lo largo de su vida.

El morado denota penitencia, ayuno y la humillación de las propias faltas. Por ello, se utiliza en Adviento, Cuaresma, Vigilias y en memoria de los fieles difuntos.

El negro representa el duelo y el poder de las tinieblas que se levanta contra el Altísimo. Su uso se extiende únicamente al Sábado Santo y al oficio de difuntos.

El color rosa, utilizado los domingos de Laetare y Gaudete desde el siglo XIII, recuerda la bendición papal de la “rosa de oro”, [5] realizada el cuarto domingo de Cuaresma. A pesar de esto, en la Iglesia de Roma, el violeta prevaleció en los ornamentos, y el color rosa solo se adoptó a fines del siglo XVI. Aunque se permitió su uso, con el tiempo, en muchos lugares las vestimentas de este color llegaron a caer en desuso.

Finalmente, tenemos el azul. El uso de vestimentas de este color fue un privilegio concedido por la Santa Sede, en 1864, a las Iglesias de España e Hispanoamérica, en la fiesta y octava de la Inmaculada Concepción. El azul está, por tanto, asociado por tradición a Nuestra Señora, simbolizando su pureza y virginidad.

Por Guilherme Motta

[1] BATISTA REUS, João, Curso de liturgia. Río de Janeiro: Editora Vozes, 1944, p. 17.

[2] LÓPEZ MARTÍN, Julián. La liturgia de la Iglesia. Madrid: BAC, 1966, pág. 134.

[3] Cfr. RIGHETTI, Mario. Historia de la Liturgia. Madrid: BAC, 2013, pág. 1008-1012.

[4] Cfr. MARIA GUBIANAS, Alfonso. Nociones elementales de liturgia. Barcelona: Claris, 1930, pág. 330-333.

[5] La bendición de la «rosa de oro» se inició en 1049 con el Papa León IX, en la que se le presentó un jarrón de plata con rosas de oro el cuarto domingo de Cuaresma (Laetare) para ser bendecido y entregado como condecoración a Reinas católicas. El Papa ungía la rosa con el óleo sagrado del Crisma y la incensaba para que se convirtiera en un sacramental. Entonces, por analogía, la costumbre de usar vestiduras rosas en este día se extendió, así como más tarde al tercer domingo de Adviento (Gaudete), como recordatorio, en medio de la penitencia y el ayuno, de las alegrías de la Pascua y Navidad Cfr. En: https://liturgiapapal.org/index.php/manual-de-liturgia/vestiduras-liturgics/colores-lit%C3%BArgicos/89-azul.html

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