Debemos estar muy atentos para no despreciar las invitaciones de Dios en medio de los quehaceres concretos de la vida.

Parábola de la fiesta de bodas – Iglesia de Santa María, Óbidos (Portugal) – Foto: Francisco Lecaros
Redacción (11/10/2026 10:43, Gaudium Press) El Evangelio de este 28.º Domingo del Tiempo Ordinario nos recuerda un punto primordial de nuestras vidas en esta tierra de exilio: ¿cómo es mi empeño por alcanzar la salvación eterna?
Fuimos llamados por el bautismo
«El Reino de los Cielos es como la historia del rey que preparó la fiesta de bodas de su hijo. Y envió a sus criados a llamar a los invitados a la fiesta, pero estos no quisieron ir» (Mt 22, 2).
En el Antiguo Testamento, las celebraciones familiares tenían gran importancia. ¡Basta recordar que las fiestas de boda solían durar una semana entera!
Así, muchos exegetas señalan dos simbolismos en esta parábola: el primero ve en la fiesta de bodas una imagen de la unión de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad con la naturaleza humana; el segundo entiende que los invitados representan al pueblo judío.
Sin embargo, también podríamos aplicar tal imagen a las nupcias del Cordero con su Esposa, revestida de lino fino (cf. Ap 19, 7). Ahora bien, la Esposa Mística de Cristo es la Santa Iglesia, y nosotros —hijos de ella por el bautismo— somos los principales invitados a este acto.
Nuevas invitaciones
«El rey envió otros criados, diciendo: “Decid a los invitados: ya he preparado el banquete, los bueyes y los animales cebados ya han sido sacrificados y todo está listo. ¡Venid a la fiesta!”. Pero los invitados no hicieron el menor caso: uno se fue a su campo, otro a sus negocios; otros agarraron a los criados, los golpearon y los mataron» (Mt 22, 4-6).
A pesar de la primera negativa, el rey envió a otros criados para renovar la invitación. «Según la costumbre de los pueblos orientales: independientemente de la primera invitación, no dejan de avisar una vez más a los invitados, poco antes del banquete».[1]
Dios actúa con nosotros de modo análogo. Él siempre nos está haciendo una nueva invitación, ya sea por medio de una gracia, de nuestro Ángel de la Guarda, de una homilía que escuchamos o, incluso, de un consejo que recibimos.
Debemos estar muy atentos para no despreciar estas llamadas al ocuparnos de las cosas concretas de la vida.
Importancia de la caridad
«Cuando el rey entró para ver a los invitados, observó allí a un hombre que no llevaba traje de fiesta y le preguntó: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?”» (Mt 22, 11).
Podemos interpretar bien, con San Gregorio Magno, que ese traje de fiesta es la caridad: «Entra a las bodas sin las vestiduras nupciales aquel que, entrando en la Iglesia, no tiene la caridad».[2]
En efecto, el Bautismo nos introduce en la vida de la gracia y nos abre el camino de la salvación, siempre que cooperemos para tal fin. Por tanto, no basta con estar bautizado; es preciso vivir y actuar de acuerdo con la doctrina de la Iglesia. Quien, tras haber recibido grandes gracias, deja de corresponder a ellas, asume una responsabilidad aún mayor ante Dios en el día del Juicio Final. Aquel que tuvo la gracia de ser introducido en la Santa Iglesia Católica e instruido en sus doctrinas recibió mucho; y a quien mucho se le da, mucho se le exigirá (cf. Lc 12, 48).
Aquella que nunca rechazó la invitación
María Santísima es el modelo que Nuestro Señor nos dio para acoger las invitaciones que recibimos a lo largo de nuestra vida.
En efecto, desde la Encarnación del Verbo en su seno purísimo hasta la muerte de su Divino Hijo en la Cruz, Ella permaneció fiel a la voluntad de Dios y jamás rechazó una petición.
Sepamos recurrir continuamente a su auxilio para que, siguiendo su ejemplo, estemos siempre dispuestos a acoger las invitaciones de Dios y a corresponder fielmente a su gracia.
Por Kaio Calixto
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[1] FILLION, Louis-Claude. La Sainte Bible commentée. Paris: Letouzey et Ané, 1912, t.VII, p.143-144.
[2] SÃO GREGÓRIO MAGNO. Homiliæ in Evangelia. L.II, hom.18, n.9. In: Obras. Madrid: BAC, 1958, p.754.





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