lunes, 17 de enero de 2022
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Cuando los zuecos de la Revolución Francesa anunciaron al hippie

Análisis de Revolución y Contra-Revolución tendencial, tras las huellas de Plinio Corrêa de Oliveira.

Redacción (05/12/2021 11:31, Gaudium Press) Hay unos aspectos de la realidad de la lucha entre la Revolución y la Contra-Revolución que comúnmente no son considerados por los teóricos tradicionalistas, y que en la mente de Plinio Corrêa de Oliveira son más importantes incluso que la propia revolución en el pensamiento: se trata de la que él titula como la ‘revolución en las tendencias’, entendidas estas como el campo de las costumbres, de los ambientes, de las artes.

Comparemos por ejemplo las modas pre-Revolución Francesa con algunas que ahí y luego se manifestaron, siempre intentando usar los lentes del Dr. Plinio.

Un día él manifestaba su encanto con las lindas faldas-balón que por ejemplo usaba María Antonieta y sus contemporáneas y predecesoras – trajes con los que cualquiera que tenga rezagos de inocencia debería también entusiasmarse – pero también gustaba de apuntar como el requinte de buen gusto que se alcanzó entonces (y que incluso nuestro decadente siglo no dejó de admirar), tenía como requisito, como estructura de base, la ascesis, el esfuerzo, hasta en la moda femenina. Usar esas faldas no era propiamente ‘fácil’, portar los corsés que definían el torso femenino el cual hacía armónico contraste con lo amplio de las faldas brocadas o de tul, no era propiamente el auge de la comodidad. El resultado era bello, muy bello, para la interesada y los comensales, pero detrás había un pequeño y a veces no tan pequeño calvario, más o menos bien asumido.

Y así con todo, con el llamado savoir dire, savoir faire, savoir plaire, el ‘saber decir decir, saber hacer, saber agradar’ de esos tiempos que creaban una atmósfera maravillosa difícilmente mejor inmortalizada que por la frase de Talleyrand, cuando dijo que ‘quien no conoció el Antiguo Régimen no conoció la dulzura de vivir’: para un observador externo ese podría ser un mundo paradisíaco de mera dulzura, bibelots y macarrones, pero quien viese la realidad completa, no dejaría de observar sustentando ese paraíso a la cruz del esfuerzo, de la ascesis, en el fondo el dolor que sostiene y produce el pulchrum.

Por eso, cuando el vendaval del odio, de acero y de sangre de la Revolución Francesa se abatió sobre ese mundo, no dejó de hacerlo también en el campo de la moda, y por ello a los trajes tipo Ancien Régime se les opuso en el auge de la revolución el de las mujeres de trajes simplones y mejor si no son muy limpios, de zuecos y malos hálitos, de odio hacia el carey y a  cualquier ornato. Esas modas no fueron sino una manifestación de odio que no estaba llamada a conquistar la moda femenina de entonces ni los días sucesivos (algo que sí hizo tiempo después), pero que gritó en su momento el principio que está detrás de toda la decadencia: «Esa belleza que esos admiran tiene por detrás el control de las pasiones y el esfuerzo; ese pulchrum implica también que no debo ceder a mis más bajos instintos sino yugularlos y encausarlos hacia arriba. ¡Pues no! Prefiero la simplicidad no bella, incluso el horror, pues si nos estamos liberando de esos reyes, también nos vamos a liberar se ese pulchrum opresor. Viva la ‘simplicidad’ aunque no sea bella».

Había hecho su aparición el feto del hippie mechudo, maloliente y ‘liberado’ de Woodstock…

Las bellas pero ‘difíciles’ modas generaban un ambiente que ‘decía’ a las gentes que había que privilegiar el esfuerzo porque sus frutos eran buenos y bellos. Desaparecidas las faldas-balón y su entorno de buenas y requintadas formas en el decir, en el comportarse, eso evidenciaba y a su vez potenciaba una derrota del reino del esfuerzo (en el fondo de la cruz). Se había perdido una crucial batalla.

Y no, no era cuestión de “dinero”. La prueba de ello es que apagado el diluvio de fuego y sangre revolucionario, muchos de los estilos de los sans-culottes y sus ‘compagnas’ fueron adoptados después incluso por la nobleza y por la alta burguesía. Ciertamente muchas de las señoras que usaban otrora falda-balón a la par de admirarla ya estaban ‘cansadas’ con la ascesis que usarla requería y saludaron con alegría la simplicidad revolucionaria.

Y aquí vamos llegando al fondo de la cuestión.

Es la virtud, es el alcanzar la verdad, la bondad y la belleza lo que requiere esfuerzo, ascesis, cargar la cruz, pues llegar al vicio y la fealdad, no; para bajar a sus sótanos húmedos y malolientes es solo dejar correr el río interno del pecado original.

El pecado original es la rampa fácil e inclinada hacia el horror; la virtud es subir con sudor la ladera más o menos empinada del negarse a sí mismo rumbo a la luz. Trae muchas alegrías esta ascensión, pero cuesta. Para subirla Dios nos da su gracia y con la gracia vienen las alegrías, de la virtud y de la civilización. Pero ahí está siempre la cruz.

Y por ello es forzoso que cuando una civilización deja de acceder a los canales de la gracia, deja de ser cristiana, no hay fuerza para el esfuerzo y nace Woodstock, y cosas peores, como esas que conoció el hijo pródigo en las porquerizas con los cerdos. Pero siempre habrá la posibilidad de emprender el camino de vuelta a la Casa de la gracia Paterna…

Por Saúl Castiblanco

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