miércoles, 17 de agosto de 2022
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De la Esfera al Poliedro: ¿Se adaptará la Iglesia?

La Iglesia fue dejada por Nuestro Señor Jesucristo para guiar a los hombres, para legislar moralmente sobre ellos, para orientarlos y asistirlos. No es asunto de la Iglesia adaptarse para agradar o satisfacer los deseos del hombre.

Foto: Cathopic/Valle GB.

Redacción (19/07/2022 13:43, Gaudium Press) En la década de 1960, varios movimientos revolucionaron el mundo, incluidos los que pretendían liberar a la mujer, la revolución sexual, la permisividad, el aborto y la difusión de la píldora anticonceptiva. Como la Iglesia, por su carácter de conservación de la moral, tiene un peso considerable frente a los procesos revolucionarios, no tardaron en surgir críticas y cierto hostigamiento y presión para la aprobación de métodos anticonceptivos artificiales por parte de la Santa Sede.

El 25 de julio de 1968, el Papa San Pablo VI publicó la encíclica Humanae vitae, que regulaba la posición de la Iglesia al respecto. Muy sabiamente, el Santo Padre hizo una cuidadosa introducción al documento, haciendo todas las consideraciones posibles sobre cuestiones relacionadas con la procreación, las dificultades que afrontan las parejas, muchas de las cuales no pueden tener descendencia numerosa, y ejemplificó magistralmente sobre el papel de la Iglesia como guardiana y difusora de la voluntad de Dios. El sumo pontífice explicó que, si bien hay una comprensión de todas las dificultades materiales y morales que enfrentan las familias, la voluntad soberana de Dios es innegociable, dejando en claro la inadmisibilidad moral de la contracepción artificial.

No hace falta esforzarse mucho para concluir que, en la efervescencia de los cambios – que culminarían en el mundo de la permisividad, en el que vivimos hoy –, el Pontífice enfrentó muchas críticas y oposiciones, veladas en unos casos, declaradas en otros, pero fue firme en su postura, cerrando el asunto con una encíclica muy rica y amplia, mostrando la preocupación y el cuidado de la Iglesia por el ser humano en todas las instancias de su vida.

La Iglesia no declara lícito lo que no lo es

Previendo los ataques que sufriría, tanto del entorno como del seno mismo de la Iglesia, San Pablo VI se expresó así: “Se puede prever que estas enseñanzas no serán quizá fácilmente aceptadas por todos: son demasiadas las voces —ampliadas por los modernos medios de propaganda— que están en contraste con la Iglesia. A decir verdad, ésta no se maravilla de ser, a semejanza de su divino Fundador, ‘signo de contradicción’, pero no deja por esto de proclamar con humilde firmeza toda la ley moral, natural y evangélica. La Iglesia no ha sido la autora de éstas, ni puede por tanto ser su árbitro, sino solamente su depositaria e intérprete, sin poder jamás declarar lícito lo que no lo es por su íntima e inmutable oposición al verdadero bien del hombre”. “La Iglesia, efectivamente, no puede tener otra actitud para con los hombres que la del Redentor: conoce su debilidad, tiene compasión de las muchedumbres, acoge a los pecadores, pero no puede renunciar a enseñar la ley que en realidad es la propia de una vida humana llevada a su verdad originaria y conducida por el Espíritu de Dios”.

Justificando la posición adoptada por el magisterio de la Iglesia sobre un tema de tanta importancia, el Papa demostró que se fundaba en el vínculo inseparable que Dios quiso, y que el hombre no puede alterar por su propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador. Con mucha reflexión, Pablo VI afirmó que “El matrimonio no es, por tanto, efecto de la casualidad o producto de la evolución de fuerzas naturales inconscientes; es una sabia institución del Creador para realizar en la humanidad su designio de amor. Los esposos, mediante su recíproca donación personal, propia y exclusiva de ellos, tienden a la comunión de sus seres en orden a un mutuo perfeccionamiento personal, para colaborar con Dios en la generación y en la educación de nuevas vidas”.

Con mucha claridad, el Pontífice declaró que el matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de la prole” y que, “los hijos son, sin duda, el don más excelente del matrimonio y contribuyen sobremanera al bien de los propios padres”. Y por tanto, “en la misión de transmitir la vida, los esposos no quedan, por tanto, libres para proceder arbitrariamente, como si ellos pudiesen determinar de manera completamente autónoma los caminos lícitos a seguir, sino que deben conformar su conducta a la intención creadora de Dios, manifestada en la misma naturaleza del matrimonio y de sus actos y constantemente enseñada por la Iglesia”

De la esfera al poliedro: un cambio radical

Han pasado más de 50 años y ahora está la Pontificia Academia para la Vida, instituto creado por San Juan Pablo II en 1994 para estudiar y orientar sobre los principales problemas de la biomedicina, relacionados con la promoción y defensa de la vida, que parece un cambio de paradigma en la teología moral que incluye abandonar la doctrina establecida sobre anticoncepción, eutanasia y formas artificiales de concepción.

Según noticias publicadas por la prensa italiana, los partidarios de este cambio alientan al Papa Francisco a publicar una encíclica que establezca esta ruptura radical con el consenso del magisterio eclesiástico sobre este delicado tema, incluso arriesgando un nombre para la supuesta (y deseada por ellos) encíclica: Gaudium vitae (Alegría de vivir).

La citada Academia acaba de publicar el libro “Ética teológica de la vida: Escritura, tradición y desafíos prácticos” (en traducción libre), que resume los temas presentados y discutidos en el seminario teológico realizado en 2021.

En la introducción del libro, el arzobispo Vincenzo Paglia, designado por el Papa Francisco y al frente de la Academia desde 2016, afirma que “el texto realiza un cambio radical, pasando, por así decirlo, de la esfera al poliedro, presentando una exposición fundamental de la visión cristiana de la vida, ilustrada en sus aspectos existenciales más relevantes para el carácter dramático de la condición humana y abordada desde la perspectiva de una antropología adecuada a la mediación cultural de la fe en el mundo de hoy”. El arzobispo Paglia justifica que “parte de este cambio con respecto a los enfoques anteriores de la teología moral está vinculado al criterio rector del ‘diálogo amplio’, que incorpora no solo diferentes posiciones teológicas, sino también las de no católicos y no creyentes”.

Como el documento acaba de salir a la luz, aún no he tenido la oportunidad de leerlo para hacer una justa valoración de lo que contienen sus 528 páginas, sin embargo, una pequeña frase, pronunciada por Nuestro Señor Jesucristo, me basta para refutar el ignorado y controvertido contenido: “Pero sea vuestra palabra: sí, sí; no no; porque cualquier cosa más que esto es del maligno.” (Mt, 5, 37)

¿Debe adaptarse la Iglesia?

El relator del libro, el P. Carol Casalone, también miembro de la Pontificia Academia de la Vida, hizo la siguiente declaración en una entrevista sobre el libro: “Como teólogos morales, debemos preguntarnos por qué estas preguntas conturbadas siguen siendo motivo de inquietud e incluso desolación entre los creyentes. Nos dimos cuenta de que para llegar a una mejor comprensión de estos temas teníamos que abrir un diálogo; y en este enfoque dialógico debemos tener en cuenta lo que el pueblo de Dios entiende y siente sobre ellas”. Razonamiento justificado por el hecho de que muchas parejas católicas desobedecen las enseñanzas de la Iglesia, utilizando métodos anticonceptivos rechazados por ella. Entonces, si los fieles desobedecen, ¿debería la Iglesia cambiar sus enseñanzas para adaptarse a su desobediencia?

A ver, hay gente a la que le gusta robar – y no son pocos –, desde los chicos que roban móviles en los raids de las playas o haciéndose pasar por repartidores de comida rápida, hasta los que roban la bombona de gas de su propia madre para cambiarla por drogas en la puntera, incluso quienes ocupan puestos de mando y roban al pueblo, a las instituciones, a los gobiernos y hasta a la Iglesia. Es cierto que, entre ellos, muchos creen en Dios, asisten a los servicios, reciben los Sacramentos y participan en la vida activa de sus comunidades. Pero son ladrones y el acto de robar está prohibido por las Leyes de Dios (Séptimo Mandamiento). ¿Debemos entonces admitir que, para estar en línea con estos “fieles” e incluso con “no católicos y no creyentes”, la Iglesia debe comenzar a admitir algunas categorías de robo como aceptables y que el Santo Padre escriba una encíclica sobre ¿eso? Ahora bien, una pareja que se cierra a la vida, mediante el uso de métodos artificiales, le está robando a Dios el derecho de traer sus hijos al mundo, y se está robando a sí misma el derecho –y el deber– de participar en la Creación, razón por la cual se instituyó el matrimonio.

La Iglesia fue dejada por Nuestro Señor Jesucristo para guiar a los hombres, para legislar moralmente sobre ellos, para guiarlos y asistirlos. No es asunto de la Iglesia adaptarse para agradar o satisfacer los deseos del hombre. El mundo cambia, pero la Palabra de Dios permanece, por eso la Cátedra de Pedro, por más embates que haya sufrido, permanece en pie hasta el día de hoy, y lo seguirá siendo hasta el fin de los tiempos, porque es promesa de Jesús de que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella (cf. Mt 16,18). El infierno intentará entrar, intentará imponerse, intentará modificar la doctrina milenaria que sustenta este edificio espiritual, pero no lo logrará.

¿Escribirá el Papa una nueva encíclica?

Es inútil hacer conjeturas sobre las decisiones del Papa Francisco. Admitir que aceptará lo sugerido y escribirá una nueva encíclica, cambiando la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio, la anticoncepción, la reproducción asistida y la eutanasia, por ahora, es solo especulación.

Si bien el arzobispo Paglia, que es uno de los principales entusiastas del cambio de la Iglesia en el área de la bioética, ha proclamado en sus declaraciones para la difusión del libro que el Papa estuvo informado desde el principio sobre la iniciativa y la publicación de las actas y que, “aparentemente alentó la discusión” y el teólogo Larry Chapp argumente que el Papa parece “dispuesto favorablemente al tipo de teología moral defendida en el documento de la Academia”, no podemos dejar de considerar que los papas que sucedieron a San Pablo VI permanecieron de acuerdo con él sobre la no utilización por parte de las parejas católicas de métodos anticonceptivos artificiales, que el Catecismo de la Iglesia describe como “intrínsecamente malos”.

Recordemos también las palabras de la encíclica de San Pablo VI dirigida especialmente a los sacerdotes: “Sabed también que es de suma importancia, para la paz de las conciencias y para la unidad del pueblo cristiano, que, tanto en el campo de la moral y en el del dogma, todos se adhieran al Magisterio de la Iglesia y hablen el mismo idioma. Por eso, con toda el alma, os repetimos el llamamiento del gran Apóstol San Pablo: ‘Os ruego, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que todos digáis lo mismo y que no haya entre vosotros divisiones, sino que todos estéis unidos, en un mismo espíritu y en una misma opinión’ ”.

Por Alfonso Pessoa

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