lunes, 19 de abril de 2021
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De un cisne hasta el Sagrado Corazón de Jesús: el itinerario de Plinio Corrêa de Oliveira

Un día encontró la Clave en una estatua.

Redacción (23/03/2021 10:59, Gaudium Press) Creo que un signo de madurez en la fe, aunque el camino del peregrino haya sido y siga siendo arrevesado, es cuando se entiende que al final, todo gira en torno a Dios, todo tiene relación con Dios, realmente Dios está presente y gobierna este Universo, incluso la historia caótica de los hombres.

Lo expresa el común del pueblo que aún tiene fe, cuando dice por ejemplo que “los tiempos de Dios son perfectos…”. Algunos se burlan de esa expresión, intentan ridiculizarla… pero no se reirán de a mucho cuando en el juicio particular, Dios les diga que su tiempo en la tierra se ha acabado, y que llegó la hora del tiempo de Dios, eterno, que algunos pasarán en la Gehenna y otros en la gloria.

Pero en fin, dejemos que los muertos entierren a sus muertos, e intentemos explicar a qué nos referimos cuando hablamos de esa madurez en la fe, que puede ser alcanzada perfectamente por un niño.

***

Contaba el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira cómo fue su recorrido hacia el ‘descubrimiento’ del Sagrado Corazón de Jesús.

Inocente hasta el extremo, lo que significaba contemplativo de las maravillas del Orden del Universo, él se encantaba con las hojas azuladas y plateadas de un sauce, con los cisnes y las mariposas de un parque, con las mil y mil pequeñas-grandes maravillas que Dios puso en la Creación y que van siendo ‘descubiertas’ por el infante.

Él va contemplando arrobado un orden, un orden magnífico, que incluso ‘arquetipiza’ (palabra inventada por el Dr. Plinio), es decir idealiza, porque sabe que a ese orden maravilloso corresponde uno aún más perfecto, el Cielo Empíreo, que él ya va procurando aquí en la tierra en la idealización de las cosas que ya son maravillosas.

Una contemplación que lo modelaba

Esa contemplación y admiración del Orden del Universo, encontraban entera consonancia con la limpieza de su alma: él se siente afín y unido a ese Orden, y aún más, ese Orden como que lo moldea y lo completa. Decía el Dr. Plinio que contemplando una acacia que había en el jardín de su casa, se sentía como elevado, como que más civilizado en esa relación con la belleza que Dios había puesto en esa planta. Y así con todos los objetos de su contemplación.

Sin embargo, afirmaba el Dr. Plinio que especialmente sentía la ordenación y la ‘caricia’ de Dios en el análisis que él hacía de la dignísima persona de su madre, Doña Lucilia Corrêa de Oliveira Ribeiro dos Santos, que además de enseñarle los primordios de la fe, era ella misma modelo y maestra de lo que su ser sentía ansias de ser, es decir, un hombre que tocaba para frente y con decisión las obligaciones del día a día, las contingencias de esta tierra, pero con un espíritu puesto en esa contemplación, en ese mundo de encanto donde todo lo relacionaba con Dios, donde como que conversaba con Dios cosas magníficas, que le hacían tener una visión explicativa y superior de la realidad.

Pero un día – y otros también – su madre lo llevó a la bella y magnífica iglesia salesiana vecina, la del Sagrado Corazón de Jesús, en la que Plinio niño se deparó sorprendido y admirado con la efigie del más Alto Ser, con la piedra que cierra la cúpula del Orden del Universo, la Clave divina del mismo, el Hombre-Dios.

Es claro que todo este camino estuvo rociado por la gracia de Dios.

En contacto con la estatua del Sagrado Corazón, Plinio pensaba: ‘Él es más que mi mamá, es la perfección de todo, es de donde parte toda perfección, esas perfecciones que he contemplado admirado. Ahora entiendo por qué mi madre es como es, porque ella está cerca de este Ser; todas las perfecciones parten de Él y lo simbolizan. Cómo su manto rojo es impecable, y debía tener ese borde de oro, pues si no Él no representaría adecuadamente su dignidad. Mire la posición de su mano indicando el dolor de su corazón, en posición perfecta y delicada, aristocrática; miren su porte, digno, sin deseo de aparecer; su pelo da la impresión de que cada cabello está en posición perfecta, como su barba. Él es la cúpula de las maravillas, es el eje, el centro del Orden del Universo’. Él es el Rey, Eterno, Invencible.

Había hallado el reposo de su alma

El Dr. Plinio había hallado su punto de reposo, su sede propia, su ‘palacio’ en este valle de lágrimas, el descanso de su inocente alma que buscaba la sublimidad absoluta.

Decía que en su espíritu infantil su deseo era de vivir a los pies de ese Ser, de hacer todo junto a ese Ser, inclusive comer un postre, realizar sus deberes escolares, y por supuesto, también alabar a ese Ser. Toda la contemplación previa de las maravillas del Orden del Universo había sido una preparación, una escuela para el encuentro de ese Ser. El Dr. Plinio conocía la mentalidad de ese Ser, y quería que la suya fue solo un reflejo de ella.

A partir de esas consideraciones, el Dr. Plinio después fue viendo que todas las maravillas de la Iglesia, a lo largo de su bimilenaria historia, eran como que emanaciones de ese Ser, y el amor al Sagrado Corazón se fue tornando igualmente en amor a la Iglesia Católica Apostólica y Romana.

Se percibe en este esquema la solidez de una fe adquirida por esa vía, que es por lo demás una vía muy con-dicente con el proceso natural de conocimiento humano, con el ser humano.

Es decir, el catecismo es fundamental para fortalecer la fe, pero la fe ya se prepara en la contemplación de las maravillas del Orden del Universo, que encuentra su coronación en los Sagrados Corazones de Jesús y María, y sus desdoblamientos magníficos en las maravillas de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana.

Por Saúl Castiblanco

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