lunes, 19 de abril de 2021
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Dos conversaciones, dos épocas históricas

La solemnidad de la Anunciación del Señor celebra la mayor división de la historia: antes y después de Cristo. Dos épocas históricas. Cada una iniciada por una conversación entre un representante de la raza humana y un Espíritu Angélico.

Redacción (25/03/2021 11:07, Gaudium Press) En medio a los tonos violetas del tiempo litúrgico de la penitencia, la solemnidad de la Anunciación del Señor irrumpe con un resplandor luminoso. Así, al mismo tiempo que la liturgia sugiere a los fieles actos de penitencia por sus faltas durante la Cuaresma, también transmite cierto consuelo al ver, en el anuncio del ángel a la Santísima Virgen, la falta de nuestros primeros padres reparada y restablecida la “armonía”. del universo”.

La tradición y la mística cuentan que, en su vida terrena, Nuestra Señora se dio cuenta del episodio en el que “el más astuto de todos los animales” entró en el Paraíso Terrenal y entabló un diálogo con Eva. Ella se indignó y, de alguna manera, quise repararlo ante Dios.

Así, se hace evidente el paralelismo entre el diálogo de Eva con la serpiente y el coloquio de la Santísima Virgen con el Arcángel Gabriel: dos espíritus angelicales, dos vírgenes, dos conversaciones, dos épocas históricas…

La que Adán llamó “madre de todos los seres vivos”, provocó la muerte en el mundo y provocó la expulsión del Paraíso. La Eva de la Nueva Alianza era digna de ser “fue el paraíso terrenal del nuevo Adán” [1] y generó la vida divina misma.

Sin duda, podemos afirmar que la dirección de la historia pasó por las manos de Eva y María. Una generó la Antigua Alianza; otra, la “Sangre de la Nueva y Eterna Alianza”.

La “Era de Eva”

Todo marchaba a la perfección en el Paraíso hasta que nuestros primeros padres, puestos a prueba, prevaricaron. Eva consintió en la vil propuesta de la serpiente y convenció a su esposo de que se deleitara con el manjar prohibido (cf. Gn 3, 1-7).

El Antiguo Testamento está marcado por las consecuencias de esta conversación…

Entre los primeros hijos de Eva encontramos un fratricidio (Cf. Gn 4, 8), la sangre derramada por Abel es la primera demostración del mal humano, ahora continuo, ahora oscilante, a lo largo de la Historia.

Poco después, nos encontramos con ocho personas flotando en aguas infinitas, salvadas dentro de un arca, ya que solo un hombre fue encontrado justo en la tierra (Cf. Gn 5-7).

Enseguida, una torre pérfida se eleva para desafiar a la Omnipotencia Divina. Confusión, dispersión mundial (Cf. 11, 1-9); y dos ciudades dignas del fuego del cielo (Cf. 19, 24-25).

Luego vemos, tambaleándose por el desierto, una multitud recién formada, rebelde, en medio de murmuraciones e idolatría, contra Aquel que la había salvado no solo de las aguas, sino de la carga de la esclavitud.

Comienza la historia de los jueces y reyes del pueblo hebreo…

En fin, ¿cuántos vaivenes conoció el Antiguo Testamento a causa de un diálogo…

La mudanza

El paso de la “Era de Eva” a la “Era de María” se produce con otra conversación y otra concesión: un fiat.

Algunos milenios después de que la primera Eva accediera a la serpiente, “el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen casada con un hombre, que se llamaba José, de la casa de David; la Virgen se llamaba María” (Mt 1,26-27).

Otro Espíritu Angélico entra en la historia y le hace una nueva promesa a una Virgen: “He aquí, concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, al que llamarás Jesús. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de su padre David; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre; y su reino no tendrá fin” (Mt 1, 31-33). Y aún: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra. Y por eso mismo, el Santo, que nacerá de vosotros, será llamado Hijo de Dios” (Mt 1, 35).

Una promesa tal vez superior a la de la serpiente: a la Virgen Humilde no se le prometió que mantendría los ojos abiertos. ¿Para qué abrir los ojos cuando se está cubierto por la sombra del Paráclito? No se le prometió que sería una “diosa”, sino la Madre del único Dios Verdadero. Incluso el fruto del árbol de la vida, que la serpiente ni siquiera mencionó, Dios se lo dio a María cuando le dice, a través del Ángel, que el reinado de su Hijo no tendrá fin.

Se puede decir que lo que la serpiente promete no se cumple, pero lo que Dios nos pide donar, Él mismo nos corresponde cien veces más.

La “Era de María”

Este coloquio genera un nuevo régimen de gracia, un nuevo período histórico. El Nuevo Testamento está marcado por las consecuencias de la primera conversación, pero sobre todo de la segunda:

El Hijo engendrado por María es Dios y Hombre, muere en la cruz, “da la vida por sus hermanos”; la sangre derramada por Nuestro Señor marca la infusión de gracias del Nuevo Testamento.

Poco después, nos encontramos con doce apóstoles predicando en tierras infinitas.

Entonces, surgen feroces persecuciones que desafían la Omnipotencia del Crucificado. Dispersión de cristianos en la tierra, aglomeración de mártires en el cielo.

Cuando los cristianos adquieren la ciudadanía, vemos la ortodoxia amenazada por herejías, pero socorrida por los concilios.

Comienza la historia de la Iglesia y la Civilización Cristiana …

Finalmente, dos milenios después, aquí estamos. ¿Qué observamos? ¿Una humanidad marcada por el anuncio de la “Nueva Alianza” o por las falsas promesas de la serpiente antigua?

Por supuesto, la Preciosa Sangre – de la “Nueva y Eterna Alianza” – no puede haber sido derramada en vano. Poseyendo un valor infinito, no hay maravillas que le sean imposibles. Las promesas de Fátima también parecen indicar que el auge de la “Era de María”, el triunfo de su corazón y los mejores frutos de esta Sangre Divina están por llegar.

Aprovechemos los últimos días de la Cuaresma, con confianza inquebrantable y de rodillas en el suelo, implorando al Divino Redentor gracias inéditas para nuestros días.

Por Fernando Mesquita

[1] MONTFORT, Luís Maria Grignon de. Tratado da Verdadeira Devoção à Santíssima Virgem. Monfortinas, 2001, p. 13.

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