lunes, 26 de octubre de 2020
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El envidioso pastor presbiteriano, Mr. Jekyll y Mr. Hyde, San Damián de Molokai y la congresista Ocasio-Cortez

Cuenta Santiago Posteguillo un anecdótico y muy interesante hecho ocurrido con Robert Louis Stevenson, el escocés autor de varios clásicos como la Isla del Tesoro o El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde.

Redacción (06/10/2020 18:24, Gaudium Press) Con frecuencia la Historia historia es más interesante que la ficción.

Cuenta Santiago Posteguillo en su cautivante estudio La Sangre de los Libros (Planeta, 2016), un anecdótico y muy interesante hecho ocurrido con Robert Louis Stevenson, el escocés autor de varios clásicos como la Isla del Tesoro o El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde, el cual, confesamos, nunca leímos, pero del que hemos visto algunas de sus adaptaciones al cine.

En este famoso thriller el abogado Gabriel John Utterson investiga la relación existente entre dos personajes que conoce, su amigo el Dr. Henry Jekyll, y el malvado Mr. Edward Hyde. Al final, se descubre que los dos son uno mismo, y que el Dr. Jekyll, el amable y apuesto, había creado una bebida que separaba la parte mejor de la peor del ser humano. Y que cuando la bebía se convertía en el pésimo Hyde.

Quería simbolizar Stevenson, según se cuenta, la dualidad existente en todo ser humano, ya descrita 18 siglos antes por el apóstol Pablo: “No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero”.

Stevenson sí conoció a un Mr. Hyde

Cuenta Posteguillo que estando Stevenson en Hawai, supo con indignación de un pastor presbiteriano de nombre Hyde que había tenido un gesto casi peor que los que el autor había fabricado para el personaje su novela.

Este pastor, en carta dirigida a las autoridades eclesiásticas, había criticado a San Damián de Molokai, el gran santo belga que entregó su vida para atender a los enfermos de lepra, y que 16 años de atención a estas personas hizo que contrayera también la enfermedad. En la carta el pastor Hyde casi que acusaba a San Damián de haber sido culpable de quedar enfermo por falta de higiene. Es decir, el Hyde real tenía sentimientos tan ruines como los del Hyde de la novela.

La indignación de R.L. Stevenson fue tal, que redactó e hizo público el escrito “Padre Damián – Una carta abierta al reverendo doctor Hyde de Honolulú de Robert Louis Stevenson”, en las que arremetía contra el reverendo Hyde defendiendo al sacerdote santo.

No fue que Stevenson se inspirara en el presbítero Hyde para la creación posterior de su personaje de novela, pues la obra había sido escrita tres años antes de estos hechos, que se dieron entre 1889 y 1890. Fue en este caso que la literatura anticipó la realidad.

En pleno S. XXI, una nueva Mr. Hyde, ahora vestida de congresista

Pero la realidad no deja de sorprendernos, y a veces de repetirse. Gaudium Press noticiaba hace unos días que el 31 de julio pasado la congresista Alexandria Ocasio-Cortez, representante demócrata por Nueva York, la emprendía contra el dulce Santo belga, diciendo que el que la estatua de San Damián de Molokai representase el estado de Hawai en el capitolio americano, era una muestra más del supremacismo blanco, de una actitud colonizadora, machista.

Las reacciones a esas absurdas declaraciones no se hicieron esperar, desde dentro, pero también de afuera de los EE.UU. Resulta que San Damián es figura nacional belga, y por lo tanto las palabras de la congresista Ocasio podrían haberse constituido en una ofensa a una figura nacional extranjera.

Pero lo cierto es que no podemos dejar de relacionar las intervenciones de la congresista con las del presbiteriano pastor y con la figura del famoso personaje de la novela de Stevenson.

Si hay un santo que es difícil criticar es San Damián de Molokai, pues realmente es muy ruin no admirar a alguien que prefirió hacerse enfermedad y muerte solo por caridad hacia personas sufridoras del otro lado del globo.

Sin embargo la novela de Stevenson no deja de recordar algo muy cierto: Todos tenemos nuestro Mr. Hyde interno, a veces oculto, a veces no tanto, ese que la Iglesia llama pecado original, aquel que San Pablo llamaba la ley de la carne contra la ley del espíritu.

Y a ese Mr. Hyde solo se le puede esconder, ahogar, yugular con el auxilio de Dios, que hay que pedir. No es necesario tomar el brebaje de Mr. Jekyll para que exista el Mr Hyde, pues ese está ahí.

Y si no se lucha contra él, al final sale, se manifiesta, sea por la boca de un pastor presbiteriano envidioso, de una congresista fanática, o simplemente en las acciones malas que todos cometemos.

Acciones que ojalá no lleguen a esos extremos, de criticar a un tal santo. Pero así somos los hombres, que inclusive fuimos capaces de matar a todo un Dios en una cruz.

Por Saúl Castiblanco

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