“…el fog, la bruma, era uno de los atractivos de Londres. Que no era solo el fog, sino la combinación de la niebla con vitrinas iluminadas transbordantes…”
Redacción (02/09/2026 11:20, Gaudium Press) “¿Cómo el mundo pudo haber abandonado el estilo Sherlock Holmes en favor del mujeriego y cabeza hueca James Bond?”, me preguntaba esta mañana, mientras degustaba mis cotidianos ‘pericos’ —que así se le dice en mi tierra a los muy arraigados matutinos huevos revueltos con cebolla y tomate— intentando seguir las historias del detective en su lengua original.
Sherlock —el auténtico de Conan Doyle, no el de las versiones mentirosas hollywoodenses— aunque leve y ocultamente cocainómano y medio ateo, ese sí que era un personaje interesante, bien divertido al fragor de sus excentricidades y sus deducciones de lupa. En él brillaba no la agilidad mecánica y simplona de los músculos sino la muy superior del espíritu, para desentrañar, con la facilidad que da la inteligencia aguda, observadora y científica, los casos más enredados, en los que los adversarios tampoco eran trogloditas ni mucho menos, sino tan astutos y sabidos como el némesis profesor Moriarty.
—Lo que pasa es que usted está pensando con su cabeza y su corazón. Recuerde que el Dr. Plinio le mandó decir, no como elogio, que usted era un romántico racionalista del siglo XIX, y si hay una figura representativa de ese estilo tocado es el inteligente compañero del Dr. Watson, me respondió a mí mismo lo más profundo de mi conciencia.
De hecho, y sin discutir la agudeza psicológica del prof. Plinio Corrêa de Oliveira, atestiguada por miríadas y miríadas de testimonios, quise entonces hacer una valoración de los dos personajes, de Holmes y Bond, a la luz de la vara de medir de todo, que debe ser la doctrina católica apostólica y romana, y sí, creo que Sherlock le gana por goleada al 007, simplemente porque es más específicamente humano y menos animal.
En estos días me llegó la noticia de que tengo no pequeñas pizcas de sangre inglesa, escocesa e irlandesa. Me enteré por vía de esos test de ADN de mapas ancestrales, que se mandó a hacer con algo de esnobismo una hermana, test que en un tiempo fueron el boom y hoy se realizan más por información sanitaria. Pero sí, la presencia de esas pizcas tal vez me explica algunas tendencias propias, no tan buenas, harto presentes en esas islas que un día constituyeron el peor exilio para los infractores de Roma.
—Pero espérese, la verdad está en los matices, decía Talleyrand.
—¿El príncipe de Talleyrand, ese que un día soltó que el inglés es para los caballos?
—Que no fue Talleyrand, fue Carlos V, y lo dijo para el alemán, no para la lengua de Shakespeare.
—Alemán, sajón, inglés, mazorcas del mismo bulto gótico, salvo la buena presencia del francés en el diccionario de Oxford, siguió retumbando mi diálogo interior.
Pero no, la cultura granbritania debe ser vista como la debe ver un católico, es decir, a la búsqueda de lo que de Dios allí persista, y a la execración de las carencias de Dios que allí se manifiesten.
Entonces intenté recordar algo de lo mucho que el Dr. Plinio, gran conocedor de las historia de los pueblos, había dicho sobre los anglos.
Decía él que por paradójico que fuera, el fog, la bruma, era uno de los atractivos de Londres. Que no era solo el fog, sino la combinación de la niebla con vitrinas iluminadas transbordantes de las más variadas mercancías, que ellos sabían llevar de sus colonias y del comercio con el mundo entero. De un ambiente oscuro, misterioso y por ello con nota hostil, se podía fácil pasar al calor acogedor de almacenes o residencias decoradas con buen gusto, de lujo sobrio de paredes recubiertas con tejidos de tartán, en los que dan ganas de quedarse abrigado por el fuego de una chimenea, tal vez con alguien que toque el violín, incluso alguno que fume un puro o una pipa, y sobre todo tenga buena conversa. Uyyy, sí: tal como Baker Street, con un Holmes incluso algo langoroso, con un Dr. Watson escritor y más sensato, y de tanto en tanto las cuitas de un angustiado y sufridor cliente.
Es la Inglaterra del five o’clock tea, no necesariamente a las five sino a diversas horas, de la compostura, de la circunspección, de las frases elegantes y puntiagudas, de la corrección, de las buenas maneras, de la elegancia sobria, del orden, la Inglaterra que en eso no es sino herencia de la civilización cristiana, nacida de la Sangre púrpura del Salvador.
Lamentablemente un día, y tras un largo proceso, Inglaterra se volvió protestante.
Y su tendencia para el orden y el equilibrio, se tornó en buena medida en rigidez, y a veces impasibilidad ante las cosas que merecen la exteriorización de la pasión. Rigidez que en lugar de favorecer la vida interior, y desde ahí la comprensión de todas las realidades y de todos los pueblos, favorece una cierta tendencia al desprecio de lo que no sea ‘equilibrado’ según sus cánones. Es interesante lo que cuenta Churchill en sus memorias, cuando los tiempos de su regimiento en la India, de cómo en medio del calor y de ambientes no pulcros, los ingleses llevaban una especie de berlina pulcra interior, que cuando sacaban al exterior, creaba casinos a la moda de Londres, o ambientes a lo five o’clock tea a pocos metros de sucios elefantes. Pero el protestantismo había cortado su capacidad de admiración de lo que no fuera su urna de cristal, y con ello había cercenado su capacidad de amar a Dios en realidades diversas, y con ello cortado la posibilidad de una profunda influencia cultural. España, la recia España, es Madre de naciones; Inglaterra no.
Pero esa admiración medio mística que un día sintió por ellos San Gregorio Magno —cuando describió lo angélico de los anglos (‘Non angli, sed angeli’ – No son anglos, sino ángeles), flash que seguramente lo movió a enviar a las islas la famosa misión gregoriana— sí tiene una base real: es un pueblo para brillar como si no tuviera pecado original.
Sin embargo, solo hay una manera de apagar el pecado original: es la práctica seria de la piedad tal como la enseña la Iglesia. Los ingleses, tienen la tendencia a aparentar la ausencia del pecado original, hasta que los viernes de tarde son vencidos por las cobras en los pubs…
Pues sí, con matices, ¡viva Sherlock y viva Watson!, en lo que tienen de bellas apariencias, no en lo ateos, porque si no terminan inyectándose a las ocultas la inyección no meramente salina, de quien no pudo dominar el pecado original, por haber renunciado a la Iglesia de Cristo.
¿Y Bond? Bond no es inglés, es simplemente el biznieto de Sherlock, ya criado en Los Ángeles…
Por Saúl Castiblanco






Deje su Comentario