martes, 05 de julio de 2022
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El misterio del tiempo

En cuanto a ese día y hora, nadie sabe, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre”.

Redacción (07/12/2021 15:20, Gaudium Press) Cuando la vida humana llega a su fin, adquiere una gravedad especial, por banal que parezca. La muerte, al menos en otras épocas así pasaba, juega el papel de lente correctora, mostrando en su verdadera magnitud el valor de la existencia de cada uno ante Dios y sus semejantes.

Conocer el momento exacto de los eventos futuros no se les da a los hombres comunes. Excepcionalmente, algunos santos profetizaron correctamente el día de su propia muerte, o épocas de miseria, de cataclismo y gracia.

Sin embargo, en su señorío, Dios se cuida de mantener ocultas ciertas fechas más decisivas. De esta manera, la Santísima Trinidad alienta la virtud de la vigilancia, tan apreciada en el Nuevo Testamento.

Estar atento a la inminente visita del glorioso Jesús despierta celo y amor, y apaga en los corazones la moleza y el gozo de la vida, fuente de tantos vicios.

Por eso, y para evitar que los discípulos insistieran en preguntarle la fecha del fin del mundo, Jesús declara que ni los Ángeles ni el Hijo lo saben. Sin embargo, hay que entender esta afirmación con cierta reserva.

Era Él, pero solo en su naturaleza humana

Las palabras de nuestro Señor significan que Él, en su naturaleza humana, ignoró el día y la hora; pero sería incorrecto extender esta ignorancia al Hijo como Verbo de Dios, omnisciente junto con el Padre y el Espíritu Santo.

Desde un punto de vista divino, el panorama es diferente. Para el Verbo de Dios el tiempo no existe; por su conocimiento pleno y concomitante, Él contempla la multiplicidad de criaturas y la variedad de eventos en una sola mirada, que lo abarca todo de manera inmediata y absoluta.

¡Levantemos nuestros corazones!

El mundo moderno está siendo arrastrado a la desesperación más profunda y oscura por las olas del caos, él mismo en buena medida organizado.

Aterrados ante la perspectiva de perder su salud y bombardeados por las continuas solicitaciones de la tecnología, las personas se convierten fácilmente en marionetas en manos malintencionadas.

Así, muchos se dejan guiar por la opinión dominante, vagando sin rumbo, de tal manera que todos se mueven en un movimiento frenético, pero pocos saben a dónde los llevan.

Esta situación genera una inmensa frustración interior. Por un lado, la atención es captada por el brillo artificial y seductor de las pantallas electrónicas; por otro lado, el nuevo régimen del miedo fomenta sentimientos de angustia, tristeza e incluso pavor.

El ambiente busca desesperarnos, angustiarnos: una vacuna, la liturgia

Como resultado, aunque pueda parecer paradójico, la muerte se ha vuelto fútil y sin sentido, al igual que la propia existencia humana. Para curar los corazones heridos por las circunstancias actuales, nuestra Madre tierna y servicial, la Santa Iglesia, pone a nuestra disposición excelentes medios de plena eficacia sobrenatural.

En primer lugar, la buena doctrina católica, que nos enseña la altísima vocación del ser humano y, en particular, del bautizado. ¡Ser llamado a la vida eterna, en una relación íntima con Dios, es algo inimaginable!

Y la Mística Esposa de Cristo tiene un instrumento propicio no solo para hacernos aprender, sino también para disfrutar de esta luminosa enseñanza: la Liturgia.

Así, la Liturgia de la Palabra considera pasajes del Evangelio relacionados con el fin del mundo y el regreso de Nuestro Señor, ya que tener ante los ojos la grandeza de la conclusión de la Historia, así como el esplendor deslumbrante de Nuestro Señor viniendo con majestad sobre las nubes del cielo, exorciza las experiencias grises y arrugadas que inocula el ambiente circundante.

De hecho, al contemplar tal sublimidad, los fieles descubren la belleza de la propia vocación, la divina magnificencia, meta suprema reservada a cada uno.

Intentemos, entonces, sacudir de nuestro espíritu las miasmas malignas que flotan en los aires contaminados de nuestra triste sociedad, y elevemos la mente y el corazón a los horizontes grandiosos por excelencia.

De esta manera, recuperaremos el coraje, el énfasis y la determinación para buscar la santidad por encima de todas las cosas, y llenaremos nuestros pulmones del aire puro de la esperanza, que nos promete, después de las luchas de esta vida, alcanzar las alturas de la dicha eterna en compañía del Buen Jesús, sus Ángeles y Santos.

Por Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP.

(Texto extraído, con adaptaciones, de la Revista Arautos do Evangelho n. 239, noviembre de 2021).

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