miércoles, 28 de octubre de 2020
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El Papa profundizó en la gran oración que son los Salmos

En la audiencia general Francisco mostró cómo los salmos enseñan a orar, establecen una relación con Dios y son la voz del hombre sufriente que no es abandonado.

Ciudad del Vaticano (14/10/2020 12:28, Gaudium Press) Siguiendo sus enseñanzas sobre la oración, el Papa Francisco ha profundizado en la audiencia general de hoy miércoles sobre los Salmos, texto bíblico que nos “enseña a rezar”, en un diálogo que el autor realiza con Dios. La catequesis se realizó en el Aula vaticana Pablo VI.

Los salmos no son textos nacidos en la mesa, sino invocaciones, a menudo dramáticas, que brotan de la vida, de la existencia. Para rezarles basta ser lo que somos”, expresó el Pontífice.

En la Biblia hay oraciones de diferentes estilo. “Pero encontramos también un libro compuesto solo de oraciones, libro que se ha convertido en patria, lugar de entrenamiento y casa de innumerables orantes. Se trata del Libro de los Salmos”. Los salmos, que hacen parte de los llamados libros sapienciales, enseñan el “saber rezar” en el diálogo con Dios.

Están en los salmos todos los sentimientos humanos: las alegrías, los dolores, las dudas, las esperanzas, las amarguras, todos los colores que tiñen la vida de hombre. Por esto “leyendo y releyendo los salmos, nosotros aprendemos el lenguaje de la oración. Dios Padre, de hecho, con su Espíritu los ha inspirado en el corazón del rey David y de otros orantes, para enseñar a cada hombre y mujer cómo alabarle, darle gracias, suplicarle, cómo invocarle en la alegría y en el dolor, cómo contar las maravillas de sus obras y de su Ley. En síntesis, los salmos son la palabra de Dios que nosotros humanos usamos para hablar con Él”, dijo Francisco.

El Catecismo afirma que cada salmo «es de una sobriedad tal que verdaderamente pueden orar con él los hombres de toda condición y de todo tiempo» (CIC, 2588)”

Los salmos no son elucubraciones nacidas de una mente, sino que son invocaciones, a menudo dramáticas, que brotan de la vida, de la existencia. Para rezarles basta ser lo que somos. En ellos escuchamos las voces de orantes de carne y hueso, cuya vida, como la de todos, está plagada de problemas, de fatigas, de incertidumbres.

La oración, camino de salvación

Los salmos son la invocación a Dios de un alma que sufre, y el orante de los salmos pide a Dios intervenir donde todos los esfuerzos humanos son vanos. Por esto la oración, ya en sí misma, es camino de salvación e inicio de salvación.

Todos sufren, tanto los que creen en Dios como los que no. Pero en los Salmos el dolor se transforma en relación: grito de ayuda que busca un oído que escuche. También los dolores que sufrimos no pueden ser solo casos específicos de una ley universal: son siempre “mis” lágrimas, que nadie ha derramado nunca antes que yo. Así reza el orante del salmo 56: «Tú has anotado los pasos de mi destierro; recoge mis lágrimas en tu odre: ¿acaso no está todo registrado en tu Libro?» (v. 9). Delante de Dios no somos desconocidos, o números. Somos rostros y corazones, conocidos uno a uno, por nombre.

En los salmos, el creyente encuentra una respuesta. Él sabe que, incluso si todas las puertas humanas estuvieran cerradas, la puerta de Dios está abierta. Si incluso todo el mundo hubiera emitido un veredicto de condena, en Dios hay salvación”.

La oración libra de la soledad del abandono

El Señor escucha”, dijo el Papa, y a veces solo eso es suficiente. No siempre los problemas se resuelven. Quien reza no es un iluso: sabe que muchas cuestiones de la vida de aquí abajo se quedan sin resolver, sin salida; el sufrimiento nos acompañará y, superada la batalla, habrá otras que nos esperan. Pero, si somos escuchados, todo se vuelve más soportable. “Lo peor que puede suceder – expresó el Papa – es sufrir en el abandono, sin ser recordados. De esto nos salva la oración. Porque puede suceder, y también a menudo, que no entendamos los diseños de Dios. Pero nuestros gritos no se estancan aquí abajo: suben hasta Él, que tiene corazón de Padre, y que llora Él mismo por cada hijo e hija que sufre y que muere. Si nos quedamos en la relación con Él, la vida no nos ahorra los sufrimientos, pero se abre un gran horizonte de bien y se encamina hacia su realización”.

Con información de Vatican News

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