domingo, 23 de junio de 2024
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El Tesoro despreciado de la Vida Interior y la mentira naturalista del mundo y el demonio

Los apóstoles eran unos timoratos, pero “la vida interior comunicada a los apóstoles en el Cenáculo [en Pentecostés] encendió en seguida su celo”.

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Redacción (20/05/2024, Gaudium Press) Ya lo dijo Cristo: “¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?” (Mt, 16, 26) es decir su vida espiritual, o sea, el gran fracaso es que el hombre vaya al castigo eterno, por no haber cuidado de la vida de su alma.

Parecería que Jesús en esta aseveración ya quiso mostrar una clara división, en el sentido de que el trabajo que exige el mundo para que se ganen riquezas en él, es bien diferente del ‘trabajo’ que Dios pide para que se ganen riquezas en el cielo.

Pero la cuestión es que el cielo se comienza a ganar aquí en la tierra, y si nos empleamos solo en los trabajos del mundo, no es cierto que ganaremos el mundo, pero sí es cierto que perderemos el cielo.

Además, incluso para los trabajos del mundo, no hay nada mejor que realizar las labores que permiten ganar el cielo, que son las de la Vida Interior. Por ejemplo, como dice el Abad Dom Chautard, en El alma de todo apostolado, “el general de Sonis, en el intervalo de dos batallas, encontraba el secreto de su apostolado en la unión con Dios”. (1)

Los apóstoles eran unos timoratos, escondidos en el Cenáculo a la espera que las autoridades judías o romanas fueran por ellos. Pero “la vida interior comunicada a los apóstoles en el Cenáculo [en Pentecostés] encendió en seguida su celo” mostrando así que “la vida de oración es en sí misma e íntimamente una fuente de actividad como ninguna otra”.

Las inmensas obras realizadas, a pesar de una salud precaria, por un [San] Agustín, un Juan Crisóstomo, un Bernardo, un Tomás de Aquino, un Vicente de Paúl nos dejan atónitos. Pero aún más nos asombra ver que todos estos hombres, a pesar de su trabajo incesante, se mantenían en la más constante unión con Dios. Mediante la contemplación, estos santos bebían de la fuente de la vida y así recibían de ella una mayor capacidad de trabajo”, resalta Dom Chautard.

Si había una persona carente de capacidades naturales en la Francia del S. XIX, ese era el padre Juan Bautista María Vianney. Él normalmente, según los criterios, del mundo, debería ser un gran fracaso, perdido en un lugar de fracaso. Pero este hombre, por su vida interior, hizo una obra en esa tierra destrozada por la Revolución que ningún obispo o cardenal realizó en su tiempo, tornándose incluso modelo de cura en el mundo entero y por siempre. Ese es el dinamismo del trabajo de la Vida Interior.

Pero, ¿qué es la ‘Vida Interior’?

Sinónimo de “vida de oración” o de “vida contemplativa”, la Vida Interior es el “estado de las almas que se dedican seriamente a una vida cristiana”, “que es accesible a todos”. Es la “vida sobrenatural”, “la vida de Jesucristo mismo, por la fe, la esperanza y la caridad, pues Jesús es la causa meritoria, ejemplar y final, y en cuanto Verbo, con el Padre y el Espíritu Santo, la causa eficiente de la gracia santificante en nuestras almas”.

Vida Interior es pues la Vida de Cristo en nuestras almas, es la presencia de la vida de la gracia en nosotros. Cultivar la Vida Interior es alimentar la vida de la gracia, por medio de la cual Jesucristo ejerce en nosotros una “acción vital como la acción de la cabeza o el corazón sobre los demás miembros del cuerpo; acción íntima que ordinariamente Dios oculta a mi alma para aumentar el mérito de mi fe; acción por tanto, generalmente insensible a mis facultades naturales y que estoy obligado a creer formalmente solo por la fe; acción divina que permite que mi libre albedrío [libertad] subsista”.

Entonces es una nueva vida que se agrega a la vida natural que tenemos, que –de manera paradójica– al mismo tiempo que es discreta ya vimos que está llena de potencia para hacer labores gigantescas.

Esta vida que se inaugura con el bautismo –por el estado de gracia–, se perfecciona con la confirmación, se recupera con la penitencia, y se mantiene y enriquece con la Eucaristía” y la oración constante, resume Dom Chautard.

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Foto: Fa Barboza en Unplash

Por esta vida, Jesucristo me comunica su Espíritu y así se convierte en el principio de una actividad superior que me lleva, si no la obstaculizo, a pensar, a juzgar a amar, a querer, a sufrir, a trabajar con Él, en Él, por Él, como Él”: Es pues el cultivo de la presencia de Cristo en el alma en gracia, por lo que nada puede haber de más poderoso que la presencia de todo un Cristo.

Entonces, la Vida Interior es la que me lleva a introducir a todo un Dios en mí, pues tenemos esa posibilidad. Qué impresionante.

¿Por qué la despreciamos? Hay muchas razones.

Una, es porque el demonio busca distraernos de ella, con todas sus artes, candilejas y falsas promesas.

Otra, y no de las menos importantes, es porque el mundo no la prestigia, y como somos mundanos, pues más bien le creemos al mundo que al Catecismo.

El mundo aún puede seguir elogiando al hombre que con disciplina y esfuerzo consigue por ejemplo obtener dinero. Pero el mundo no prestigia al hombre que reza, que se confiesa o comulga.

El mundo puede ensalzar al hombre que con aplicación cultivó su inteligencia, lo que lo llevó por ejemplo a ser un gran literato o un brillante teórico de cualquier ciencia. Pero el mundo no prestigia al hombre que va a misa con frecuencia. Y como somos mundanos, pues nos tragamos esa mentira del mundo, de que es más importante el esfuerzo natural que el cultivo de la vida interior.

Otra razón por la que despreciamos la vida interior es porque ella exige de humildad, y humildad es algo de lo que carece particularmente el hombre decadente de nuestros tiempos.

Humildad, porque solo pide la fuerza de Jesucristo, quien sabe que con sus meras fuerzas naturales no le alcanza ni para las luchas de esta vida, ni menos para alcanzar el cielo. Pero como somos orgullosos, y el mundo también fomenta el orgullo naturalista, pues por eso despreciamos la Vida Interior. Sin embargo, las palabras de Cristo se mantienen, por encima de nuestro orgullo: ‘Sin Mí, nada podéis hacer’: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer”. (Jn 15, 5).

Entonces lo que hay que hacer es pedir a la Virgen, la Reina de la Gracia y a quien podríamos también titular de Reina de la Vida Interior, que perdone nuestro mundanismo naturista miope, que nos prevenga de él, que nos mande una gracia que nos quite las escamas de los ojos, y que grabe con letra de bronce en el fondo de nuestros corazones la siguiente verdad:

Sin Vida Interior nada podemos hacer…

Una Vida Interior vivida junto a Ella, la Reina y Administradora de la Gracia.

Por Saúl Castiblanco

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1) Las citas son tomadas de J.B. Chautard. El alma de todo apostolado. 1ra. Edición. San Pablo. Bogotá. 2023.

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