lunes, 04 de marzo de 2024
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Envidia: causa de división

La envidia encuentra su morada en muchos corazones y es la causa de muchas divisiones dentro de una familia…

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Redacción (25/09/2023 10:13, Gaudium Press) La liturgia de ayer, el vigésimo quinto domingo del Tiempo Ordinario nos advierte sobre un vicio que provoca verdaderos desastres en el alma humana y, a veces, división dentro de una familia: la envidia.

¿Cómo superar este vicio? ¿Cómo afrontarlo?

Mis pensamientos no son los tuyos…

La primera lectura, extraída del libro del profeta Isaías, recoge las palabras de Dios dirigidas al pueblo elegido:

Mis pensamientos no son como tus pensamientos, y tus caminos no son como mis caminos. Mis caminos están tan por encima de vuestros caminos y mis pensamientos como por encima de vuestros pensamientos, como los cielos están por encima de la tierra” (cf. Is 55,8).

Ahora bien, ¿por qué Dios le dirige palabras tan duras y severas al pueblo?

Si analizamos el camino del pueblo hebreo en el Antiguo Testamento, veremos que fácilmente se dejaron arrastrar por todo tipo de costumbres paganas que los llevaron a cometer iniquidades, por las que Dios los castigó.

Sin embargo, después de que Dios lo corrigiera con castigos, le reclamaron el perdón y se arrepintieron de sus faltas.

Entre tanto, este itinerario de caída y ascenso del pueblo judío se repitió innumerables veces…

¿Cuál es su causa?

Cuando un hombre vive com base en el egoísmo, poniendo su corazón donde no debe estar, no hay pecado que no sea capaz de cometer. Y una de ellas es la envidia.

Envidia del bien ajeno

El Evangelio de este domingo cuenta la parábola del patrón que contrató empleados para trabajar en su viña. A algunos los llama por la mañana, a otros por la tarde y a otros al final del día. Les promete a todos una moneda de plata.

Al pagar el salario, el patrón les dio a todos la misma cantidad que les había ofrecido. Sin embargo, algunos empleados, impulsados por la envidia, se rebelaron porque, habiendo trabajado todo el día, creían que merecían un salario más alto que los demás contratados después de ellos.

El patrón, a su vez, respondió que tenía pleno derecho a dar a cada uno lo que quisiera (cf. Mt 20,1-15),[1] y concluye:

Los últimos serán los primeros, y los primeros serán los últimos” (Mt 20,16).

Ahora bien, ¿qué es la envidia? Este vicio “es el apetito desordenado de la própria excelencia” [2] y “uno de los pecados más viles y repugnantes que se pueden cometer” [3]. Provoca en el hombre tristeza por el bien de los demás, un dolor en el corazón que no le satisface hasta que el otro fracasa o incluso se arruina y destruye. El bien de otra persona pasa a ser imputado “como si fuera un golpe a su superioridad” [4]. De este vicio lamentable y repugnante brotan del corazón humano las maledicencia, la difamación, las calumnias, los odios, las riñas y muchos otros pecados, siendo raíz de muchas divisiones en el seno de la familia y entre amigos.

La virtud de la caridad

En este sentido, no sorprende que la sociedad actual esté contaminada, de manera particular, por este vicio, al colocar su fin en este mundo. Si supiera que la paz y la tranquilidad del alma sólo se encuentran en la disposición a desear el bien a los demás, regocijándose y alabando a Dios por su benevolencia generosa, jerárquica y libre, muchas intrigas se desharían…

Nos corresponde, por tanto, pedir a Dios la excelencia de la virtud de la Caridad, para exclamar como San Pablo: “La caridad es paciente, la caridad es bondadosa. No tiene envidia. La caridad no es orgullosa. No es arrogante. Ni escandalosa. No busca sus propios intereses, no se enoja, no guarda rencor. No se alegra de la injusticia, sino que se alegra de la verdad. Perdona todo, cree todo, espera todo, soporta todo” (1 Cor 13,4-7).

Por Guilherme Motta

[1] La actitud del patrón, narrada en el Evangelio de San Mateo, no es en modo alguno injusta. Santo Tomás explica al respecto que “cuando se da gratuitamente, cada uno puede dar gratuitamente a quien quiera, más o menos, siempre que no niegue a nadie lo que le corresponde; y esto sin perjuicio de la justicia” (cf. TOMÁS DE AQUINO. Summa Theologiae. I, q. 23, a. 5, ad 3).

[2] ROYO MARÍN, Antonio. Teología moral para Seglares. 7 ed. Madrid: BAC, 1996, v. Yo, pág. 488.

[3] Ibídem.

[4] TANQUEREY, Adolfo. Compendio de teología ascética y mística. 4 ed. Madrid: Palabra, 2002, pág. 455.

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