sábado, 25 de abril de 2026
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Esclavos de la libertad vs. Esclavos de la fe

La esclavitud nos convierte en prisioneros del pecado en nombre de una libertad ilusoria. La verdadera libertad, paradójicamente, es la que encontramos cuando nos entregamos por completo a Dios.

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Redacción (25/04/2026 10:54, Gaudium Press) Estos días, al revisar viejos archivos y recuerdos, me di cuenta, con una oleada de gratitud, de que el tiempo es un maestro silencioso. Mis encuentros semanales con ustedes aquí en Gaudium Press se acercan a los cinco años. ¡El tiempo vuela y ni siquiera nos damos cuenta! Mi primer artículo se publicó en 2021, y al releerlo, me transportó a la imagen que dio inicio a este viaje nuestro:

Los esclavos caminan con la cabeza gacha, encadenados. Rostros taciturnos. Expresiones cerradas. Espaldas encorvadas, parecen cargar sobre sus hombros el peso de la ignominia y la opresión. Ensimismados, ni siquiera se atreven a mirar a su desafortunado compañero que camina a su lado, encadenado a la misma cadena”.

En aquel entonces, hablé de la esclavitud que erradica el libre albedrío, la voluntad propia. Hoy, cinco años después, siento la necesidad de retomar el tema, pero bajo una luz radicalmente diferente. Si en 2021 describí las cadenas de la opresión, hoy quiero hablar de las cadenas de la devoción, aquellas que, paradójicamente, son las únicas capaces de hacernos verdaderamente libres.

Un himno a la libertad

Recientemente, una amiga compartió conmigo una experiencia inusual. Impulsada por el deseo de mostrar solidaridad con un grupo religioso que sufría una feroz persecución por su fe, decidió componer una canción en su honor. Al no pertenecer al mundo de la música, recurrió a la tecnología para dar ritmo a sus versos. El resultado, por uno de esos misterios del destino (o la falta de “coordenadas correctas” en la inteligencia artificial), no fue el himno solemne que esperaba, sino una vibrante canción tipo country. Nos reímos de la ironía, pero la letra me conmovió y me hizo reflexionar sobre el peso de las palabras.

En el mundo moderno, la palabra “esclavitud” provoca escalofríos y repulsa inmediata. Sin embargo, vivimos en una era de esclavos disfrazados de hombres libres. Veo personas que se creen con derecho a todo, pero que son prisioneras de vicios, de un ego desmedido y de ídolos de barro: políticos, atletas, cantantes y, lo más trágico, de su propio ego narcisista. Matan y mueren por estos ídolos, sin darse cuenta de las cadenas invisibles que atan sus almas.

La esclavitud que libera

En contraste, existe una multitud silenciosa que, con alegría y convicción, mediante la consagración, elige el título de «Esclavo de Jesús por medio de María». Son los odiados «esclavos de la fe». Sin embargo, esta consagración a Jesús y por medio de María no es una elección de fanáticos e ignorantes, sino de mentes brillantes y corazones maduros que han comprendido que, por sí mismos, no pueden dirigir sus propias vidas. Siguen la doctrina de San Luis María Grignion de Montfort, el santo que escribió el Tratado sobre la verdadera devoción a la Santísima Virgen en el siglo XVIII, un libro que él mismo predijo que permanecería oculto y que fue redescubierto 117 años después de su muerte.

Estos «esclavos de la fe» entregan su voluntad, sus posesiones y sus decisiones en manos de Aquella que supo ser la «Sierva del Señor» por excelencia. Y lo que el mundo no comprende es que esta entrega no anula la personalidad; la perfecciona. Cuando dejamos que el Cielo guíe nuestras decisiones, tenemos mucho más éxito. San Juan Pablo II lo sabía tan bien que hizo de su lema pontificio (la frase que guía la vida de un Papa) el famoso «Totus Tuus» – Todo tuyo, María.

La libertad que aprisiona

Estas personas resultan incomodan. Incomodan porque son felices en medio de las dificultades. Incomodan porque a veces llevan una pequeña cadena en la muñeca, el tobillo o la cintura, como ocurre con algunos religiosos, como símbolo de esa entrega total, mientras que los «libres» del mundo cargan con cadenas mucho más pesadas de ansiedad y vacío.

La esclavitud nos hace prisioneros del pecado en nombre de una libertad ilusoria. La verdadera libertad, paradójicamente, es la que encontramos cuando nos unimos por completo a Dios, como en la canción que compuso mi amigo.

Vivimos en una época que exige silencio, cuando la persecución intenta silenciar la fe. Pero las cadenas de la devoción siguen siendo el puente seguro hacia la eternidad. Que seamos, pues, esclavos del Amor, para que jamás seamos prisioneros del mundo. Y que podamos cantar:

«¡Sea esclavo de la fe, deje atrás este mundo! Conságrese a María para encontrar a Jesús. Entréguele sus posesiones y también su corazón. Acoja a la Madre en su hogar, como lo hizo Juan al pie de la Cruz».

Por Alfonso Pessoa

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