Estas simples palabras representan una de las mayores torturas para la generación actual. ¿Por qué?

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Redacción (14/10/2026 10:38, Gaudium Press) Hace unos días, mientras caminaba por una plaza, observé una escena que llamó mi atención. Un padre salía de una panadería con su hijo y le dio al niño un dulce, diciéndole: «cuando lleguemos a casa, podrás comerlo». El niño, sin embargo, no pudo resistirse y terminó abriendo el envoltorio para disfrutar del obsequio. El padre, sorprendido, exclamó: «pero, hijo, ya estamos en la calle de la casa; faltan unos pasos para llegar a la puerta. ¿Por qué no esperaste?». A lo que el pequeño respondió: «tardaba demasiado y no me pude aguantar».
La escena me recordó de inmediato una noticia de hace dos años sobre un diácono impaciente que fue excomulgado por «celebrar una Misa» en vísperas de su ordenación sacerdotal. Y entonces me surgió una pregunta: ¿qué hay detrás de reacciones como estas? ¿Es un problema de algunos individuos o de toda una generación?
La sociedad de lo instantáneo
La sociedad contemporánea se ha acostumbrado a vivir a tal velocidad que bien podría denominarse «sociedad de lo instantáneo». ¿Está oscuro? Acciono un interruptor y el ambiente se ilumina como si fuera mediodía. ¿Quiero saber qué sucede en otro continente? Abro un sitio de noticias y obtengo información de todo, casi en tiempo real. ¿Cometí un error al escribir o eliminé el archivo equivocado? «Ctrl + Z» y todo está resuelto. ¿Necesito hablar con alguien al otro lado del mundo? Hago una llamada desde el celular o envío un mensaje en cuestión de segundos. Este nuevo ritmo de vida —impulsado por las tecnologías modernas—, que facilitó las tareas más complejas, trajo consigo, sin embargo, un gran cambio en la psicología de las nuevas generaciones: generó horror a la abstracción y al recogimiento, así como rechazo a la vida de pensamiento e incapacidad para esperar.
No todo en la vida es instantáneo
¿Por qué esto es un problema? La respuesta es muy sencilla: no todo en la vida es instantáneo. Si, por casualidad, enfermo, no me curaré inmediatamente después de tomar un medicamento; si tengo que realizar un examen difícil o una prueba física, no lograré prepararme en un minuto. Existen ciertas realidades en nuestra vida que exigen espera —y con mayor razón cuando se trata de realidades espirituales—, pues la santidad no se alcanza con el simple hecho de pulsar un botón; se requiere un proceso largo y arduo.
¿Cuál es, entonces, el resultado? Esta «cultura de lo instantáneo», del cambio permanente, de lo desechable y de lo relativo, favorece el surgimiento de generaciones cada vez más entregadas a los instintos desordenados y a las sensaciones, capaces de cometer las peores acciones simplemente por no soportar la espera. Mediante la exacerbación de estas tendencias, se ha producido una revolución tan universal y profunda que difícilmente se habría logrado únicamente a través del adoctrinamiento.
¿Avances?
Ante todo esto, el lector se verá obligado a realizar una reflexión dura, pero necesaria: ¿pueden realmente considerarse avances —en el sentido positivo del término— todos estos progresos tecnológicos, aun con los perjuicios que ocasionan?
Imaginemos que un atleta encontrara una sustancia que le permitiera correr más rápido pero que, a cambio, dañara progresivamente sus pulmones, debilitara su corazón, etc. ¿Podría considerarla beneficiosa? No quiero afirmar que debamos volver al primitivismo, sino que necesitamos tener cuidado al utilizar estas tecnologías. De lo contrario, nos deformaremos y nos destruiremos a nosotros mismos.
Por Alberto Moreira




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